Hoy, os vengo a compartir la historia de una amiga a la que conozco desde que teníamos 14 años a la que llamaremos Lola.
Lola, era una chica muy extrovertida, bromista y divertida y, cuando tenía 16 añitos, conoció al que, creía, que era el gran amor de su vida, al que llamaremos Ramón.
Lola y Ramón empezaron a salir y, desde entonces, habían sido inseparables, una de esas parejas que, aparentemente, ves desde fuera y piensas “¡Oh! ¡Qué bonito! Ojalá encontrar yo un amor como el suyo” pero luego no te puedes imaginar la realidad que hay tras las puertas de su casa.
Se fueron a vivir juntos, compraron una casa, hicieron una gran reforma, adoptaron 2 perritos y al cabo de 10 años se casaron.
Lola, se entregó en cuerpo y alma a aquella relación, vivía por y para Ramón, siempre preocupada de sus necesidades, de ser la perfecta ama de casa, de que él tuviera todo lo que necesitaba, de si notaba que estaba cansado ir a comprarle suplementos y vitaminas, de hacerle sus comidas favoritas, etc.
Tanto es así que yo incluso creo que, en algún momento, ella se perdió por el camino y ya era un espejismo de lo que un día fue.
Cuando se prometieron, no os puedo explicar con palabras lo ilusionada que estaba con aquella boda ni los esfuerzos tan grandes que hicieron por ahorrar dinero suficiente para poder pagar la boda de sus sueños.
Llegó el gran día y, Lola, estaba viviendo un sueño, tuvo su gran boda de princesa en un lugar precioso, un día de verano, llevando un traje maravilloso y con una gran fiesta rodeada de todos sus seres queridos.
Superaron el primer año de casados con algún que otro bache, pero nada alarmante.
Hasta que, de un día para el otro, cuando acababa de cumplirse un año de su ansiada boda, su marido le dijo que lo sentía mucho pero que ya no estaba enamorado y se quería separar, recogió sus cosas y se fue de su casa.
Así, de golpe, sin anestesia ni nada.
Lola, se quedó petrificada porque no lo había visto venir ni por asomo.
Ella estaba totalmente enamorada, incluso, con la ilusión de querer quedarse embarazada. Os podéis imaginar lo destrozada que se quedó y lo traumático que fue asimilar lo que le había sucedido de un día al otro.
Yo, estuve a su lado durante todo el proceso, incluso, la acompañé al juzgado el día que fue a firmar el divorcio para darle ánimo y apoyo y que supiera que no estaba sola.
Después de eso, fueron pasando los meses y, ella, con mucho dolor y resignación, fue transitando por las distintas etapas que uno suele atravesar en estos casos: la negación, el duelo, la rabia, la depresión, la tristeza.
En medio de esa travesía, su autoestima había quedado en el subsuelo ya que, además, para poner la guinda al pastel, al poco tiempo de que su marido se fuera de casa, descubrió, que ya tenía otra chica y no sabía con certeza desde cuándo, así que, la sombra de la posible infidelidad anidó en su cabeza.
Todo aquello hizo que mi amiga se desatara y tratara de reafirmar su maltrecha autoestima conociendo diferentes chicos, saliendo con ellos y teniendo sexo esporádico.
Aquello no la llenaba, pero aliviaba temporalmente el dolor y el vacío que sentía. Era como una anestesia para sobrellevar el dolor.
Yo, entendí que cada uno pasa su duelo como buenamente puede y que no hay que juzgar ni presionar, cada persona es diferente y tiene sus mecanismos así que lo único que hacía era escucharla y acompañarla, aunque sentía que, en el fondo, aquello no iba por buen camino.
Pasaron los meses, los años y el desenfreno duró un buen tiempo.
Por mi casa desfilaron muchos chicos de los que ya no recuerdo ni el nombre porque, como Lola y yo éramos mejores amigas, pasábamos casi todo el tiempo juntas la una en casa de la otra y, a mí, me gustaba ir echándole un ojo a los chicos con los que salía por si detectaba algún gilipollas intentar quitárselo de encima.
Por ejemplo, os puedo contar que, una vez, trajo a un cuarentón motorista, que la llevaba a hacer salidas en moto y a comer por ahí pero luego la presionaba para ir a hoteles a acostarse con él y a cumplirle sus fantasías más tórridas y, si ella se negaba, la hacía sentir como una furcia.
Otro día, trajo a un machirulo rancio y cochambroso que, encima de ser desagradable era un tacaño y cuando la invitaba a cenar a su casa le hacía pagar a medias la compra de lo que fueran a comer.
Luego se trajo a un brasileño con el que tenían un sexo salvaje y desaforado y a ella le encantaba por su acento. Ese fue un tipo divertido.
También recuerdo que conoció a un chico chateando que era de otra ciudad y se vino a pasar el fin de año con nosotros y era la mar de majo. Yo, cuando lo conocí, estaba convencida de que era gay y aquello iba a quedar en una amistad, pero resultó que luego se fueron a su hotel y allí ardió Troya. La pena es que el chico era de muy lejos así que la cosa no fue más allá.
Y el último que recuerdo, fue un argentino que era arrogancia en estado puro, estaba todo el día cabreado y malhumorado y encima se vestía como Luis Aragonés.
Vamos, un buen ramillete de lo más variado de personajes.
Y así, pasó el tiempo, hasta que llegó un momento en que, Lola, se cansó de la búsqueda y decidió que se iba a dar un respiro porque estaba emocionalmente agotada.
Fue un proceso largo, tedioso y difícil, pero, a día de hoy, Lola ha recuperado su brillo y su autoestima y ha decidido seguir su camino sola y dedicar más tiempo y atención a su relación más importante, la que tiene con ella misma.
Lo que yo aprendí de esta experiencia es que, a veces, las apariencias engañan y nos formamos ideas preconcebidas sobre lo que es el amor, lo que representa una pareja perfecta, vemos una felicidad aparente en otros, pero, nunca, conocemos la realidad y, eso, hace que persigamos inconscientemente objetivos equivocados.
Nunca olvides que, la relación más importante es la que tienes contigo misma y, para querer a alguien primero, debes quererte a ti misma.
Happy Gal

