Tenía yo 15 años cuando una tarde me añadió un chico a Messenger. En aquella época comenzó a hacerse normal poder hablar con gente que no conocías por internet. Messenger fue nuestra primera red social y él fue mi primer (y último) catfish. En aquel entonces la palabra ni existía, pero me la colaron en toda regla.
Se llamaba Luis, era del pueblo de al lado —a menos de 3 km de distancia— y tenía un año más que yo. Me pasó un par de fotos y yo le creí. No pensé, con esa edad tan inocente mía, que detrás de esa cuenta pudiera haber otra persona.
Hablamos días, semanas, meses… Éramos amigos, pero nunca había oportunidad de conocernos en persona. Repito: vivíamos a 3 kilómetros de distancia. Aquello me olía raro, pero el tufillo se confirmó cuando le enseñé una foto suya a una amiga mía y me dijo que ella conocía a aquel chico y que no se llamaba Luis. Se llamaba Juanjo y no era de donde decía, sino de otro pueblo de la zona. Flipando me quedé.
Lo enfrenté y lo negó. Corté toda conversación con él y entonces me agregó a Messenger su supuesta ex para hablarme de lo buena persona que era. La ex sí existía. Teníamos conocidos en común. ¿Pero qué estaba pasando? ¿Quién estaba jugando conmigo?
Al poco me fui fuera a estudiar, él me volvió a agregar y yo lo acepté porque quería una explicación, quería saber quién era realmente, con quién había estado hablando cientos de horas de mi vida. Me dijo que venía a la ciudad donde yo vivía para verme por mi cumpleaños.
En ese entonces yo estaba en una residencia universitaria y todas mis amigas me decían lo mismo: que no iba a aparecer. Yo pensaba lo mismo, pero lo que hizo fue mucho peor.
Estuvo allí y me tiró una carta al jardín de la residencia. Me dijo que había venido por la noche, justamente en las horas en las que la residencia estaba cerrada, y que por eso no pudimos vernos ni me la pudo dar en persona. Había estado tan cerca de mí, se me podía haber acercado en la calle, sabía dónde vivía y yo no sabía ni qué cara tenía… ¿Pero qué estaba haciendo yo dejando a esta persona estar en mi vida?
Sinceramente, no recuerdo lo que decía la carta porque me dio tanto miedo que decidí cortar de raíz mi contacto con quien fuera esa persona.
Desde entonces lo intentó bastantes veces, aunque mi respuesta siempre fue el silencio. El fin de Messenger supuso que sus intentos al fin desaparecieran. A día de hoy sigo sin saber quién se escondía detrás de la pantalla y por qué.
El catfish es “la creación de una identidad falsa en internet para engañar a otras personas con fines maliciosos. Buscan manipular a la víctima con el fin de llevar a cabo estafas emocionales, financieras, sextorsión, acoso…” Pero en este caso él —si es que era un chico— no obtuvo nada más allá de horas de conversación.
¿Qué mueve a alguien a engañar a otra persona solo para hablar? ¿Era alguien que quería vigilarme, o que no se atrevía a hablar conmigo por razones X, o era alguien que quería reírse de mí? ¿Para qué invertir tantas horas en hablar con alguien que no sabe quién eres realmente?
Con “Luis” aprendí dos lecciones importantes de la vida:
que no te puedes fiar de nadie en internet si no da la cara; y que no siempre tenemos explicación para todo… A veces hay que dejar las cosas ir sin entenderlas.
