Qué fácil es hacerse “todólogo”. El cuñadismo está en alza, y no solamente en reuniones de amigos, en la barra de un bar o en los compañeros de trabajo. Hablar de todo sin saber de nada ya es una filosofía de vida.

En los medios de comunicación se ha popularizado la figura del “todólogo”, invitado experto en nada que llaman para opinar de algo que se escapa a su campo. El ejemplo de César Carballo, que opina asiduamente en tertulias y magazines y él mismo se califica como “todólogo”.

El cuñadismo profesional o amateur es una disciplina tan extendida que hablar de ella es mantener el equilibrio en una línea fina para no caer en el mansplaining. Pienso que es necesaria la responsabilidad en la comunicación, y a la vez tengo que confesar que soy el primero que acaba ejerciendo la “todología”.

Quizás no como un cuñado clásico, pero en entornos de confianza, cercanía y ebriedad, he podido protagonizar los debates más acalorados por las chorradas más irrelevantes. He tenido experiencias extrasensoriales en las que, después de gritar tanto por algo tan ridículo, que abandonaba mi cuerpo y percibía al grupo como un rebaño de egos frágiles balando sin ton ni son.

Por suerte suelo debatir pacíficamente. Por desgracia, a veces pierdo los papeles. Son las ocasiones en las que me acabo dando cuenta de lo mucho que insisto en tener razón, y lo poco que merece la pena. Cómo muchas veces creemos encontrar una verdad para convertirla en nuestra identidad y hacernos irrefutables. Cuántas veces hacemos malabares entre opiniones que no comprometan nuestro sistema de creencias por seguridad, o falta de ella.

Porque el cuñado habla con certeza aunque no tenga ni idea, y en su error, es libre. Después de entender que por mucho, mejor y más fuerte que hables, eso no significa que alguien vaya a cambiar de opinión, me abstengo de ciertos temas de conversación en charlas casuales. Política, fútbol o religión. Sin embargo, los cuñados hacen de estas áreas su coto de caza particular. 

En la era de la post verdad, cualquier negacionista puede agarrarse a lo que le venga en gana como libertad de expresión. Esto está bien, siempre y cuando no lo vendas como la verdad absoluta. He tenido cenas en las que ha sido menos dulce el postre que callar a un sabelotodo con argumentos comprobados. También he aprendido que ignorar algo que no te aporta puede ser más constructivo que combatirlo. 

Dando a un cuñado a probar su propia medicina puede resumirse con la célebre frase: “Las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos uno y pensamos que el de los demás apesta”. Siguiendo esta analogía, puede decirse que hay opiniones poco higiénicas y que nadie querría en su cara. Como Clint Eastwood, hay que saber en qué batallas merece la pena darlo todo, o cuándo es mejor quedarse en casa.

Deseo paciencia, tacto y ánimo al entorno de los todólogos. También a nosotros mismos la voluntad de escuchar mejor y pensar más antes de hablar. Siguiendo con las frases “Uno es dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras”.

 

Tío Vivo