Desde el principio de nuestra relación hubo señales que me llevaron a pensar que algo  raro había en él. Quizá raro no fuera la palabra, pero sí que había ciertas cosas en su  conducta y sobre todo en su altísimo tren de vida que me chocaban un poco. Cuando nos  conocimos, trabajaba como camarero en una discoteca y hacía algún trabajillo como  relaciones públicas. Por aquel entonces, yo era muy jovencita y no sabía un carajo de la  vida, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de que las números no salían. 

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Tenía una pedazo de moto y un cochazo y vivía en un piso que, aunque normalito, estaba  situado en una zona bastante exclusiva de la ciudad. Era obvio que su sueldo de  camarero no podía pagar todo aquello. Cuando le preguntaba a qué se dedicaba  realmente, él me contestaba que tenía sus negocios y que ayudaba a su padre con la  empresa familiar, pero no me daba muchos más detalles. Supongo que el hecho de que  estar con él era tan increíble, sumado a que me hacía sentir tan bien y que le quería con  todo mi corazón, hizo que no quisiera darle más vueltas al asunto y decidí confiar en él.  

Tengo que decir que nunca nadie me había tratado ni querido como lo hacía él. Era tan  dulce, tan cariñoso, tan detallista, tan romántico y tan de todo, que ni en cien vidas  hubiera imaginado que pudiera haber nada malo en él. Los meses fueron pasando y lo  nuestro iba viento en popa. Nos presentamos a nuestras respectivas familias y fue ahí  cuando descubrí la primera mentira. Al hablar con su padre, supe que no había ninguna  empresa familiar. Cuando tuve oportunidad, le pregunté qué demonios hacía con su vida  que fuera tan malo como para tener que engañarme, que si era una especie de narco o  algo similar.  

Él se echó a reír y me dijo que no había drogas de por medio, que se dedicaba a algo que no me había contado, pero que cuanto menos supiera, mejor. Yo me quedé atónita.  Atónita y muerta de curiosidad. ¿Era sicario? ¿Daba palizas por encargo? Me dijo que me quedase tranquila, que no hacía daño a nadie, que estaba todo controlado pero que si la  policía me preguntaba algún día, era mejor que no supiera absolutamente nada para que  no me salpicase el asunto. Sí, sé que en aquel momento lo suyo hubiera sido que le  exigiera que me contase todo o haberle mandado a la mierda y alejarme de aquello,  porque era obvio que ahí no pasaba nada bueno. Pero no lo hice. 

Era una cría, él era más mayor, nos queríamos, era muy bueno conmigo y sí, supongo  que la buena vida también me deslumbró. Sin embargo, meses después, todo terminó  explotando. De repente, no me contestaba a los mensajes ni me cogía el teléfono, cosa  muy rara en él. Pasaron un par de días y seguía sin tener noticias suyas, así que empecé  a preocuparme, no sabía si había hecho o dicho algo que pudiera haberle enfadado. Pero  pronto obtuve la respuesta. Por la noche, viendo las noticias, el presentador anunciaba  que habían detenido a tres miembros de una banda que se dedicaba a robar piezas de  arte de altísimo valor para venderlas en el mercado negro. Uno de ellos, era mi novio. 

Faltó muy poco para que me desmayase. Mi novio era un ladrón de guante blanco y le  habían detenido. No sabía que pensar, no sabía que hacer, no sabía si podía hablar con  él ni cómo. La policía se puso en contacto conmigo para que fuera a declarar, pero como  mi novio había dicho al principio, realmente yo no sabía nada de nada sobre aquel tema.  Cuando por fin pude ir a verle antes del juicio, me pidió perdón por todo y me hizo  prometerle que no iría a visitarle y que no le esperaría, porque era consciente de que iba  a pasar una temporada en la cárcel. Le condenaron a cinco años y una vez más, no hice  caso a la lógica. Seguí yendo a visitarle cada vez pude, queriéndole y esperándole. 

Pero con el tiempo se cerró en banda, dejó de ser ese chico cariñoso que tanto me quería y un día, sin más, me dejó y me pidió que no volviera. Con el corazón roto, decidí hacer  caso por primera vez a mi cabeza y olvidarle, aunque para eso tuvo que pasar mucho  tiempo. Con los años, él mismo me dijo que me trataba mal para que me cansara de él, porque no me merecía estar con alguien como él y que dejarme era lo más duro que  había hecho en su vida. Unos cuantos años después de cumplir su condena, vino a verme y me pidió perdón. Ahora somos buenos amigos, se casó con una chica y está totalmente  alejado de ese estilo de vida.

 

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