Dicen que un clavo saca a otro clavo, y yo decidí probarlo. Y casi me crucifico por ello, que lo hubiera hecho si no me faltase siempre una mano para el último clavo, pero esa es otra historia.
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Mi ex me había dejado hacía pocos meses, un ex con quien estuve seis años, que me había pedido matrimonio y estábamos ya mirando piso e iglesia para casarnos. A las puertas de los treinta, yo tenía una depresión gorda como cierto galo de calzones blanquiazulados, y la autoestima tan baja que ya rozaba Nueva Zelanda. Vamos, un asco. Y mi familia-amigos-compañeros me dijeron lo que se dice en estos casos: “sal por ahí, arréglate y diviértete, que un clavo saca a otro clavo”. Bueno, pues me animé.
Le conocí en una discoteca una noche que sabía que había música en directo. Era muy majo, la verdad, parecía un poco tímido, pero conforme avanzó la noche se fue lanzando y yo quise ser honesta con él: acababa de salir de una ruptura muy mala, no buscaba nada serio, sólo jugar y nada más. Aceptó, él buscaba lo mismo. Así que la cosa se calentó y acabamos en su coche.
Pese a que no hubo fuegos artificiales -la depresión es tan hospitalaria que nunca viene sola, se suele traer amigos, y la anorgasmia es uno de ellos- he de decir que me sentí bien al quitarme la espinita de “sólo he follado con una persona y fue el ex que me dejó después de ponerme más cuernos que un alce”. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Por qué.
Porque después de “todo”, coge el tío, mira el reloj y suelta “bueno, te acerco a casa en un momentín, que no quiero que se me haga muy tarde, que tengo que madrugar para llevar mañana a mi hijo a fútbol, que tiene partido. Mira, es este”. Yo, pensando que estaría divorciado, vi la foto, una foto en la que aparecía el chaval, él poniéndole una mano en el hombro, y una mujer. Una mujer a la que él tenía abrazada y le daba un beso en la sien, los dos muy sonrientes. Y yo como una imbécil, pregunté cuánto llevaban separados.
“No, no, si no estamos separados. Ella no sabe que estoy aquí”. Me quedé en shock, lo juro. Y él todo sonriente. Tan sonriente como en la foto con su mujer. “Casi que no me lleves a casa, me voy sola”, dije.
A día de hoy a veces sigo diciéndome que quizá fue una maniobra suya para que nunca le volviese ni a saludar, y oye, le funcionó, pero vamos, que yo fui la primera que le dije que no quería nada serio. Me pareció algo tan sucio y mezquino el hacerme participar en un capricornio, que me dejó todavía más hundida que antes. Durante semanas no quise salir de casa, aterrada por encontrarle por la calle, por encontrarme quizás a su mujer.
Mucho tiempo después pude decirme a mí misma que yo había cometido un error, sí, pero el verdadero canalla era él. Yo ignoraba si estaba casado, divorciado o si tenía un harén, y no era culpa mía no haberle pedido el libro de familia antes de pegar un polvo mal y deprisa en un coche.
Delice
