Ésta es la historia desesperada de una lectora que me pide que os cuente cómo se ha ido al traste su relación con su vecina y ya ha dado por perdido el dinero que le prestó:
Hace ya casi diez años que vivo en este edificio. A pesar de que somos 6 familias, hasta hace no tanto no tuve trato con ninguna de ellas más allá de saludar en el portal y mantener la puerta abierta para que pasen.
Pero el año pasado se mudó debajo de nosotros una chica de mi edad con su niña, que resultó tener la misma edad que la mía. Estaban siempre solas y pronto las niñas, sólo con encontrarse en el rellano, ya se hicieron amigas.
Poco a poco empezaron los sube y baja de las niñas a jugar la una a casa de la otra y viceversa. Me parecía algo muy positivo. Lo fue más aún cuando nosotras empezamos a sumarnos a los sube y baja quedándonos a tomar café mientras las niñas jugaban.

Yo paso mucho tiempo sola porque mi marido trabaja por las tardes y yo por las mañanas, y ella está sola, es nueva en la ciudad y no conoce apenas gente, así que tardamos muy poco en intimar y hacernos muy amigas.
Ella lo estaba pasando mal porque el padre de la niña se había ido a vivir con su nueva mujer y hacía dos meses que, al mudarse al extranjero, había dejado de pasarle la manutención. Ella trabajaba en lo que iba pudiendo, pero no tenía apenas familia que le pudiese ayudar, así que intentaba hacer todas las horas que podía en el trabajo de limpiadora, pero al no tener tampoco con quien dejar a la niña, su margen era muy pequeño.
Yo me ofrecí a cuidarla dos tardes a la semana para que pudiera aceptar la limpieza de unas oficinas que pagaban muy bien. Así ella se quedaba a cenar con nosotras y yo la ayudaba doblemente. No es que dos cenas a la semana supongan un gran ahorro, pero algo es algo y a mí no me costaba nada añadir un plato a la mesa.

A medida que el tiempo fue pasando, la confianza creció y, cuando le llegó el recibo del seguro del coche con un incremento con el que no contaba, se echó a llorar por no poderlo pagar. Con mucho esfuerzo y vergüenza me pidió si podía adelantarle yo el dinero y que ella, con otras oficinas más que le habían ofrecido, podría devolvérmelo en uno o dos meses.
Así su niña se quedó durante meses a cenar 3 noches por semana, aunque como se llevaban tan bien las niñas y ella estaba tan cansada, ya me la quedaba al salir del cole y le daba la merienda también.
Esos 150 euros que le dejé en abril, se convirtieron en 200 cuando, en mayo no tenía cómo comprar las chuches para el cole de la niña por su cumpleaños y me dio pena ver a esa niña a la que ya quería un montón con esa tristeza en la mirada.
Entonces mi niña se puso muy malita con una neumonía y yo pedí unos días en el trabajo para ocuparme de ella. Intentaba no salir de casa si podía evitarlo y estar con ella todo el día. Al no ser de origen contagioso, podía seguir teniendo en casa a la niña de la vecina, aunque la mía no se levantase de cama.
Un día le pedí a mi amiga que, de paso que volvía del trabajo, me trajese unos filetes para hacer de noche con las niñas para cenar, pues a mi marido se le había puesto mala su mamá y se había tenido que ir todo el día al pueblo a cuidarla. Ella, sin problema, me trajo un kilo de filetes y unos chocolates a modo de regalo para mi niña enfermita.

En otra ocasión me llamó desde el super por si necesitaba algo y le dije que, de paso que traía para ella, que me cogiera unos tomates.
Pasó el tiempo y su situación mejoró. Empezó a poder comprarse ropa nueva, a comprarle a la niña algún antojo y a no necesitar de nosotros tanto apoyo, pues la habían contratado a jornada completa en una de las oficinas en la que limpiaba, pero con otro puesto relacionado con sus estudios y ahora ganaba un muy buen sueldo.
Cuando pasaron ya unos meses y me dijo que se planteaba cambiar de coche, le dije (con más vergüenza que otra cosa) que si podría devolverme ya los 200 euros que yo le había prestado. Ella se apartó sorprendida y me miró con extrañeza. “¿De qué dinero me hablas?”. Yo, nerviosa porque sentí cómo ese dinero iba a ser clave para un cambio radical en mi vida, le dije que el dinero que el año anterior le había dejado para pagar el seguro. Ella, con todo su morro, me dijo que ya lo creía más que devuelto con todas las veces que había tenido que traerme carne y otras cosas del super. Yo le dije que solamente una vez se la había pedido y en otra ocasión unos tomates y que ciertamente olvidé pagarlos creyendo que sería su forma de agradecer que su hija merendase y cenase 3 días por semana en mi casa.

Ella se levantó indignada y me dijo que mi hija en su casa gastaba más en una tarde de lo que podría haber comido la suya todo ese tiempo, que yo le había pedido carne de ternera en un momento muy difícil económicamente para ella y lo había tomado como el pago de la deuda, que no me daría ni un duro y que además no quería que volviese a mirarla a la cara.
Esa exageración de reacción jamás la entendí, pues mi actitud en todo momento era intentar tranquilizarla y que razonase conmigo.
Ahora que tenía dinero ya no necesitaba una vecina humilde y generosa, solamente se relacionaba con otras chicas jóvenes vestidas de marca que tomaban cócteles en el bar de abajo y me miraban por encima del hombro al pasar.
Es una pena comprobar, nuevamente, cómo el ser humano puede ser así de ruin, desagradecido y cómo puede perder la memoria tan rápido. No le deseo ningún mal por el cariño que le tengo a su hija, pero si algún día debe volver a trabajar y sus nuevas amigas adineradas se niegan a cuidar de su hija, conmigo que no cuente.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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