Siempre me ha gustado salir de fiesta y montarme mis buenas juergas. Cada vez que tenía unos días libres en el curro, allá que me plantaba con mi furgoneta en la primera rave que hubiese organizada. Mi mujer no era muy amiga de estas salidas, ella era más relajada: le gustaba salir, pero sin tener que correr delante de la policía ni que la registrasen día sí, día también, así que, a estas fiestas, iba solo yo con un par de amigos.

Digamos que salía, como mucho, una vez al mes, pero fue suficiente para que se me fuese la cabeza por completo y decidiese poner mi vida patas arriba.

Vamos a ver: nunca he sido el más atractivo de mis amigos. No vamos a engañarnos. Así que, cuando conocí a mi mujer, quizás no era alguien que encajase conmigo al cien por cien, pero le gustaba y eso fue suficiente para mí. Nos casamos cuando aún no llevábamos ni un mes saliendo, en contra de lo que me aconsejaron amigos y familiares. Por suerte, no había hijos de por medio.

El caso es que todo se fue a la mierda cuando, en una de estas raves, conocí a una pava que me voló la cabeza. Ni en mis mejores sueños hubiese podido imaginar que alguien como ella pudiese fijarse en alguien como yo. Al principio solo era tonteo, unos cuantos bailes, que si porro por aquí, porro por allá, cachondeo con sus colegas y poco más. Pero nos dimos los teléfonos y empezamos a hablar. Yo me escondía de mi mujer para contestarle los WhatsApps, le decía que me dolía la cabeza para irme pronto a la cama y seguir hablando con ella… la tenía en la cabeza todo el día y pasaba las semanas deseando que llegase la siguiente fiesta para poder volver a verla.

En una fiesta en la que volvimos a coincidir, follamos. Nos pasamos el fin de semana haciéndolo como monos en mi furgoneta, tanto, que apenas salí. Mis amigos estaban flipando, ni yo me lo creía. Al volver a casa el remordimiento me comía por dentro. Por una parte, empezaba a sentirme mal por estar engañando a mi mujer, pero, por otra, me sentía con el derecho a disfrutar de lo que me estaba pasando porque jamás me había visto en una situación así.

Mis amigos, al final, me tuvieron que echar la bronca porque mi única motivación para salir a una rave era ya verme con ella y pasarnos el finde follando. Además, la relación con mi mujer empezaba a resentirse y tenía que hablar seriamente con ella. No me dio tiempo a tomar una decisión porque se precipitaron los acontecimientos.

Un día, me dejé el móvil en casa y mi amante me llamó. Como lo hizo unas tres veces, al final lo cogió mi mujer, por si era algo importante, y me dejó con el culo al aire. Le contó que nos habíamos estado viendo en las raves todo este tiempo y que yo le gustaba mucho y tal. Por supuesto, cuando llegué a casa, me cayó la del pulpo.

Nos divorciamos, lógicamente. Vendí el piso donde vivíamos —que era mío—, dejé el trabajo y me fui a vivir con mi amante a la otra punta del país. He cambiado toda mi vida por ella y no me arrepiento porque siento que, con ella, tengo muchas más cosas en común, aunque, a veces, nos retroalimentamos en cuanto a vicios y costumbres poco sanas.

De vez en cuando echo la vista atrás y alucino con lo mucho que te puede cambiar la vida en un segundo. Pero, en mi caso, valió la pena.