Antes de que nadie me critique, diciendo qué mala amiga debo ser, tengo que aclarar algo: esta chica y yo no éramos amigas íntimas, sino más bien compañeras de un mismo grupo. Nos llevábamos bien, pero no mucho más. Así que, cuando me hartó y dejó de hablarme, no sentí que perdiera gran cosa. La llamaremos Cris para esta historia.

Empezó a salir con mi grupo de amigas gracias a su prima Cintia, una amiga de toda la vida. Cris había vuelto a España tras vivir un tiempo en el extranjero y, según ella, no tenía amigos aquí. Personalmente, creo que nadie la soportaba. Al principio, Cris parecía muy simpática y alegre, pero pronto descubrías a la típica persona que no para de lanzar mensajes del estilo «el pobre es pobre porque quiere», disfrazados de positivismo barato.

Esto no encajaba bien en un grupo de chicas precarias, algunas de las cuales habían tenido que dejar los estudios para trabajar o hacían malabares con varios empleos para llegar a fin de mes.

Cris era de esas personas a las que les encanta escucharse. Quedar con ella significaba escuchar durante horas sus anécdotas y viajes por el mundo. A mí me parece genial que hayas pasado un mes inolvidable viajando por Italia, pero si a mí solo me ha dado para una semana en Asturias, no es cuestión de menospreciar. Según ella, no viajábamos más porque nos daba miedo salir de nuestra zona de confort, no porque gastáramos la mitad de nuestro sueldo en el alquiler y la otra mitad en comer.

Cris había estudiado un doble grado impresionante en una universidad prestigiosa y trabajaba en el extranjero, gracias a que su abuelo había sido un importante diplomático y su madre lo había sido después de él. Su padre descendía de una familia rica de Europa del Este dedicada a las ciencias y la medicina. No digo que no se esforzara en sus estudios, pero claramente lo tuvo más fácil que nosotras, que en el mejor de los casos nos matriculábamos de las asignaturas que podíamos pagar con nuestros trabajos precarios.

Lo que peor me sentaba era cómo trataba a la pobre Cintia. Mi amiga era hija de la única oveja negra de su familia. Su madre, una abogada exitosa, había cometido el «error» de enamorarse de un camarero y casarse con él. Aunque el padre de Cintia había montado su propio restaurante y le iba bien, la familia nunca perdonó a la madre de Cintia esa «bajada de categoría». A pesar de ello, Cintia y Cris se llevaban bien, pero Cris la trataba como si fuera inferior.

En general, se comportaba con todo el grupo como si tuviéramos que agradecer que se juntara con nosotras, cuando en realidad éramos nosotras quienes le hacíamos el favor de aceptarla, y no por ella, sino por su prima.

Todo explotó unos días después de que falleciera mi abuela, una de las personas más importantes de mi vida. Ni eso fue capaz de respetar Cris. Había quedado con mis amigas y, aunque no tenía muchas ganas de salir, me insistieron en tomar un café y desahogarme.

Mi abuela murió en diciembre y tenía alzhéimer. Ver cómo se iba apagando como una vela, cómo sus recuerdos se borraban, fue y será siempre una de las experiencias más dolorosas de mi vida. Estaba especialmente sensible. Cuando quedé con mis amigas, lo único que quería era llorar y recordarla.

Algunas de ellas habían conocido a mi abuela y estaban tratando de hacerme reír, recordando lo bonitos que eran sus ojos, lo dulce que era y lo bien que cantaba. Entonces, Cris interrumpió: «Pues mi abuela recorrió España en moto». Todas nos quedamos en silencio, algunas la miraron con incredulidad, otras con enfado. No podíamos creer que fuera a contarnos esa historia otra vez, y menos en un día como aquel. «Mi abuelo era diplomático británico y estaba destinado en España. Mi abuela, muy aventurera, se compró una moto… y en ese viaje fue como conoció a mi abuelo, que se había venido aquí de pequeño… y bueno, de mi abuela saqué yo el espíritu aventurero», continuó Cris con una sonrisa de oreja a oreja, satisfecha de no sé qué, ¿quizás de que su abuela molara más que la mía?

En ese momento, sonreí: «Cris, querida, me alegro muchísimo, pero mi abuela se dejó el espíritu aventurero poniéndose delante de su padre para que no matara a su madre de una paliza. Mientras tu abuela recorría el país en moto, la mía trabajaba el campo y se las ingeniaba para abrir la despensa de sus padres y alimentar a sus hermanos. De tu abuela habrás sacado el espíritu aventurero, pero también un buen colchón económico y contactos por medio mundo. Mientras que yo de la mía he sacado el aplomo para mandarte a tomar por culo con todo el cariño del mundo». Dije todo esto con una sonrisa en los labios, en un tono de voz dulce y condescendiente y sin dejar de mirarla a los ojos.

Mis amigas se quedaron sorprendidas porque mi estilo es bastante explosivo. A Cris se le heló la sonrisa en los labios, trató de balbucear algo y acto seguido se levantó y se marchó. Durante unos momentos reinó el silencio, hasta que fue Cintia quien lo rompió para decirme que por unos segundos yo había sido completamente mi abuela. Entonces nos echamos a reír todas y brindamos por la señora Neme.

Tras esto, Cris me bloqueó de todas partes. Aunque intentó chantajear al resto del grupo invitándolas a una discoteca muy exclusiva o de vacaciones no sé dónde, que su familia tenía un yate, pero como no le funcionó, acabó diciendo a Cintia que no volvería a salir con nosotras, como dando a entender que no estábamos a su nivel. Cintia le dijo que le parecía estupendo y ahí quedó la cosa. Ella con su espíritu aventurero y nosotras con nuestras luchas diarias y con una red de amistad que nos sostiene en los peores momentos.

 

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