¿Qué es la vida sino un cúmulo de elecciones? A veces acertamos, a veces erramos, pero siempre aprendemos. Aunque hay elecciones de las que ya no vas a poder huir, por mucho que quieras.

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Yo elegí ser madre, yo elegí dejar de trabajar para cuidar de mis hijos, yo elegí comprarme un piso en una ciudad alejada de mis padres. Y ahora estoy pagando las consecuencias de algunas de esas elecciones que hice libremente.

Nadie me obligó a tener hijos, fue una decisión tomada en conjunto con mi pareja. Mis hijos fueros buscados y muy deseados. Pero ahora, hay días en los que me siento totalmente desborda. Días en los que me pregunto qué hubiera sido de mí si no hubiera sido madre, si sería más feliz, o quizás sentiría que me falta algo. El caso es que muchas veces me siento totalmente superada por la maternidad. Supongo que es una sensación natural, y que a muchas madres les pasará, pero no puedo evitar sentirme culpable.

Nadie me obligó a dejar de trabajar. Cuando nació mi segundo hijo decidí dejar mi trabajo porque no me compensaba trabajar y tener que pagar a alguien que se hiciera cargo de mis hijos. Tengo que confesar que no me gustaba mi trabajo, era un simple medio para poder pagar facturas. Pero mi marido y yo echamos cuentas y vimos que si nos ajustábamos un poco más el cinturón, yo podría dejar de trabajar y dedicarme enteramente a mis hijos y a mi casa.

¿Y qué pasó? Pues que ahora hay días en los que me siento una fracasada. Parece que lo único que hago es poner lavadoras, limpiar mocos y cocinar.

Y repetir. Y volver a empezar. Y acostarme agotada sin saber muy bien qué he hecho durante el día, más allá de sobrevivir.

 

Hay jornadas que se me escurren entre meriendas, rabietas, “mamá mírame”, peleas por el mando de la tele y el eterno “¿qué hay de cenar?”. Días en los que miro el reloj a las doce de la mañana y ya estoy deseando que sean las nueve de la noche para que se duerman. Y cuando por fin se duermen, en lugar de sentir plenitud, siento un vacío. Como si todo mi esfuerzo no hubiera dejado huella. Como si me estuviera perdiendo en el día a día, y no hay nada más duro que ser consciente de que te estás perdiendo a ti misma.

Nadie me obligó a mudarme lejos de mis padres y de mi familia. Fueron las circunstancias del momento. Los precios de los pisos subieron y era imposible quedarme a vivir en el mismo barrio que mis padres. Así que mi pareja y yo decidimos comprarnos una casa en un pueblecito a las afueras. Por el mismo precio que costaba en mi antiguo barrio un piso viejo, sin ascensor y a reformar, nosotros nos compramos una casa, con su jardín donde pudieran jugar nuestros futuros hijos.

El problema vino cuando nacieron esos hijos y nos dimos cuenta de que estábamos solos. Sin nadie cerca para echarnos una mano, para recoger a nuestros hijos del cole, o para quedarse con el pequeño unas horas mientras el mayor disfruta de sus actividades extraescolares. La vida con hijos se complica cuando no tienes una red de apoyo.

Y este fue el motivo que me llevó a dejar de trabajar. Mis padres y mis suegros vivían a cuarenta minutos en coche, así que pedirles que me ayudaran con mis hijos no era una opción. La única solución que encontramos fue que uno de los dos debía renunciar a su trabajo. Y, como pasa en la mayoría de los caso, renuncié yo, la madre.

A veces, una decisión te lleva a tener que tomar otra. Decisiones que vas encadenando y que cómo resultado dan la vida que tienes ahora mismo. 

Hay días en los que daría lo que fuera por bajar a casa de mis padres a tomar un café mientras los niños juegan con sus abuelos. Elegí estar lejos porque queríamos una casa más grande. Y ahora, cuando uno se pone enfermo, el otro tiene festival en el cole y mi marido no puede faltar al trabajo, me parece que hemos pagado un precio demasiado alto por vivir tan lejos de mi familia.

Es entonces cuando vuelve la culpa. Porque cuando te sientes atrapada en algo que otros te impusieron, puedes señalar con el dedo al culpable de tu desdicha. Pero cuando la arquitecta de tu propia jaula eres tú, ¿a quién culpas? ¿A tu versión de hace diez años que tomó malas decisiones? ¿A esa mujer que prefirió comprarse un chalé a tomar por saco de todo, antes que un cuarto sin ascensor al lado de su familia? ¿O a la que renunció a un trabajo que odiaba para ocuparse de sus hijos y ahora desearía estar cogiendo el metro cada mañana para ir a trabajar?

No soy una víctima, soy el fruto de mis elecciones. Y con todo esto no quiero decir que me arrepienta o que no sea feliz con mi vida actual. Adoro a mis hijos, amo a mi marido y me encanta mi casa.

Lo más paradójico es que, si mañana pudiera cambiarlo todo, probablemente no lo haría.

Y aun así, tengo derecho a estar mal. Tengo derecho a sentirme agobiada, cansada, superada, aunque esta sea la vida que yo misma elegí. Elegir algo no significa disfrutarlo cada segundo. Parece que soy una desagradecida por sentirme así, pero lo que soy es humana.