Siempre he sido de esas personas que negaban categóricamente ser capaces de liarse con un hombre casado, de las que no podían entender cómo aquellas mujeres podían hacer lo que hacían y luego dormir por las noches. Hasta que, sin saberlo, yo me convertí en una de ellas.
Nos conocimos a través de una conocida app de citas. Yo no estaba muy puesta en el tema, pero viendo que mis amigas hablaban mucho del tema y que además, les había ido bien, decidí probar. Después de varias citas desastrosas y múltiples desengaños ya iba a tirar la toalla y desinstalarme la aplicación de ligoteo, cuando hice match con un chico muy mono. Empezamos a charlar y después de las típicas preguntas de rigor, vimos que había un tonteo bastante evidente entre los dos, así que a los pocos días quedamos en un bar para tomar algo y conocernos en persona. Sencillamente, me encantó. Era un tío muy guapo, la mar de sencillo, gracioso y parecía ser muy buena gente; no tenía nada que ver con los otros chicos con los que había quedado, con él todo era muy fácil y fluía de manera natural. Terminamos la cita con unos buenos besos y con ganas de volver a vernos.
Días después, volvimos a quedar y aquellos buenos besos dieron paso a algo más en mi casa. Nunca había llevado a un tío que acababa de conocer a mi casa por puro sentido común, pero con él perdí la cabeza, me volvía loca. La verdad es que al principio todo era sexo y poco más, pero unas semanas después, empecé a sentir una complicidad con él como hacía tiempo que no la sentía con nadie, y eso que hacía cosa de un par de meses que nos habíamos conocido. Yo no quería hacerme ilusiones porque siempre que lo había hecho todo había terminado como el rosario de la aurora, pero no lo pude evitar. Aquello no era sólo cama, había algo más y los dos lo sabíamos. Pasamos de una relación puramente sexual a quedar para ir al cine, para ir a cenar o simplemente para sentarnos uno frente al otro y pasarnos las horas muertas charlando y riendo.
Nunca íbamos a su casa, pero no sospeché nada porque me dijo que estaba viviendo en casa de unos amigos mientras la suya estaba en obras y lo cierto es que no le di más vueltas al tema.Y así, pasaron los meses y empezamos a salir en serio. Mis amigas le adoraron a los cinco minutos y los suyos me acogieron súper bien desde el pricipio. Nos pasábamos muchos fines de semana en mi casa tirados en la cama viendo películas y comiéndonos a besos y yo no podía estar más feliz. Sin embargo, debido a su trabajo, se ausentaba de vez en cuando, pero me llamaba cuando tenía ocasión y mientras estábamos separados, nos enviábamos fotos y mensajitos subidos de tono.
Un día, mientras estaba haciendo la compra tan tranquila, me llamó un número que desconocía y cuando contesté todo lo que recibí fue un “¿Qué tienes tú con mi marido?”. Yo me quedé a cuadros en medio del pasillo y le dije que se había equivocado, pero ella insistió, se puso a insultarme y a decirme que no me riera de ella, que no sólo había leído las conversaciones entre su marido y yo, sino que había visto las fotos que le había mandado. Por si me quedaba alguna duda de que aquello era cierto, se puso a describirme aquellas imágenes de mí desnuda en posturas sugerentes, imágenes que le había mandado a su marido con el que llevaba casada casi 5 años. Tuve que dejar el carro y salir a la calle a toda prisa porque de repente no podía respirar.
En cuanto fui capaz de articular palabra le dije que no tenía ni idea de que estuviera casado, pero ella no me creyó. Me dijo que iba a publicar las fotos en redes sociales y que no le importaban las consecuencias legales, que sólo con humillarme y joderme la vida como yo se la había jodido ya le compensaba. Le supliqué llorando que no lo hiciera mientras ella no dejaba de insultarme, hasta que me colgó. No recuerdo cómo llegué a casa ni en qué estado, sólo recuerdo que llamé al hombre del que me había enamorado y que había fingido quererme durante los últimos meses, para contarle todo y mandarle a la mierda. Cuando le dije lo que había pasado y las intenciones de su mujer, se quedó callado y después de un buen rato pidiéndome perdón, me dijo que siempre borraba las conversaciones y las fotos para que ella no las viera, pero que se le habría pasado alguna.
Resulta que además de infiel, era un imbécil descuidado. Durante un tiempo consiguió engañarnos a las dos, le decía a su mujer que estaba de viaje de negocios mientras estaba conmigo y viceversa. Qué típico. Y yo no me di cuenta…
Lógicamente, ahí terminó todo. Le dije que no volviera a llamarme en la vida, que esperaba que su mujer le mandara a paseo y durante mucho tiempo viví con el miedo a que mis fotos desnuda aparecieran colgadas en alguna parte. Nunca sabré si aquella mujer se arrepintió, si se lo pensó mejor o si él tuvo algo que ver, pero jamás las publicó y yo jamás volví a utilizar una app de citas.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.
