La historia de mi amigo Raúl siempre me ha parecido como un guión de una película, aunque no sé si de una película de amor precisamente.

Hace veinte años que mi vida se encontró con la vida de Raúl en un programa de voluntariado para jóvenes que se buscan a sí mismos. Allí en la fila de jóvenes que pretenden cambiar el mundo y hacerlo más amable, Raúl miraba el listado de los proyectos de voluntariado para pasar el verano trabajando gratis y justo coincidimos en el mismo grupo.

Desde entonces, pese a que siempre hemos vivido bastante lejos el uno del otro, nos hemos apañado para mantener una amistad.

Raúl es un hombre estupendo, introvertido, muy deportista y con escaso éxito entre las mujeres, aunque eso nunca lo he comprendido. Cualquier mujer estaría a salvo junto a Raúl pero por una injustificado motivo que aún no he conseguido descifrar, el hombre siempre acaba relegado a la incómoda friend zone o con relaciones en dónde “alguien saca partido de él”.

Raúl no ha tenido una vida precisamente fácil. Fue criado por su madre, la cual padece una discapacidad desde que él nació. Con una familia muy pequeña y ausente en su vida, desde niño aprendió a cuidarse de sí mismo y a ser el protector de su madre con problemas de salud.

Recuerdo aquella vez, cuando estábamos en un bar tomando algo en Madrid, y parecía que Raúl había ligado con aquella chica joven y rubia con pendientes de aros grandes, pero de repente una alarma en su teléfono sonó y dijo en voz alta, “Tengo que irme, mi madre necesita que le dé la medicación antes de dormir y mañana toca tratamiento”

 ¿Hay algo más anti libidinoso que imaginarte a tu “crush” yéndose para acostar a su madre un sábado noche? No, gracias.

 

Los años pasaron y era muy evidente que Raúl echaba en falta una parte de su vida, completar un puzzle que estaba incompleto; su historia de vida.

Recuerdo cuando se enamoró muchísimo de aquella mujer que la maltrataba su marido y que tenía una hija de ocho años. Raúl se enamoró tanto de ella, que quiso rescatarlas y construir un hogar para ellas. Al final, la mujer acabó volviendo a casa con su marido y lo abandonó, arrastrándolo a una enorme depresión y a una deuda en el banco.

Entonces, recuerdo aquel momento, cuando Raúl, Marta y yo estábamos en su salón y le hicimos la gran pregunta ¿Raúl, por qué te quieres tan poco a ti mismo? – Raúl, se incorporó y nos contó su historia.

Nos dijo que su padre biológico abandonó a su madre cuando ésta estaba embaraza, que no quiso hacerse cargo de él, abandonándolo a su suerte. Supongo que desde niño aprendí “que era muy poca cosa para poder ser querido, luego vino el bullying en el colegio y lo demás ya lo sabéis” – nos dijo.

Aquello me partió el corazón. Raúl se había formado toda una historia de “rechazo paterno” y abandono en su cabeza.

Ese día nos confesó que, siempre había soñado con ver a su padre, aunque solo fuese una vez y decirle “que era un hombre de bien pese a su abandono”. ¿Y por qué no lo haces? – preguntó Marta. Entonces él respondió ¡Porque está muerto!

Aquel verano pasó bastante rápido, recuerdo que Raúl se decidió a hacer cambios en casa y que fuimos a ayudarle a tirar cosas y mover muebles. En medio del trasiego, estábamos bajando un tocador de madera de los años 70, cuando la vecina cotilla nos dijo ¡No tiréis con cosas que el que no guarda no tiene! – desde la puerta de su piso. Entonces, Marta que es una deslenguada, le respondió ¡Señora, con una madre enferma y su padre muerto se cree que alguien va a echar de menos el mueble!

Entonces la anciana dijo algo que cambiaría la vida de Raúl para siempre ¿El padre muerto? ¿Cuándo se ha muerto? – Efectivamente, el padre de Raúl no estaba muerto. El señor estaba muy vivo.

En ese momento a Raúl se le encendió la mirada, y aunque no se atrevía a decir nada, supimos que ardía por saber si tenía más familia ahí en alguna parte. Supongo que hay personas que se sienten bien y en paz cuando son adoptadas o tan solo tienen una figura paterna o materna.

Pero ese no es caso de Raúl, el cual siempre ha estado “buscando algo” en el transcurso de su vida.

Fue entonces cuando Marta, la más atrevida y alocada de nuestra pequeña pandilla se le ocurrió buscar un detective para que nos ayudara a buscar al padre de Raúl.

Al principio aquella idea me pareció descabellada, pero por primera vez en mucho tiempo había visto esa luz en la mirada de mi amigo que me hizo coger mis dos semanas de vacaciones y convertirme en investigadora.

Recuerdo que cogimos la guía online y buscamos detectives privados en la ciudad, Marta se encargaba de descartarlos a todos y hasta de negociar el precio en el caso de que consiguiese una pista concluyente ¡ni os imagináis los miles que paga la gente para encontrar a otra! – pero al final fuimos nosotras las que nos adelantamos al propio detective.

La madre de Raúl no soltaba prenda. Hicimos visitas al registro civil, el hospital en dónde nació, un listado un contactos que podrían saber alguna pista del padre biológico… pero la solución la teníamos más cerca. ¡La vecina!

Después de casi una semana sin una pista concluyente, me presenté en casa de la vecina con unos hojaldres de Astorga. Esperaba que aquella anciana cotilla tuviese buena memoria y algún dato concluyente. Y así fue, con algunos signos de hiperglucemia y excitación la mujer me soltó que el padre de Raúl se llamaba como el hijo y que tendríamos que viajar al Levante para tener alguna pista de él.

También me contó que era alto y guapo como el hijo, y que su familia regentaba un negocio de antigüedades. Entonces, la señora se levantó como una ardilla y cogió un plato colgado de la pared, lo volteó y allí estaba el nombre de la empresa familiar de Raúl. ¡Premio!

Viajé con Raúl al Levante, y nos presentamos en la tienda de antigüedades que, por suerte, seguía perteneciendo a la familia. Nos facilitaron el teléfono y contactamos con el padre de Raúl para concertar un encuentro.

Raúl me pidió que me sentase del otro lado del parque. Él estaba muy nervioso, sentado con las manos entrelazadas y sudando su polo blanco impoluto que había elegido para conocer por fin a su padre. Yo lo pude reconocer muy fácilmente, el señor caminaba hacia él, me resultaron muy parecidos. Entonces Raúl se levantó al verlo y se estrecharon las manos y luego se dieron un profundo abrazo sin mediar palabra.

A la mañana siguiente, nos invitó a su finca en dónde vive con su mujer y crió a tres hijas. Allí el hombre visiblemente emocionado nos tendió un puñado de fotografías encima de la mesa, en dónde se podía reconocer la madre de Raúl muy guapa y él en la playa. Luego abrió tres cartas de amor y profundo desamor. La madre de Raúl le había mentido, le explicó que había perdido el niño y que no quería verlo nunca más.

Raúl no comprendía nada, pero fue su padre quien se acercó y le explicó que seguramente su madre tendría mucho miedo a perderlo, por eso decidió guardar ese secreto. Por aquel entonces él ya había conocido a su mujer y la madre de Raúl pensó que sería la única forma de que se quedase a su lado.
Y así acabó ese verano.

Pienso que aquella aventura cambió a Raúl para siempre. Ahora se turna para pasar las fiestas y este verano está invitado a la comunión de su sobrina. A penas veo a Raúl pero al menos ahora sé que ya ha dejado de buscar ese algo en lugares equivocados. Te queremos Raúl.
Gracias por leerme.