Hace unas semanas di con un vergonzoso alijo de cartas de mi época del instituto en antigua habitación. A pesar de la vergüenza ajena que me produjo leer las cartas de mis amigas, no sé si fruto de la nostalgia o de la rave de hormonas que tenía montada gracias al maravilloso síndrome premenstrual, me sobrevino una sensación de nostalgia muy heavy evocar aquella etapa de mi vida tan genial como bochornosa. Y una, que ya está más cerca de los cuarenta que de los veinte, se terminó rindiendo ante el maremágnum de recuerdos quinceañeros. Cuando me quise dar cuenta ya le había enviado un mensaje a Noelia, mi mejor amiga del insti, para ponernos al día delante de un par de cervezas. Hacía años que no sabíamos casi nada la una de la otra, pero guardaba tan buen recuerdo de su amistad que nunca pensé que nuestro reencuentro resultase tan…. decepcionante.
Cuando Noelia apareció flipé. Si no hubiese estado sentada creo que me habría caído de culo. No sé qué me impresionó más (a mí al y resto de parroquianos), si sus dos nuevas y colosales tetas o que entrase al bar desgañitándose como una fan histérica de Justin Bieber al grito de «¡¡¡¡TÍAAAAAAA!!!!» mientras daba saltitos y empujones a la gente. ¿Hola? ¿Quién era esa choni y por qué le parecía una buena idea estrujar sus enormes melones contra mi cara? ¿Qué había sido de aquella chica sencilla y retraída que se pasaba las tardes leyendo cómics en mi casa? Superado el shock inicial, conseguí recomponerme poco a poco. Al fin y al cabo, yo también había cambiado con el paso del tiempo, ¿no?
Juro que lo intenté con todas mis fuerzas pero aquello sólo fue de mal en peor. La nueva Noelia hablaba por los codos, recordando las anécdotas más humillantes a un volumen tan alto que todo el mundo nos miraba entre molesto y pasmado. ¿Te acuerdas de la vez que te caíste corriendo y se te vieron las bragas y cuando el tío que te gustaba se acercó a hablar contigo se te cayó el chicle de la boca? ¿Y cuando te tomaste un laxante en vez de un ansiolítico y suspendiste el examen porque tuviste que salir mil veces en mitad de la clase porque te cagabas? Ella, lejos de bajar la voz, hacía temblar las paredes con su risa estridente a mitad de camino entre el Joker y Loreto Valverde mientras yo me escondía detrás de mi jarra de cerveza deseando que la tierra me tragase.
A esas alturas de la noche, Noelia ya llevaba un castaña de cuidado y yo no veía la hora de irme a mi casa y olvidar todo aquello. Después de dos horas monopolizando la conversación sobre lo maravillosa que era su vida y lo aburrida y monótona que era la mía con mi pareja, decidí que necesitaba un descanso de todo aquello y me levanté para ir al baño. En un alarde de sofisticación por su parte, Noelia me agarró del brazo y me dijo: «Para tu novio». Levantó la pierna y se tiró un pedo tan estruendoso que por poco rompe la barrera del sonido. Genial, ahora mi amiga era Torrente.
Al volver me encontré con Noelia y otros dos chicos que se habían unido a nuestra mesa y la conversación, como no podía ser de otra forma, giraba en torno a ella y sus pechos operados. Ellos decían que preferían las de verdad porque el tacto era más blandito y suave. Y de repente, cuando pensaba que la cosa no podía ser más incómoda, mi amiga del instituto agarraba la mano de un completo desconocido y se la ponía en la teta al grito de «¡toca, toca! ¡sin miedo!». El pobre muchacho no sabía donde meterse mientras ella (Noelia, no la teta), le animaba a palpar la otra. A los dos segundos quitó la mano como si se hubiese quemado, se rio nerviosamente y se fue.
Por supuesto, Noelia quería seguir la fiesta en otro sitio, pero me excusé diciendo que madrugaba y conseguí salir, por fin, de aquella pesadilla no sin antes prometer que volveríamos a vernos pronto. Spoiler: no hemos vuelto a vernos nunca más y yo, por mi parte, para evitar nuevos amagos de nostalgia millenial he escondido las cartas de mi adolescencia bien al fondo del baúl de los recuerdos. ¡Qué razón tenía Karina cuando cantaba aquello de «cualquier tiempo pasado nos parece mejor»!
Mar Martín
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