Tuve tantas malas experiencias en lo que al amor se refiere que llegó un momento que ya me consideré gafada, yo tenía que ser un cenizo de nacimiento, si no, no era ni medio normal lo que llegaba a pasarme. Afortunadamente, una tiene amigos siempre dispuestos no sólo a paliar la soledad, sino también a sacarte de apuros cuando lo precisas. Esta fue una de ellas. 

Testimonios reales en whatsapp

Cuando comencé a quedar con gente que había conocido en internet, ya fuese en páginas de citas o en chat, o bien en redes, yo avisé a mi mejor amiga de ello. Ansiosa y paranoica, no quería aparecer en las noticias con un “lo último que se supo de ella fue que se dirigía a una cita con alguien que conoció en internet”, de modo que acordamos que, cuando quedase con alguien así, le mandaría ubicación, le diría cómo estaba yendo la cita y la avisaría cuando llegase a casa. En parte por seguridad, en parte por salseo, eso también. 

Yo había conocido a Borja en redes sociales, en un grupo de cine de terror clásico. Igual que a mí, le encantaba el fantaterror español con cintas como El ataque de los muertos sin ojos o las películas del hombre lobo ibérico, Paul Naschy. Partió de él la idea de quedar y conocernos y a mí me pareció bien. Cuando llegó a la cafetería -yo llegué antes, no es que él llegase tarde, es que la ansiedad siempre llega primero, eso es todo- me saltó la primera alarma: pulserita con la bandera y el logo de cierto partido político. Calma, Delice, calma. No quiere decir nada, él puede votar a quien guste y ser buena persona pese a todo. 

Me da dos besos, se sienta, y me salta la segunda alarma, ya estamos en alerta naranja: llama a la camarera dando silbiditos y chasqueando los dedos. Hace su pedido sin decir por favor, ni gracias, ni nada, es que ni mira a la chica, le tiende la carta y dice simplemente “café solo”. Yo digo “a mí me gustaría un café con leche, por favor”, y él se ríe. Y me suelta “no hace falta que se lo pidas así, es su trabajo”, para empezar a perorar de que a él su padre le dejó bien claro que la educación hay que usarla con la gente que importa, no con quienes te sirven, que para eso cobran. Que si no les gusta, que se busquen otro trabajo, que hubieran estudiado. Que a él le da un poco de vergüenza incluso que agradezca a la camarera cada vez que la chica viene a la mesa, que es como si le diese las gracias a la taza o al azúcar. 

Yo cada vez más incómoda, no sabía dónde meterme y decido desviar la conversación al cine de terror, que era lo que sabía que teníamos en común. Bien, eso va mejor. Hasta que se me ocurre saltar al terror norteamericano y a la película Halloween, que si fue la que inició el género slasher, que… no. A él le gusta el terror español y SÓLO el terror español. Cualquier otro cine es malo, fuera, aggh, caca. Con estas le digo que me disculpe, que tengo que ir al baño. 

“¡Por tu madre, SÁCAME DE AQUÍ!” le puse en un mensaje a mi amiga. Me pidió cinco minutos. Volví a la mesa, y al ratito, me salta su llamada. “Perdón, es mi mejor amiga, tengo que cogerlo”, dije. 

“¡El cabrón de mi novio me ha echado de casaaaaaaaaaaaaa…!” Llorando a lágrima viva. Pero así. Yo sabía que mi mejor amiga está adornada con muchas virtudes y habilidades, pero ignoraba que la actuación improvisada fuese una de ellas. Entre sollozos que partían el corazón a las piedras, dijo que su novio la había pegado y que la había echado de casa, que por favor fuese a buscarla, que estaba en pijama en el descansillo de su bloque. 

Rápidamente me disculpé con Borja, lo sentía, pero era algo de fuerza mayor. Pagué mi café y me piré de allí a toda velocidad. A distancia prudente de la cafetería, la llamé de nuevo. Igual que antes lloraba, ahora le dio -nos dio- un ataque de risa que no podíamos parar. Sé que habrá quien me diga que debí haber sido sincera con Borja y decirle que no congeniábamos, pero lo último que yo quería era darle explicaciones a un tío que me demostró que de empatía, iba tirando a justito. 

Delice