Desde que aprendí qué eran los eufemismos en la clase de Lengua del instituto, no he dejado de oírlos allá donde voy. Hace tiempo trabajé de administrativa en una ITV, pero lo que se ocultaba tras ese título tan digno era: cajera. Sí, señores, fui cajera en una ITV de esas que dan para diez posts y un spin-off.

Y vivimos rodeadas de “conflictos bélicos” (que vienen siendo guerras y matanzas), de “prescindir de uno” (que es mandarte a tomar por culo con finiquito), y la “falta de liquidez” que no es más que tener la cuenta sin un puto duro. Vamos, disfemismos. Suenan fatal, pero oye, tienen carácter.

El caso es que estas divagaciones lingüísticas a veces me llevan a terrenos pantanosos. Porque Tinder, amigas, es un festival del eufemismo, de la mentira poética, del poema cutre y de la ortografía de guerra. Hay conversaciones que merecerían premio literario y otras que deberían retirar el título de ESO al remitente.

Pues ahí estaba yo, en uno de esos fines de semana con “ganas de mambo” —eufemismo de cachonda como una mona en celo— y decidí abrir la aplicación. Me escribió Iván. Directo al grano, lo cual agradecí porque estaba para pocas metáforas y mucho meneo.

“¡Me encantan tus curvas!”, me pone.
Ya empezamos: eufemismo. Sí, estoy gorda. Y maravillosa. Pero como solo quería follar, no debatir semántica, le dije que cuando quisiera podía comprobarlas.

“Uhm… Seguro que están tan ricas como un solomillito.”

Os diré algo: odio a los hombres que hablan en diminutivos. Ned Flanders no es para mí. Pero yo estaba en mood me da igual, dale.

Total, seguimos y suelta:
“Es que me ponen mucho las gorditas, pero no las gordas. Tú eres gordita, ¿verdad?”

Sumamos: eufemismo + diminutivo + estupidez.

“¿Me explicas la diferencia entre gordita y gorda?”, le pregunté.
Me respondió con un “Jajaja”.
Traducción: no tengo ni puta idea pero suena más mono lo de gordita.

Yo, intentando reconducir aquello al terreno vertical, le dije que podía venirse a comprobarlo a casa.

Y va el lumbreras y me suelta:
“Es que no soy de sorpresas. ¿Qué talla usas?”

Ahí ya la libido se me cayó al suelo y el cabreo me subió a la azotea.

“Mira, es que no me gusta encasillarme”, le contesté. “Cada marca tiene sus tallas y yo, con todas, soy una diosa.”
(Y él un gilipollas).

Insiste:
“Anda, guapa, dime la talla, para saber si eres gordita o gorda.”

¿Se puede ser más corto? Retórica pura.

“Pues mira”, le digo, “no entiendo cuál es la línea que separa a una gordita de una gorda. No sé si va por kilos, centímetros o tu coeficiente intelectual. Y, la verdad, no me importa una mierda. Soy gorda. Porque ser gordita me parece una soberana gilipollez. Se es o no se es.”

Toma ya.

Y él:
“Hombre, no te pongas así, guapa. Venga, me paso y lo compruebo.”
El tono condescendiente del idiota.

Respuesta: bloqueo y a otra cosa, mariposa.

Si hay algo que me cabrea nivel “me hierven las orejas” es que la gente no llame a las cosas por su nombre. No pasa nada por ser gorda, delgada, alta, baja, negra, blanca, empática o directamente gilipollas.

Mi único problema real, a día de hoy, es que todavía no entiendo la diferencia entre gorda y gordita. Pero estoy casi segura de que la línea la marca la inseguridad del que habla.