Estamos mi novio y yo en un hotel en Girona, digamos que de luna de miel. La idea era irnos a Túnez, pero por una operación de urgencia de apendicitis de él hemos tenido que cambiar de planes, y nos hemos conformado con pasar dos días cerquita de casa, sin muchas caminatas ni visitas turísticas, pero nos da igual, primero porque ha ido todo bien y segundo, porque estamos tan enamorados que lo que queremos es estar juntos, da igual dónde, y follar mucho, que es a lo que hemos venido.
Así que así estamos, en una habitación de no sé qué planta del Melià (lujo de proximidad) a punto de estrenar la cama, que es lo primero que hacemos cuando vamos de hotel. Vaya que se avecina polvo y de los buenos, que estamos aún en esa fase que siempre hay ganas y siempre funciona. Total, que nos ponemos a la labor y no sé cuanto rato ha pasado, pero justo en ese momento que me tiene empotrada y me estoy sintiendo tan caliente y llena, suena su móvil en la mesita de noche.
Y bueno… está claro que un poco el rollo sí que te lo corta, pero lo normal, te quedas, así como esperando que deje de sonar o que alargue el brazo para pararlo, pero no!!!!!!!!!!!!! ¡¡No lo para!! ¡¡Lo descuelga!! – Digui’m??
La situación es esta, yo en el pedazo cama del Melià de Girona abierta de piernas, empalada cual pollo a l’ast una mañana de domingo, con mi novio encima atendiendo una llamada telefónica. A lo mejor se pensaba que le podrían llamar de un sorteo, de esos que das el teléfono en la radio y te contactan para decirte que has ganado, y por no dejar pasar la oportunidad, a saber…
Pero no era un sorteo, era la tía por parte de padre. Su tía Angelina, que no quería nada en concreto. Que qué tal, que como estaba….
¿Como va a estar? ¡¡¡Pues con la baguette en la fermentadora!!!
Que sí, que todo ok, que bien, la operación bien, ya recuperado… bueno, todo esto es lo que hubiera querido decir, pero con la risa que le dio de verse él mismo en esa situación no había manera de pronunciar una sola palabra. La otra que debía estar aburrida, no dejaba de preguntar y él tampoco tenía intención de retirar el armamento. Y cada vez le daba más risa. Se aguantaba como podía, pero no colgaba. Yo también empecé a reírme y entre los dos éramos un espectáculo de risas, al final no le salía ni una palabra de la boca. Vaya apretón… Apretaba él los labios. Apretaba yo los míos (los de abajo). Convulsionábamos a punto de estallar en carcajadas, pero sin dejar de separar nuestros cuerpos.
¿Y cómo acaba todo esto? Al final la tía se hartó de no oír nada, de hacer preguntas sin respuesta. No entendió el mutismo, se cansó y colgó.
Y nosotros dos nos, entre risas, nos acabamos de correr a gusto.
Y el rato que nos estuvimos riendo después…