La aventura de la búsqueda de casa
Después de la pandemia empezó la búsqueda desesperada de casas con zona verde: daba igual terraza que jardín o balcón que Versailles. Cualquier zona en la que poner unas plantas, una mesita y una esterilla de yoga era suficiente para aquellos que habíamos sufrido el confinamiento entre 4 paredes sin aire fresco.
En nuestra casa no fuimos menos. Tuvimos un hijo “pandemial” al que parí con mascarilla un 3 de abril del 2020. Salimos de casa a un hospital fantasma y volvimos a una casa sola, sin visitas (lo que tuvo sus ventajas) y ahí permanecimos sin que lo conociera la familia, sin que pudiéramos estrenar el cochecito de paseo y sin que le pudiera dar la luz del sol porque no había posibilidad de ello en nuestra casa.
Acabamos deseosos de un espacio abierto y, en cuanto acabó el confinamiento, nos lanzamos a su búsqueda cuando todos estábamos locos por hacerlo. Las casas se vendían casi antes de anunciarlas y cuando estábamos a punto de ir a hacer la visita de turno nos llamaban porque ya estaban vendidas… ¡En menos de 24 horas!
Empezó la desesperación por la conquista de la periferia. Esto coincidió con el periodo de los confinamientos por ciudades. La nuestra lo estuvo en varias ocasiones y, justo en una de esas, encontramos el anuncio de una casa en el centro con una parcelita. La casa era vieja, pero estaba bien localizada y, aunque no era barata, su precio no era tan desorbitado como el de otras.
Llamamos al particular que la vendía (sí, nos libramos de agencia) y nos dijo que no podía enseñarla porque él vivía fuera de la ciudad y no podía venir hasta que nos desconfinaran. El dueño hablaba tanto que pasó más de una hora contándonos las bondades de la casa y los entresijos de su vida. Lo bueno fue que tuvimos paciencia escuchando sus batallitas de jubilado y nos puso los segundos en la lista para ver la casa.
Durante más de un mes íbamos de paseo por la zona de la casa (pasear por tu ciudad sin salir sí era posible) y nos fuimos haciendo con la documentación del Registro de la Propiedad, de los bancos para ver posibles hipotecas y cotilleamos por el vecindario.
Cuando acabó el cerco, concertamos una cita con el dueño. Fuimos los segundos. Llegamos a la casa cuando salía otra pareja. El dueño nos enseñó la casa y nos contó mil y un detalles de su vida (no de la casa). Como colofón final nos enseñó lo que él consideraba la mejor parte: una puerta en Narnia que nos llevaba a la buhardilla. Casi se mata subiendo.
Sabíamos que queríamos la casa, pero también sabíamos que no por ese precio y con la reforma que necesitaba. Fue un mes duro de negociaciones con un hombre al que le encantaba hablar y había que seguirle el rollo. Muchas horas de teléfono, una visita a la casa con un amigo arquitecto y mucho tiempo gestionando la hipoteca. Logramos ponernos de acuerdo en un precio mayor que el que habíamos ofertado, pero menor que el que estábamos dispuestos a pagar.
La hipoteca estaba en mínimos y fue, es, prácticamente un regalo de tipo fijo a 35 años. Fuimos los primeros de nuestros amigos en lanzarnos a la aventura y no nos salió mal.
Ahora las cosas están mucho peor. Unos de nuestros mejores amigos llevan buscando casa un año en una ciudad en las que, según las noticias, ha subido el precio de la vivienda un 25%. Es verdad que, comparándolas con hace un par de años o un año y medio, las hipotecas están mejor. Pero buscar casa es una Odisea. Y las inmobiliarias, otra que dan para un nuevo post.
Vender una casa ahora es un chollo. Comprarla, una perdición. Pero se venden y se compran porque somos así: necesitamos viviendas y no sabemos cuando va a surgir la próxima burbuja ni cuándo va a explotar. Se pueden prever, pero no condicionar nuestras necesidades a un futuro incierto.
Cuando buscas casa sabes que siempre va a haber algún “pero”: el precio, la localización, la reforma, los vecinos, la hipoteca… Es ahí donde tienes que priorizar y ser realista. El factor suerte también juega un gran papel: llegar al sitio en el momento adecuado. Alea iacta est.