Tengo una amiga que es especial para mí. Ella es una mujer con muchas curvas y eso nunca la ha acomplejado, de lo cual me alegré siempre. La ropa que utiliza suele ser bastante ceñida, le gusta notar que la ropa se le pega al cuerpo y le hace sentirse más esbelta. Yo lo respeto totalmente y me encanta la seguridad en sí misma que demuestra ante el mundo. Pero ella tiene una amiga que, cada vez que no está delante, se recrea en comentarios delante de quien sea sobre lo poco consciente que es del cuerpo que tiene, de lo mal que se saca partido y todas esas frases totalmente fuera de lugar.
Mi amiga es una persona buena, amable y siempre dispuesta, da igual a qué, ella está dispuesta; ya se a ayudar a una amiga en una mudanza o a salir una noche de fiesta al karaoke, ella siempre es un “si” garantizado. A mí me encanta pasar tiempo con ella y disfrutar de la positividad que lleva dentro, que ojalá la tuvieran más personas.
A veces me pregunta si algo le sienta bien o no, y yo no sé qué decir porque no valoro en absoluto la moda, no doy a precio a esas cosas; yo la veo bien cuando está cómoda y feliz, pero a la vez sé que, si enseña el ombligo, si lleva mallas y se le marcan las nalgas o si lleva un escote muy pronunciado, su amiga (que para más inri es su vecina) la va a poner a caer de un burro; y no sé cómo evitarlo. No quiero decirle que no use algún modelito por lo que piense otra persona, y menos si pide mi opinión, porque me parece que tiene un estilo personal muy chulo y jamás le diría que lo cambie.

El caso es que ya son varias veces que su vecina, estando en grupo con más gente, aprovecha que ella va al baño para reírse de ella. Yo siempre intervengo y le digo que las cosas que dice son de mal gusto, que con amigas como ella no se necesitan enemigas y que me parece una falta enorme de respeto y de lealtad reírse así de una amiga, pero ella siempre encuentra la manera ingeniosa de dejarme mal, de incluirme a mi en su chanza o de ridiculizar mis objeciones. Cuando mi amiga vuelve, muchas veces, ella todavía se está riendo y pone un gesto extraño, como de intentar entender qué pasa.
Un día pasó lo que era obvio que iba a pasar, mi amiga me preguntó de qué se reía siempre su vecina, por qué siempre la encontraba riendo y a mi tan seria. Yo, la verdad es que quiero que se aleje de ella, pero no quiero que se sienta mal ni que sea consciente de la opinión de esta tía, sobre todo porque los demás de la mesa suelen seguirle el juego y creo que ahí si podría empezar a acomplejarse. Así que le dije que, cuando ella no estaba, yo solía distraerme con otras cosas, mirando el móvil o hablando con los demás de la mesa y no prestaba atención a lo que esa chica decía porque me caía bastante pesada. Ella sabía que yo iba a la cafetería de al lado de su casa con esa pandilla por ella, que no tenía casi nada en común con el resto y que su vecina, en concreto, me parecía una petarda. No sería de extrañar que yo la intentase ignorar si podía evitarlo.

Pero hace poco, mi amiga se levantó a pedirse algo más de comer y su vecina aprovechó para comentar que no le hacía falta seguir cebándose, que aquel top ya no daría más de sí y tendríamos que resguardarnos de la explosión que se avecinaba. No pude soportarlo más y me levanté, le dije que estaba harta de escucharla siempre rajar del cuerpo de mi amiga, que era una gordófoba, una impresentable y una envidiosa que estaba tan llena de complejos que no soportaba ver que alguien estaba feliz con su cuerpo. Ella estaba muy seria esta vez, y es que detrás de mí, estaba mi amiga con cara de asombro y decepción, con su donut en la mano. Se giró, pagó la cuenta y se fue. Yo salí detrás de ella para apoyarla y consolarla, pero cual fue mi sorpresa que con quien estaba enfadada era conmigo.

Ella decía que sabía de sobra que su vecina era una idiota, pero que a veces era divertida y para pasar el rato la entretenía, pero que jamás esperaría que yo le mintiese. Le dio igual la cantidad de veces que yo la defendí, todas las ocasiones en que saqué la cara por ella, para ella lo único importante era que no le había dicho todo lo que aquella imbécil decía sobre ella.
Yo nunca quise dañarla, no quería decirle la verdad por miedo a que algo de ese mensaje de mierda calase en ella, pero ella solo puede ver la mentira. Aunque reconoce que yo la avisaba de que era mala persona y que la trataba mal, dice que debería haberle contado lo que sabía. Quizá tenga razón. Seguramente sí. Pero mi intención era simplemente protegerla de tanta basura que es chica soltaba por su boca y que no le hiciese daño.
Ahora hace ya dos semanas que no me habla. Espero, sinceramente, que se de cuenta de que mi mentira fue piadosa, que yo siempre la defendí y que nunca quise hacerle daño. Mientras tanto seguiré esperando, enviando algún mensaje de vez en cuando para que vea que sigo aquí, dispuesta, como estuvo ella siempre.
Relato escrito por Luna Purple basado en una historia real