Como advertencia, diré que esta es una de esas historias que no acaban bien. Nos conocíamos desde el instituto, inseparables desde los catorce años. Mi mejor amiga, Marta, siempre fue ese tipo de persona que capta la atención de todos en cuanto entra en una sala. Encantadora, guapa, ingeniosa. Como diría Montoya, brillaba con luz propia. Yo era más tímida, me costaba un poco más hacerme notar cuando estaba en grupo con otra gente, pero ella siempre estaba pendiente de mí para incluirme en las conversaciones y planes que surgieran en los distintos grupos de amigos. Y al final, con el paso de los años, la constante éramos ella y yo, porque el resto de amigos fueron apareciendo y desapareciendo de nuestra historia. Pero nosotras siempre nos quedamos la una juntos a la otra, en las buenas y en las malas.
Por eso, cuando con 28 años conocí a Víctor, ella fue la primera persona a la que le hablé de él. Esto no era nada extraño, al ser amigas desde tan jóvenes habíamos estado presentes en todas las relaciones y rupturas la una de la otra. Yo había sufrido mucho en mi anterior relación y me dijo que a este lo tenía que conocer en cuanto considerase que íbamos en serio para darle el visto bueno. Por eso, en cuanto formalizamos nuestra relación le dije a Víctor que quería que la conociese.

Todo fue de fábula. Salimos los tres a cenar, aunque yo apenas probé bocado por los nervios. Para mí era muy importante que aquella noche saliese bien. Que Marta y Víctor se llevasen bien era fundamental para sentirme cómoda en el futuro. Por eso, cuando ella empezó a acribillarle a preguntas con ese tono pícaro y esa sonrisa encantadora que haría confesar cualquier delito a un criminal, estuve atenta a cada palabra, gesto y reacción de Víctor. Y ahí estaba él, sonriente y encantador, como siempre, respondiendo con sinceridad a todo. Y esa fue la primera de muchas cenas que disfrutamos los tres juntos.
Desde el principio se llevaron de maravilla. Ella siempre fue un poco como mi hermana, y a él lo consideraba su cuñado. Por eso, cuando me pidió matrimonio, ella fue la primera a la que se lo contamos y mi dama de honor. Nos dedicó un brindis en la boda tan bonito que fue el momento más especial de toda la celebración. Tengo fotos de ella donde me abrocha los botones del vestido, arreglándome el velo, mirándonos emocionadas y cómplices… Qué irónico que ahora no sea capaz de mirar esas fotos sin sentir un nudo en el estómago.

Lo cierto es que ahora, con la distancia, me doy cuenta de que quizás me hice la ciega ante las señales. Era algo tan imposible en mi cabeza que quizás me nubló el juicio. Marta venía mucho a nuestra casa, aunque normalmente quedaba conmigo, no con él. Un día volví del trabajo y me los encontré tomando un café en el sofá. Me dijo que pasaba por allí y había pensado en venir a saludar sin acordarse de que yo trabajaba, y ya de paso se había quedado a esperarme. No le di importancia, podía pasar. Además, ellos se llevaban muy bien y era un simple café. Aunque se me hizo raro que no me avisase antes por WhatsApp, siempre lo hacíamos antes de aparecer por casa de la otra. Aparté esa duda fugaz y no volví a pensarlo.
Pero una noche el móvil de Víctor vibró en la mesa del comedor mientras le esperaba para salir al cine. Miré de soslayo y lo vi de casualidad. Se iluminó la pantalla y dejó ver el inicio de un mensaje: «A qué hora vuelve? No sé si…». Era de Marta. Recuerdo que me quedé extrañada. No sabía a qué se refería Marta ni de qué hablaban. Me quise convencer de que seguro que no era nada importante. Pero me pasé la noche dando vueltas a ese mensaje. Ni siquiera recuerdo la película que fuimos a ver, no pude concentrarme ni en el cine. No quería ser paranoica y la idea de que me ocultasen algo me parecía inconcebible. «Pero, ¿y si…? No. No puede ser, pero… ¿y si sí?». Estaba metida en un bucle mental que no acababa nunca. Me estaba volviendo loca.

Al día siguiente, en el trabajo, apenas me pude concentrar, así que decidí irme a casa antes y preguntarle a Víctor por el mensaje. Estaba sufriendo por algo que seguro que no tenía importancia y quería zanjarlo cuanto antes.
Llegué y vi aparcado el coche de Marta cerca de la puerta. Se me encogió el estómago, aunque no sabía aun por qué. Entre en casa y lo oí. Gemidos. No me habían oído entrar. Avancé como en trance hacia el salón y vi la imagen que aún hoy me aparece en pesadillas: estaban en el sofá, en ese mismo sofá que habíamos compartido en infinidad de ocasiones, cafés y cenas, follando como animales. Lo que sucedió después aún lo tengo borroso. Grité un improperio y salí corriendo de la casa. Me llamaron al móvil decenas de veces durante la tarde, pero no se lo cogí a ninguno. Necesitaba pensar y llorar a solas. Cuando volví a mi casa, horas después y ya entrada la noche, mi marido me esperaba despierto.
Con toda la serenidad de la que fui capaz, le pregunté desde cuándo. Año y medio, me dijo. Se disculpó por activa y por pasiva. Decía no saber cómo me había podido hacer algo así, pero que una vez empezó no fue capaz de terminarlo. Y que tampoco quería dejarme a mí, porque según él aún me amaba. Me reí amargamente en su cara y le contesté que él no sabía lo que era amar. Hice mi maleta y me fui a casa de mi madre. Le dije que volvería a por el resto de mis cosas otro día y que ya tendría noticias del divorcio.

Al día siguiente accedí a ver a Marta. Si la traición por parte de Víctor había sido dolorosa, la de Marta fue aún peor. Pero su frialdad es lo último que esperaba. Me dijo que lo sentía, que no había sido algo planeado, que simplemente surgió y que le quería como no había querido a nadie nunca. Que sabía que lo que había hecho estaba mal pero que nunca estuvo dispuesta a renunciar a él, que había estado esperando a que él me dejase. Que no quería que me enterase de esa forma y que lamentaba haberme hecho daño. Pero lo dijo con la serenidad y la calma de quien ha pensado mil veces las palabras que va a decir, casi de forma robótica, y eso fue como si me clavaran lentamente un puñal en el estómago.
Los saqué de mi vida. A ambos. Fue como si me amputaran brazos y piernas. Me sentía abrumadoramente sola. Y durante mucho tiempo me estuve preguntando si tuve yo la culpa. Quizás yo los acerqué demasiado, quizás me faltó algo como mujer o como amiga, quizás podría haber sido mejor como pareja. Quizás debería haber sido más como Marta y a mí me faltaba ese algo que ella sí tenía.
Pedí un traslado en el trabajo a otra ciudad y por suerte la compañía me lo concedió. Empecé a ir a terapia y mi psicólogo me hizo entender que fueron sus decisiones personales, con su falta de límites y una gran dosis de egoísmo lo que les llevó a hacer lo que hicieron. Que no fue mi culpa ni mi responsabilidad. Que yo fui la víctima y ellos los verdugos.
Han pasado dos años. Me han dicho que siguen juntos y me gustaría decir que me alegro por ellos. Pero estaría mintiendo. Quizás algún día alcance ese punto de paz interior, o quizás no. Por ahora, aun hay noches en las que se me escapa una lágrima mientras me pregunto cómo pudieron hacerme algo así.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio anónimo.