¿Quién se atrevería a decir que no a unos suculentos churros con chocolate recién hechos, en una mañana fría después de una noche de fiesta? Claramente alguien que esté mal de la cabeza. Otra explicación, no hay. Churros, tan crujientes, calentitos, deliciosos. Sobre todo, si son de la churrería del Satur, en mi barrio. Un sitio que tiene fila todos los días del año llueva o nieve para comprar esa obra de arte de la repostería tradicional española.
Pues, aunque parezca mentira (y creedme cuando os digo que estoy igual de sorprendida que vosotras), yo lo hice. Y lo pagué caro.
Por lo visto, los churritos, aparte de deliciosos también son rencorosos. Y no perdonan un desaire.

Hace unos meses, fui en plan exprés a España. Ir el sábado y volver el domingo. Iba a una fiesta de cumpleaños de mi amiga Bea. Llegue el sábado después de comer, lo estuvimos celebrando toda la tarde y casi toda la noche, ¡aquello era como si cumpliéramos 18 en vez de tener ya una edad!
Me desperté, con una resaca que hacía años no sentía, fui a desayunar a la cocina, y mis padres habían hecho el típico desayuno de los domingos de invierno. Churros del Satur con chocolate calentito. Pero, para sorpresa de todos, yo incluida, dije que no.
Parte de la crisis de los 40 me ha hecho intentar comer un poco mas sano. Intentar comer solo lo que mi cuerpo necesita, y limitar todo aquello que, aunque delicioso, no me aporta nada. Como el día anterior ya había comido (y bebido) por mí y por todos mis compañeros, de repente me encontré a mi misma diciendo que no al desayuno típico familiar de los domingos, cambiando los churros por unas tostadas integrales de jamón de pavo y queso, y el chocolate por un zumito de naranja natural.
He de reconocer que el pavo sabía raro, como con un puntito ácido. Pero lo achaqué a la resaca y a que hacía mucho que no lo comía, así que me casqué casi todo el paquete.
Unas horas mas tarde, cuando estaba de camino al aeropuerto, todo empezó a ir regumal. Ralladas de estómago aquí y allá, mala gana en general. Resaca y viaje en coche son una mala combinación, pensé yo. Nunca he sido especialmente buena viajando en coche, se me pasará cuando lleguemos al aeropuerto, pensé. Error. Error grande. Despedí a mis padres como pude, porque pa’que preocuparles con cosas si no pueden hacer nada, y corrí, más bien esprinté al baño. Y os podéis imaginar lo que pasó allí. Os ahorraré detalles escatológicos. Pasé las siguientes tres horas y media en el baño del aeropuerto, justito al lado de mi puerta de embarque. Esperando a un vuelo que seguían retrasando cada media hora. E, ignorando mis instintos, me subí al avión cuando por fin me dejaron. El vuelo bueno, con un aquarius y una manzana a precio de caviar lo conseguí pasar sin pena ni gloria. Aunque el Uber a casa fue horrible (porque, con tanto retraso, aterrizamos de noche y ya no tenia trenes a mi casa).
Los dos siguientes días fueron mas o menos igual. Para el miércoles, apenas me tenía derecha. Y fue cuando mi padre soltó la bomba. Hablando con ellos, mi padre dijo que le había desaparecido el pavo caducado de que había en la nevera, que si lo había visto cuando estaba aquí y lo había tirado o algo. Mi padre, en su inmensa sabiduría, había guardado en la nevera hacia casi dos meses un paquete de pavo que había caducado. Su plan era dejarlo ahí hasta que fuera a tirar la basura para que no oliera. Pero un día por otro siempre se olvidaba de hacerlo, y hoy se había dado cuenta de que ya no estaba. Ahí ya, mi marido me obligó a ir a urgencias.
No mucho que pudieran hacer, me dijeron, a parte de pincharme fluidos para combatir la deshidratación, tenerme un par de días en observación a ver como evolucionaba, y esperar.

Y esta es mi historia. De ella, he aprendido a nunca, nunca, nunca rechazar unos churros del Satur. Al menos ellos nunca me traicionarían de esta manera. Nunca me harían sufrir así.
Andrea M.