Vivir fuera de casa en tus veinte es un máster en gestión del caos. Como joven con el bolsillo en números rojos, la convivencia no es tanto una opción, sino una obligación. A falta de pareja, están los compañeros de piso. Y con ellos, la colección de anécdotas que te hacen replantearte si lo tuyo es una sitcom o un documental sobre lo insólito.
En mi caso, somos cuatro en casa, pero la chicha del asunto nos remite solo a una de mis compañeras. En concreto a Elena, mi compañera rusa, con quien compartí risas, confidencias y… ojalá se hubiese quedado en eso.
Parecía todo idílico. Durante meses, Elena salía con hombres que encontraba en Tinder y Hinge, pero todos le parecían insufribles. Siendo honesta, no me puedo hacer la sorprendida. Como española cis hetero, confirmo que el producto nacional masculino de mucho que desear. Pero lo que no vi venir fue su forma de redirigir esa frustración.
El día de su marcha navideña, me dejó su regalo: un conjunto de lencería. Pero no uno coqueto y femenino, no. Era de esos con más aberturas que tela, de los que no te pones por comodidad sino por obligación contractual. Y antes de que me diera tiempo a procesarlo, llegó el mensaje: “Mándame una foto con el regalo puesto. Pero de abajo, eh. De abajo”. Perdón, ¿cómo? ¿De abajo dónde? ¿Debajo del árbol de Navidad? ¿Del sofá? ¿De mi privacidad?
Para mi fortuna a costa de miles de ciudadanos rusos, WhatsApp está prohibido en Rusia. Por lo que al menos tenía la excusa perfecta para no contestar sus mensajes.
Fue en este punto exacto donde mi vida pasó de comedia juvenil a a thriller psicológico con tintes de cine de terror independiente. Repasé todas esas veces en las que bromeaba con mis otras compañeras sobre la decepción masculina diciendo: “Ojalá ser lesbiana”. Cada vez que Elena oía eso, torcía el gesto y sentenciaba: “No digas eso”. Yo pensaba que estábamos de broma. Pero luego recordé su mirada fija cuando yo iba vestida a medias por casa. O celosa que se ponía cuando pasaba tiempo con otras personas. Y ahora esto.
Cuando volvió de Rusia, me enfrenté al temido “¿Y mi regalo? ¿Y la foto?”. Y en ese momento supe que la convivencia estaba a punto de explotar en mil pedazos. ¿Cómo se le dice a una homófoba rusa atrapada en un armario de acero soviético que, amiga, tienes un problema, y ese problema soy yo?
Intenté hablarlo con mis otras compañeras y todas coincidimos: esto había pasado de incómodo a perturbador. Porque una cosa es lidiar con un compañero de piso rarito, y otra es sentir que vives en una novela de Dostoievski versión lésbica y obsesiva.
Aquí es donde uno no puede evitar pensar en lo que significa la represión en un país don la homosexualidad no es solo un tabú, sino un crimen. En Rusia, las leyes contra la «propaganda gay» prohíben cualquier expresión pública de afecto entre personas del mismo sexo. Desde multas hasta penas de cárcel, pasando por la violencia institucionalizada, el mensaje es claro: si eres queer, no existes.
Así que me pregunto: ¿cuántas veces la represión convierte el deseo en algo turbio? ¿Cuántas personas han aprendido a odiar lo que en realidad anhelan? Porque esto no va de un conjunto de lencería o un mensaje salido de tono. Va de lo que sucede cuando niegas una parte de ti con tanta fuerza que termina saliendo de la peor manera posible. En este caso, con un regalo, una petición de foto o un anuncio en mis historias de instagram donde pone, bajo un fondo rojo: ¡Busco habitación para entrar YA!
Firmado por Marga, una chica muy limpia y simpática que ahora busca casa.
