No es por excusarme, pero esta historia me pasó cuando era joven, en mi tercer año de universidad. Ahora, con perspectiva y algo más de cordura gracias a los años, me doy cuenta de que jamás volvería a repetir semejante locura.
Como buena universitaria, mi economía estaba tan arruinada que los billetes del Monopoly me daban envidia. Así que decidí buscarme un trabajo a tiempo parcial para poder permitirme caprichos básicos como salir a cenar o no mirar el precio del vino. Encontré trabajo como camarera en un restaurante cerca de la universidad. El dueño parecía bastante majo y, sobre todo, flexible con mi situación: no tenía experiencia, estudiaba y vivía permanentemente cansada. Era, en teoría, el trabajo perfecto.
Los comienzos fueron duros. Muy duros. Parecía que mis manos estaban hechas de mantequilla y me descontaron del primer sueldo más copas y platos de los que quiero recordar. ¿Lo bueno? Era la única chica del equipo y mis compañeros se volcaron conmigo. Una guerrera en un campo de batalla masculino.
Entre todos ellos estaba Iván. Ojos claros, piel morena, pelo perfecto… un bombón en formato humano. Yo, ingenua y atolondrada, empecé a pillarme de él sin frenos ni cinturón de seguridad.
Hasta que me enteré de que Iván venía con sorpresa. Tenía novia. Y no solo eso: vivía con ella… y tenían una hija. Yo, con mi maravillosa lógica de veinteañera, pensé: “Padre joven… qué maduro, qué atractivo”. Lo de la novia me mató por dentro y pasé una semana en modo Drama Queen, pero pronto entendí que para Iván ese detalle no era exactamente un problema.
Me decía que no estaba bien con su pareja, que no la dejaba por la niña, que la situación era complicada. Y, como suele pasar en estas historias, pasó lo inevitable. Empezaron los encuentros clandestinos. La pasión desatada. Meses de excusas perfectamente ensayadas. He de reconocer que el chico sabía lo que se hacía… tanto dentro como fuera de la cama.
Iván me prometía que iba a dejarlo todo para estar conmigo, pero siempre había una razón para posponerlo. Que si la niña, que si el momento no era el adecuado… y yo, felizmente ilusa, me lo creía todo. Incluso llegamos a mirar casas para irnos a vivir juntos y formar una familia improvisada. En mi cabeza, todo encajaba como un puzzle.
Hasta que el velo rosa empezó a caerse. Los compañeros cuchicheaban, me miraban de manera extraña y la realidad comenzó a abrirse paso ante mis ojos.
Iván dejó el trabajo. No por mí, claro. Sino porque encontró algo mejor pagado. Según él, necesitaba ese dinero para “nuestro futuro”. No puedo creer ahora lo profundamente tonta que estaba siendo.
Dolida por no verle a diario, empecé a unirme a las quedadas post-trabajo de mis compañeros. Y fue allí, con la ayuda del alcohol y cero filtros, cuando me contaron toda la verdad. Iván había hablado de lo nuestro. De todo. TODO. Con detalles sexuales incluidos. Muchos detalles.
Eso sí, según él yo era una fiera en la cama y el mejor sexo de su vida. Fantástico. Mi vida íntima pasó de privada a evento público VIP. Sentí una vergüenza brutal. Fue el golpe de realidad que necesitaba para entender que Iván no era un bombón… era un idiota de manual.
Al día siguiente dimití del restaurante. Y, por supuesto, mandé a paseo a Iván.
Así que sí: liarte con un compañero de trabajo puede parecer emocionante, pero suele acabar siendo una lección de vida intensa, dolorosa y profundamente aleccionadora. Aprendí dos cosas: que no todo lo que brilla es oro… y que el amor y el trabajo, mejor por separado.
Sofía Estrella
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