Cuando me casé pensaba que sería para toda la vida. Cuando nació mi primer hijo, comenzaron los problemas, las rencillas, los reproches… pero es que fue nacer mi segundo hijo y todo se fue al garete.

Al final nos separamos. Y aunque ya ha pasado un tiempo, todavía cargo con un dolor que no me deja respirar. No es que eche de menos a mi ex como pareja, eso ya está más que superado.

Lo que no logro superar es la sensación de fracaso. No haber podido darles a mis hijos esa familia feliz y perfecta, con mamá y papá juntos. Eso es lo que realmente me mata por dentro.

La maternidad viene cargada de culpas, eso ya lo sabemos todas, pero esta es de las más pesadas que he tenido que soportar. Me atormenta pensar que mis hijos nunca tendrán recuerdos de vacaciones con sus padres juntos, de Navidades con todos en la misma mesa, de domingos de sofá y peli con mamá y papá abrazados. En su álbum de infancia faltará esa imagen idílica de familia unida que yo misma siempre soñé darles.

Y sí, lo sé: mejor dos casas tranquilas que una llena de gritos o silencios tensos. Me lo repiten mis amigas, mi madre, incluso mi psicóloga. Y lo entiendo con la cabeza. Pero el corazón no atiende a razones: me siento culpable de haber roto algo que debería haber cuidado.

A veces creo que lo nuestro se habría podido solucionar si los dos hubiéramos puesto más de nuestra parte. Que en todas las parejas hay problemas y saben seguir adelante. Pero que nosotros no luchamos lo suficiente. Que tiramos la toalla demasiado rápido.

Veo a muchas parejas felices, con un hijo o con dos, y siento envidia. Pienso que ellos fueron capaces de solventar los problemas y nosotros no.

Nos hemos querido mucho. Eso es cierto. Pero cuando nació mi hija surgieron muchos roces. Yo le daba el pecho y eso me genero mucho estrés. Pensaba que yo lo hacía todo, que me pasaba la noche en vela mientras él dormía a pierna suelta. Creo que yo me sobrecargué de trabajo porque a él la paternidad le vino un poco grande.

Él quería seguir con su vida de siempre: salir de cañas con sus colegas un domingo por la mañana, viajar, hacer planes con amigos. Creo que no era consciente de que un bebé lo cambia todo.

Pasamos una muy mala racha mientras la nena era pequeñita. Cuando cumplió los tres años, empezó el cole y vimos que era ya más independiente, volvimos a ser un poco los de antes. Menos peleas, nos hacíamos caricias otra vez y parecía que sólo había sido un bache.

Entonces, se nos ocurrió la brillante idea de ir a por el segundo, y ahí fue cuando nuestro matrimonio se fue a la mierda del todo. Ya desde el embarazo, notaba a mi pareja distante, intentaba escaquearse de sus responsabilidades y yo sentía que no me prestaba atención ni a mí ni a la niña.

Cuando nació mi pequeño, todo fue en picado. El trabajo se nos multiplicó por mil, porque dos niños no es el doble de trabajo, es mucho más. Mi hijo tenía una semana de vida y su padre y yo ya estábamos a la gresca. Discutíamos constantemente, nos echábamos cosas en cara, creo que llegue hasta a odiarle.

Al final, decidimos que lo mejor era separarnos. No podíamos continuar viviendo así, por nuestro bien y por el bien de los niños.

Un par de años después, firmamos el divorcio y ya fue del todo oficial. Ese día lo recuerdo como uno de los más tristes de mi vida. Me sentía fracasada como madre, por no haber podido darles a mis hijos una familia feliz, y como mujer por ni haber podido conservar al que pensé que era el amor de mi vida.

Cuando una se separa, la gente suele consolarte con frases hechas: “Ya verás que es lo mejor”, “Así estarán más tranquilos”, “Tus hijos lo entenderán”. Y aunque puede que todo eso sea cierto, lo que nadie te dice es que la culpa se convierte en tu compañera de viaje. Una culpa que no se va, aunque la razón te diga que hiciste lo correcto.

Lo peor es cuando me sorprendo pensando si mis hijos me reprocharán esto cuando sean mayores. Si, en algún momento, me dirán: “Mamá, ¿por qué te separaste de papá? ¿Por qué no luchaste más?”. Esa posibilidad me desgarra.

Pero aquí estoy, contando mi historia a ver si con eso me libero un poquito de esa culpa. Y, quien sabe, puede que mi experiencia le sirva a alguien que ahora mismo está como yo, para ver que no está sola. Que somos muchas las que vivimos con el duelo por una vida que nunca tendremos y por una familia feliz que solo existió en tu cabeza.

 

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