No sé si será el ir cumpliendo años, la vida que me abruma o la acumulación de decepciones a lo largo de ella, pero últimamente hay cosas que me duelen más de lo que me habrían dolido tiempo atrás. Como esta. Para algunos quizás sea una auténtica tontería, algo que no debería haberme afectado, pero lo cierto es que desde entonces siento que algo se ha roto sin vuelta atrás.

Hace doce años, Miriam y yo éramos inseparables. Nos conocimos en el trabajo y no tardamos mucho en convertirnos en amigas de café diario y confidencias. A lo largo de los años reímos y lloramos juntas, nos apoyamos la una a la otra incondicionalmente y siempre estábamos ahí cuando se nos necesitaba. Éramos la definición más sincera de dos buenas amigas. Nos casamos con un año y poco de distancia de la otra y nos quedamos embarazadas casi a la vez, lo cual nos hizo mucha ilusión porque así nuestros niños también podrían ser amigos. Nos convertimos en familia de la que se elige. Los primeros años fueron geniales, empezando a descubrir la vida a través de los ojos de nuestros niños. Fiestas infantiles, galletas, gusanitos y salidas al campo los domingos. Lo pasábamos genial.

party kids

Esto fue así hasta que los niños empezaron el colegio. Pensaba que irían juntos al mismo, como siempre habíamos dicho, pero ella decidió al final que su hija iría a un colegio concertado. Me dio mucha pena, pero no se lo reproché, no me correspondía a mí tomar parte en esa decisión. Supongo que este fue el comienzo del distanciamiento que vino después.

Con los años, como es normal, nuestras vidas se fueron llenando con otras personas. Al estar los niños en colegios distintos, ambos hicieron sus amistades y fuimos adquiriendo compromisos con los padres de estos para fomentar sus relaciones sociales. Además, Miriam cambió de empresa y dejamos de vernos en el trabajo. Consiguió un puesto mejor pagado y con mejores condiciones y me alegré muchísimo por ella. La despedida, de la cual me encargué yo, fue muy emotiva. Pero aun así, seguíamos escribiéndonos. Quedábamos menos de lo que me hubiera gustado, pero lo intentábamos. Seguíamos siendo amigas, pero más ocupadas, nos decíamos. Siempre estaríamos en los momentos importantes.

friends

Entonces, una mañana tonta de domingo mirando el Facebook, me saltaron a la cara las fotos. Su hija había hecho la comunión. Odio reconocer que se me encogió el estómago. Una imagen preciosa, la niña vestida de blanco, ella, su marido y su hijo pequeño sonreían abrazados. Idílico. No me podía creer que estuviera enterándome por Facebook, sinceramente. Pensé que igual había sido una comunión íntima, con la familia y ya está. Pero a medida que iba viendo las fotos me daba cuenta de que la única no invitada había sido yo, junto a mi familia. Me pasé la semana siguiente con una sensación extraña de tristeza, enfado y decepción. Y para colmo me sentía avergonzada por sentirme así, por dejar que me afectase de esa forma.

Al final le escribí. No iba a montar un drama, pero quería que supiera que lo sabía. Simplemente escribí: «He visto las fotos en Facebook. Qué pena no acompañaros ese día. Martita estaba preciosa». La respuesta no se hizo esperar: «Gracias, fue un día muy especial». Y nada más. No sé si esperaba que se disculpase o se sintiese apurada, que dijera que se le pasó o que fue un lío hacer la lista de invitados. Cualquier cosa. Pero no. Su silencio al respecto fue la respuesta más clara que pude recibir.

ops

Como buena pensadora compulsiva, pasé semanas repasando nuestras últimas quedadas y conversaciones. Me di cuenta de que no nos veíamos desde hacía 6 meses antes de la comunión de su hija. ¿Quizás había sido por eso? Últimamente estábamos más distanciadas de la cuenta, pero joder, las buenas amigas podían soportar eso, al menos en mi opinión. Supongo que en la suya no. ¿Quizás no había estado lo suficientemente presente?

Pero entonces recordé todas las veces que sí estuve ahí. Rupturas, deudas, problemas familiares, embarazo de riesgo, problemas de salud, ser su dama de honor, y un larguísimo etcétera. Y tuve claro que no merecía ese desprecio por su parte. Al menos, debería haber recibido una explicación de por qué me había extirpado de su círculo después de decirme siempre que para ella era una hermana.

Ha pasado casi un año desde entonces y no hemos vuelto a hablar. Supongo que aquel paso, aquella no-invitación fue toda una declaración de intenciones por su parte. Y yo, que aún estoy dolida, no he considerado que me corresponda a mí el volver a hablarle. Al menos, por ahora. No descarto volver a llamarla en algún momento, pero si algún día lo hago, será para preguntarle qué nos pasó y qué hice tan mal para que me apartase de su vida como si nada.

Escrito por Carol M., basado en un testimonio real anónimo.