Mi novio y yo —bueno, mi marido y yo— llevábamos juntos diez años cuando decidimos empezar a buscar el embarazo.

Empezamos con la ilusión con la que se inician los proyectos nuevos. El primer negativo fue divertido: era imposible que fuera a la primera y nos pusimos a practicar a todas horas para que llegara el bebé. El segundo, tercer y cuarto negativo fueron casi rutinarios. A partir del quinto empezamos a preocuparnos, pero todo el mundo nos decía que hasta el año era todo normal.

Pasó el año y empezaron las pruebas médicas, el estrés por un embarazo que no llegaba, las discusiones porque ahora follar se había convertido en procrear tres días por semana y solo mediante un test. Sin encanto, sin ganas, simplemente porque tocaba.

Las pruebas fueron determinantes: mi marido tenía pocos espermatozoides y nos iba a costar el asunto. Como su oligozoospermia era moderada, lo primero que propusieron los médicos fue la inseminación in vitro.

Estábamos ya en un nivel de estrés y de deterioro de la relación importante, así que mi marido pensó que la mejor forma de sobrellevar esta fase era con un perrito. Y me regaló uno que adoptó justo para mi cumpleaños, que coincidía con el inicio de la FIV.

Al principio pensé que no era la solución a nuestros problemas, pero empezar a cuidar de la perrita me hizo olvidarme un poco de mí. Nunca pensé que fuera verdad el amor que se le da a un animalito y el que recibes de él. Así, poco a poco, y entre visitas médicas e intentos fallidos, Nala se convirtió en parte imprescindible de nuestra vida.

Y un año después (dos desde que empezamos a intentarlo), me quedé embarazada. La alegría no podía ser mayor.

Durante el embarazo, Nala paseaba conmigo a todos lados, dormía conmigo, me seguía allá donde fuera dándome todo el cariño del mundo.

Y nació nuestro niño. Una bendición. Estábamos deseando llevarlo a casa para que Nala lo conociera. Y llegamos y Nala no paró de hacerle fiestas, de acercarse, de buscarlo, acurrucarse, lamerlo…

Esos dos primeros días en casa, observamos que el niño tenía mucha tos y dificultad para respirar. Le salieron ronchones y tenía la piel súper roja. Fuimos corriendo a urgencias y el diagnóstico fue desolador: tenía una alergia bastante fuerte a los perros.

Llevamos a Nala a casa de mis padres y estuvimos viendo si era reversible. Nos dijeron que, con el tiempo, los síntomas podrían mejorar, pero que, mientras tanto, era necesario mantener al niño alejado de los perros.

Nala lleva un año con mis padres y a mí se me parte el alma. Mi hijo sigue teniendo alergia y yo el corazón partido. No sé si, en el futuro, podremos convivir los cuatro. Me siento tremendamente mal porque me da la sensación de que he abandonado a Nala y, además, creo que mi hijo se está perdiendo ese amor incondicional de un cachorro a su dueño.