Nunca pensé que mi propia familia pudiese meterme en un berenjenal de la hostia, pero nunca digas nunca. Mis padres están separados y yo siempre he vivido con mi madre. Con mi padre mantenía una relación cordial, al igual que con su parte de la familia, pero no es que estuviésemos excesivamente unidos.

El caso es que acabé la carrera de Magisterio y me contrataron en un colegio concertado a unos veinte minutos en coche de mi pueblo. Hasta el momento no había necesitado coche propio porque me movía con transporte público y el único coche de la casa lo usaba mi madre para ir a su trabajo, pero ahora todo cambiaba, porque no tenía forma de llegar al trabajo en transporte público, ni mi madre tampoco: necesitábamos un coche nuevo.

Mi padre se enteró del nuevo trabajo que había conseguido y se ofreció a comprarme un coche para que pudiese ir a trabajar. No elegí marca ni modelo: cuando me lo dijo ya lo tenía pedido y estaba a la espera de que le llamasen del concesionario para decirle que ya lo tenían.

Durante el tiempo que estuve esperando el coche, mi madre iba al trabajo con una compañera que se desviaba de su ruta para recogerla y dejarla. Así que, cuando mi padre me llamó para ir a recoger el coche, respiré aliviada: ¡por fin iba a tener mi propio medio de transporte! (ilusa de mí).

En este momento pequé yo de inocente. Conociendo a mi padre, hubiese tenido que estar más alerta, pero me comí todas las trolas que me soltó, una a una.

Llegamos al concesionario y mi padre me explicó que el coche no iba a mi nombre, sino al de su madre porque, al ser una persona mayor de X años, “el seguro era más económico” o nosequé. Igual alguien que entienda del tema se da cuenta de que aquí me la coló, pero yo seguía sin ver ninguna cosa rara y seguí p’alante con la vida.

La del concesionario, que se ve que también estaba en el ajo, me puso delante un tocho considerable de papeles para firmar, “para la matriculación del coche”, dijo, y yo firmé todos los papeles que me pidió y me fui de ahí con mi coche nuevo, lista para poder ir a trabajar sin tener que echármelo a suertes con mi madre.

El tiempo pasó y me fui a vivir con mi novio. Un día decidimos ir a comprarnos los muebles del salón para el piso que nos estábamos arreglando. Cuál fue mi sorpresa que, al intentar financiar los muebles, la chica de la tienda me dijo que no podía hacerlo a mi nombre porque las financieras le habían dicho que tenía una mancha y no podían concederme ningún préstamo.

Me quedé alucinada: yo no tenía nada a mi nombre, ni casa, ni otras financiaciones… ni siquiera el coche iba a mi nombre. La pobre mujer no pudo decirme nada más, solo que fuese al banco e intentase averiguar cuál era el problema.

Justo a la mañana siguiente me llamó por teléfono una financiera preguntando por mí. Al parecer, se debían más de cuatro meses de letra y yo figuraba de aval del préstamo, así que si el titular no pagaba, lo tenía que hacer yo. Me quedé estupefacta: en ningún momento me dijo mi padre nada de ser aval de ningún préstamo; él me dijo que me compraba el coche, nada más.

Pedí a la financiera todos los papeles donde salía mi nombre y sí, efectivamente, yo había firmado los papeles de avalista. Al parecer, me los habían colado entre los papeles de la matriculación que yo firmé aquel día. No sé ni cómo pudieron hacerlo porque mi contrato no era fijo, pero coló y no había nada que hacer.

Me puse en contacto con un abogado para ver qué opciones tenía y, aunque podía denunciar a mi padre por haberme engañado, me iba a costar mucho poderlo demostrar. Así que me pasé siete años, los que duró la deuda, sin poder financiar absolutamente nada en mi vida gracias al bonito regalo que me hizo mi padre.

Lección aprendida: no te fíes ni de tu familia.