Desde hacía ya varios años, el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se había convertido en una fecha señalada en mi calendario. Cada año, me tomaba ese día libre en mi trabajo y me acercaba a la manifestación para reivindicar mis derechos y los de otras mujeres.
Pero aquel año fue crucial para mí. Desde que salí de casa, sentía un nudo en el estómago. No sabía por qué, pero tenía una mala sensación
El sol de marzo acariciaba las calles de Madrid mientras caminábamos juntas hacia la plaza de Cibeles. En la manifestación, el bullicio era ensordecedor, pero en medio de toda aquella gente, me sentía más fuerte que nunca.

Entonces, lo vi. Todo mi cuerpo se estremeció. Estaba al otro lado de la plaza, entre un grupo de personas que yo no conocía. Primero sentí nauseas. Después, unas ganas irrefrenables de ir a saludarle, de que me viera totalmente entera y feliz. Y luego ganas de vomitar otra vez.
Mi ex, aquel desgraciado que me dio una paliza que me mandó al hospital, estaba manifestándose por los derechos de las mujeres. Mujeres a las que no respetaba.
Durante 4 años, él había sido mi mundo. Nos conocimos por una amiga en común, y desde el primer momento su encanto me envolvió. Él era inteligente, carismático, el tipo de persona que parecía tenerlo todo bajo control. Al menos, eso pensaba yo en aquel entonces.
Pero detrás de esa fachada, se escondía un lado oscuro que poco a poco fue emergiendo. Los celos, los insultos, los golpes disfrazados de amor. Al principio, traté de justificarlo, de creer que cambiaría, que solo era una fase pasajera. Pero la violencia verbal y física se volvió constante cuando nos fuimos a vivir juntos. Empezó a controlar cuando entraba, cuando salía, mis horarios y mi teléfono.
Hasta que un día, me dio tal paliza que acabé con un collarín. Me acusó de estar engañándole con otro, algo que yo negué una y otra vez, porque no era cierto. Era fruto de su mente enferma y de su celos patológicos. En un momento en el que estábamos discutiendo, cara a cara, me sujeto fuerte las muñecas. Cuando conseguí zafarme, en acto de defensa, le di un tortazo aun con la muñecas doloridas por la presión que ejerció sobre ellas. Me empujó y en aquel momento sólo sentí un crujido en mi cuello mientras caía al suelo. Tirada en el suelo de nuestro salón, empecé a recibir puñetazos, uno tras otros, por todo mi cuerpo, mientras me gritaba insultos que no quiero ni recordar.
Como pude, me levanté del suelo y corrí hacia la puerta. Mientras, lo escuchaba gritando y profiriendo insultos hacia mi persona, mientras destrozaba la puerta del armario de nuestro dormitorio a puñetazos. Golpes que iban destinados a mí, pero “como siga pegándote, te mato” gritaba.
Salí de nuestro apartamento y llamé a mi amiga, esa que nos presentó una vez y que tantas veces se había arrepentido de aquello. Vino a buscarme, me abrazo, me escucho, me ayudo a salir de aquel infierno.

Dejarle fue el acto más difícil de mi vida, pero también el más liberador. Desde entonces, había intentado reconstruirme, sanar las heridas que él había dejado en mi alma. Y parte de ese proceso era estar aquí, en la manifestación, alzando mi voz por todas aquellas que aún no pueden hacerlo.
Decidí no acercarme aquel 8M, igual que decidí, en su día, no denunciar. Pobre, perdió el control, seguramente estará arrepentido, a su manera retorcida, me quería. Pensé entonces, y volví a pensar ahora.
Jamás entenderé qué hacía aquel tipo en la manifestación por las mujeres. Él, que pisoteo mi autoestima y quebrantó mi dignidad. Quise creer que habría cambiado, que quizás se arrepentía de todo el mal que me había hecho. A mí, y seguramente a otras ex novias. Dudo mucho que yo fuera la única a la que pegó.
Sé que él también me vio. Podía sentir su mirada quemándome la espalda, pero no me importaba. Las cicatrices que dejó en mí nunca desaparecerán por completo, pero conseguí salir de allí y comenzar mi nueva vida.
Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.