Mi amiga Teresa tuvo a su hijo mayor cuando ascendieron a su marido en la empresa. Él ahora estaría bastante menos en casa, pero cobraría mucho más y sus vidas serían mucho más relajadas.
Como sus problemas económicos se había esfumado de un plumazo, cuando se plantearon la vuelta al trabajo de Teresa tras el permiso de maternidad, se dieron cuenta de que no les merecía realmente la pena hacerlo como planearan en un principio. Teresa trabajaba a turno partido y cobraba una miseria, por lo que gastarían (entre guardería y alguien para atender al niño en casa) muy poco menos de lo que ella cobraría. Sin embargo, si ella se quedaba en casa un tiempo podría disfrutar de su hijo, él no estaría tanto tiempo con personas extrañas y más adelante, con calma, podría dar un nuevo enfoque a su carrera profesional sin aceptar lo primero que apareciese, como había hecho hasta ahora.

Todo parecía un planazo, pero estar en casa criando sin independencia económica ni turnos que tengan hora de salida no es tan idílico como parece. El niño tardó casi 4 años en dormir más de dos horas del tirón y, como su marido madrugaba y estaba fuera tantas horas, fue ella quien pasó todo ese tiempo sin apenas dormir. Y cuando llegó el día en que durmió 5 horas seguidas por primera vez, se dio cuenta de que quizá llevaba unos días de retraso con la regla.
Y de ahí nació su hija la pequeña, de ese embarazo no programado. Y vuelta a empezar con las noches sin dormir, el cansancio acumulado, el no poder decir que no a casi nada…
Todo sería una historia más de maternidad sino fuera la falta total de apoyo emocional de su marido, que le reprochaba siempre que estuviera cansada, que se enfadaba con ella cuando los niños hacían alguna gamberrada porque “los tienes mal criados”, le explicaba en tono paternalista que la crianza que ella llevaba no era la adecuada y él se limitaba a traer unas chuches los viernes antes de irse al bar para empezar el fin de semana y alguna comida con los abuelos los domingos. El resto del tiempo eran “tu hijo esto” “tu hija aquello” …

Siempre críticas por algo que él, evidentemente, haría mucho mejor, porque ella no tenía idea de cómo educar, porque no entendía cómo podía estar siempre tan agobiada si no trabajaba…
Pero su empresa empezó a no ir tan bien (al parecer alguien que había ascendido no estaba sabiendo hacer bien su trabajo, ejem, ejem) y sus primas y privilegios fueron disminuyendo hasta terminar en el cierre de la empresa. Pero Teresa había aprovechado todo este tiempo para hacer todas las formaciones (a distancia en su mayoría) que fue encontrando, así que ahora se reincorporaría después de unos cuantos años sin experiencia laboral, pero con un montón de líneas nuevas en el currículum.
No le costó encontrar un buen trabajo donde la valoraron desde el principio. Su marido, que encontró un trabajo a media jornada por las mañanas (en horario escolar) se vio de repente teniendo que hacerse cargo de la casa, las cenas, el súper y la mayor parte de la crianza (de unos niños que ya tenían unas rutinas que seguían a la perfección gracias a los esfuerzos y el empeño de su madre).
Aunque recogió el testigo con una de las partes más duras del trabajo hecho, todo le parecía demasiado. No entendía por qué tenían que ir a tantos sitios sus hijos, que si actividades, que si cumples del cole, que si el parque…

Se frustraba cada vez que llegaba una nota del cole pidiendo colaboración de las familias. A pesar de que él tenía a su mujer apoyándolo, alentándolo y colaborando tanto con la organización de la casa como con los niños, para él todo era un mundo.
Empezó culpándose por no haber estado presente en los primeros años, después empezó a exigir que se contratase a alguien para disminuir la carga de tareas del hogar (a pesar de que los ingresos no eran ni la mitad que en los años anteriores y su mujer seguía encargándose de la gran mayoría), pero luego pasó directamente a culpar a su mujer de todo (por la frustración de estar en casa y siempre ocupado, algo que jamás valoró en su mujer). Si la niña tenía un berrinche, era una malcriada por culpa de su madre, si el mayor llevaba los deberes sin hacer era porque la desatención de su madre era demasiado para él, si se le acumulaban las tareas en días que su mujer no iba a casa a comer, era porque ella los había abandonado por un puñado de billetes…
Y así fue como el marido de mi amiga descubrió cómo era ser padre. Difícil, cansado y maravilloso si lo sabes apreciar.
Por cómo veo a Teresa últimamente, creo que su matrimonio no tiene mucho futuro. Ella trabaja muchas horas y sigue sin tener derecho a descansar ni un minuto, sin embargo, todo lo que le rodea son reproches y malas caras, así que la entiendo perfectamente. Además, se enfada mucho porque dice que su marido no para de gritar a los niños por todo y no quiere que crezcan en un ambiente tan tenso.
Veremos a ver qué pasa pero, sinceramente, conociendo a ambos como los conozco, me alegraría bastante si ella decidiese mandarlo a freír espárragos.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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