Hace unos meses recibí una noticia que me habría hecho dar saltos de alegría si me la hubieran dado en cualquier otro momento de mi vida, pero que en ese en concreto me sentó como una patada en el estómago.
Una mañana aparentemente normal en el curro, me llamó mi jefa a su despacho. Estrés inmediato, me puse de los nervios. ¿Me iban a echar? En realidad, No tenía razones para pensar que me pudieran despedir, me considero bastante eficaz y cumplo con creces con todo lo que me toca hacer, pero, para mi, esto es como cuando pasa la policía por tu lado y te pones nerviosa aunque sepas que no has hecho nada, ponerme nerviosa si me manda llamar un jefe es inevitable.
Pues bien, lejos de querer despedirme, lo que hizo fue ofrecerme un ascenso. El ascenso que siempre había querido. La oportunidad era buenísima. Tendría más responsabilidades pero también un considerable aumento de sueldo. El problema no era ese, sino que el empleo no era en la oficina de la ciudad en la que vivía, sino en otra de las sedes de la empresa. Y eso iba a darme bastantes problemas si quería aceptarlo. Le di las gracias a mi jefa por confiar en mí para el puesto y le pedí que me dejase pensarlo hasta el día siguiente.

De camino a casa mi cabeza fue convirtiéndose en una olla a presión. No sabía qué hacer. Llevaba años deseando una oportunidad así, pero lo cierto es que me había acomodado en esa ciudad y me sentía a gusto, sobre todo después de conocerle a él. Carlos y yo llevábamos juntos un año y medio. Para mí, se había convertido en el centro de mi mundo. Y él tenía trabajo estable allí, con lo cual mudarse a otro lugar no era una opción. Alguna vez había sacado el tema para saber qué opinaba, pues como ya he dicho, en los últimos años siempre había soñado con ser una de las elegidas para ese tipo de ascenso en mi empresa, ya que de vez en cuando le ofrecían esa oportunidad a alguien. Y él me había dejado claro que llegados a ese punto tendríamos que romper, porque no quería tener una relación a distancia y mudarse para él no era una opción. Así que imaginaos las dimensiones del dilema.
Esa noche se lo conté. Se alegró por mí, aunque yo sabía que no era una alegría sincera. Le observé durante el resto de la noche y le vi pensativo y preocupado. Incluso algo frío. Y esto me llevó a tomar una decisión de la que hoy me arrepiento enormemente: al día siguiente, rechacé el ascenso.
Mi jefa se quedó a cuadros. Mis compañeros me tacharon de loca. Normal, supongo. Había dejado escapar la oportunidad laboral con la que todos habíamos fantaseado en aquella oficina alguna vez. Aunque el compañero al que se lo propusieron detrás de mí me estuvo inmensamente agradecido. Y yo, enamorada hasta las trancas, me sentí en paz con mi decisión. Al menos hasta que mi mundo se vino abajo.

No pasaron ni tres meses. Carlos empezó a estar un poco más ausente de lo habitual. Empezó a no querer verme todos los días, pese a que vivíamos muy cerca. Y cuando nos veíamos se quedaba como ausente a menudo, serio y ensimismado. Además, cuando yo hablaba de aquellos planes de futuro que otras veces habíamos tratado, él respondía con evasivas y sin mucho interés. El miedo crecía en mi interior a medida que pasaban los días, las semanas y los meses y yo veía que aquello se estaba torciendo. Y el rechazo del ascenso volvía a mi cabeza para atormentarme. Lo había apostado todo por el amor. No podía estar yéndose todo al traste de repente. Le pregunté varias veces qué le ocurría, pero insistía en que no pasaba nada, incluso se enfadaba si insistía. Hasta que una tarde, mientras veíamos una peli en mi casa, me soltó la bomba: quería dejarlo. Lo dijo así, tal cual, sin previo aviso, y continuó hablando. Había conocido a otra mujer y se había enamorado por completo, confesó que jamás había sentido por nadie lo que ahora sentía por aquella otra. Me destrozó el corazón en ese mismo instante.
Aún recuerdo el dolor tan profundo que sentí en el pecho, la losa que me impedía respirar y esas nauseas que me acompañaron durante semanas. Caí en una depresión bastante profunda y fueron muchas horas de psicólogo las que necesité para levantar cabeza. Es más, diría que aún me quedan muchas de esas horas de terapia por delante.

Si me preguntáis si me arrepiento de mi decisión, me gustaría deciros que no, pero os estaría mintiendo. Al fin y al cabo había renunciado a mi futuro profesional, a progresar en mi carrera, a la que tantos esfuerzos había dedicado, por un hombre que me dejó por otra tres meses después. Seguro que hay por ahí miles de personas a las que les salió bien tomar una decisión tan arriesgada como la mía y ahora viven felices y comen perdices, pero, al menos hoy por hoy, no le recomendaría a nadie que tomara la misma decisión que tomé yo. Porque si algo he aprendido de esta experiencia es que, de ahora en adelante, yo soy mi prioridad.
Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.