“Sembrar es durísimo, pero te da libertad”.

El abuelo Feliciano trabajó como agricultor y ganadero toda su vida. Repetía esa frase muchas veces, tantas que empecé a cogerle manía. Porque yo, que también lo ayudé cuando era pequeña, no entendía que detrás del cansancio que sentía después de un día plantando o recogiendo patatas pudiera haber libertad.

Salíamos muy temprano con el carro y los dos burros, rollo película de cine de barrio, y volvíamos cuando caía el sol, con polvo hasta las cejas y un dolor de espalda que me duraba varios días. A mí eso me parecía esclavitud. Depender del tiempo, porque cuidado que una helada no lo destrozase todo, o de la calidad de la tierra, era demasiado arriesgado.

De hecho, ni entendía cómo una parte importante del sustento de mi familia había sido eso durante tanto tiempo. Desde que tengo memoria, probablemente desde los 5 años o así, recuerdo criar dos o tres cerdos, hacer la matanza para tener carne durante el año, una vaca para la leche, tres o cuatro gallinas, plantar legumbres, verduras y hortalizas en medianas cantidades. Casi todo para autoconsumo y un poco de excedente para vender a conocidos y vecinos.

Pensaba: ¿tanto esfuerzo para tan poco? ¿Dónde está esa libertad si mi abuelo no descansa ni un solo día? Me costó entenderlo bastantes años, pero creo que fue después de la universidad, en mi estrepitoso salto al mercado laboral, cuando empecé a encontrarle sentido.

Tras estudiar periodismo, hacer varios posgrados y empezar las prácticas, poco o nada remuneradas, me gané la vida haciendo otros trabajos para los que no tendría que haber invertido tanto en estudiar. Encadené contratos temporales, salté de empresa a empresa, trabajé en una agencia de marketing que quebró, hasta que, agotada como cuando plantábamos garbanzos, el yayo jubilado me dijo: “por lo menos yo no tuve jefes”.

Ese mensaje resonó en mi cabeza desde ese día hasta hoy, que soy freelance. Porque sí, vivir de tu propio trabajo es una inseguridad constante. Dependes de la cosecha, o de los clientes, o de lo que te queda tras pagar impuestos, o de no ponerte enfermo… Pero hay una cosa cierta: cada esfuerzo que siembras te ayuda a recoger tu propia cosecha.

Mi abuelo murió hace 10 años. Lo recordaré siempre. Desde que soy autónoma, incluso más. Labrar el campo, aunque yo en ese momento no fuera consciente, me enseñó valores que me han marcado como persona y profesional. Ser ahorradora, prudente, constante, paciente y luchadora se lo debo a lo que aprendí a su lado y a la tierra que todavía conservamos, aunque ya en barbecho.

En su día puede que no entendiera que el campo pudiera ser un modo de vida y, sin embargo, hoy me siento orgullosa de haber cultivado con tanto esfuerzo unos pilares que, pase lo que pase, me sostendrán siempre. Porque mi abuelo también decía: “nadie quiere trabajarlo, pero todos lo necesitan”, y me enseñó el gran valor de la agricultura y la ganadería, no siempre justamente apreciadas por nuestra sociedad.

Así que, cuando dudo de mí y parece que me voy a diluir en un mercado laboral cambiante en el que somos sustituibles, yo quiero pensar que también soy o seré imprescindible por el valor que puedo aportar. Porque quien sabe plantar, abonar y regar, aceptando que no todas las cosechas sean buenas, también puede obtener un día, espero, los mejores frutos.