Ese tío de clase al que soñabas con tirarte encima de la mesa, de empotrar contra la pizarra y borrar todas las fórmulas de matemáticas a golpe de refrote. ¿Lo recuerdas? Y es que pongo la mano en el fuego y no me quemo si digo que todas, absolutamente todas, hemos tenido en algún momento de nuestra adolescencia ese crush de instituto que nos hacía ir por la vida mojando nuestros tangas de Hello Kitty y suspirando por las esquinas. De hecho, estoy segura de que sólo con leer el título de este post ya se te ha venido un nombre, una cara y un millón de recuerdos sexualmente bochornosos a la memoria.

Y es que, al menos en mi caso, no puedo evitar acordarme de aquella época sin sentir una vergüenza terrible. Os pongo en contexto. Teníamos apenas dieciocho años cuando aquel chaval de ojos verdes y yo coincidimos en la misma clase. Nunca jamás pensé que yo pudiera gustarle a nadie y mucho menos a él, todo extrovertido y súper guay, mientras servidora iba por ahí con cara de seta y fama de rarita. Aun así, él me tiraba ficha a su manera elegante y discreta que ríete tú de Julio Iglesias: me apuntaba con un láser, pero yo que era dura de roer o imbécil, aún no lo he decidido, y no levantaba la vista del libro.

Así era imposible. El instituto terminó y fuimos tan idiotas que no nos atrevimos a dirigirnos la palabra y todas mis ganas y, seguramente las suyas, quedaron en nada.

Años después, no recuerdo cómo, nos encontramos en redes sociales y empezamos a hablar. Me sorprendió la facilidad con la que fluían nuestras conversaciones parapetados en la seguridad que sólo te otorga hablar detrás de una pantalla. Fue así como me enteré de que siempre se había quedado con la espinita de tener algo conmigo y, yo, que por aquel entonces ya había espabilado bastante, no dudé en ir a saco. Fui tan a degüello que lo espanté. Y lo cierto es que no era para menos porque cada vez que nos encontrábamos de fiesta me faltaba bajarle los pantalones allí mismo.

No sé qué me pasaba, supongo que una parte de mí quería demostrar que ya no era esa pringada que no levantaba la vista del pupitre, que había crecido y que sabía unas cuantas cosas. Después de ponerle literalmente el ñoqui en la palma de su mano y sentirme rechazada varias veces, entendí que no quería nada conmigo y lo dejé estar. Como es habitual en mí, pensé que el problema lo tenía yo, que no era suficiente para semejante tío. Pasó el tiempo y empecé a salir con otras personas, pero reconozco abiertamente que siempre le tuve en mente y me preguntaba qué habría sido de él o cómo habría sido hacerlo juntos.

Lo que no me esperaba es que quince años después volveríamos a retomar aquel tonteo que siempre hubo entre nosotros, sólo que esta vez no habría ningún titubeo por parte de ninguno.

Cuando vi una foto actual suya por poco me da un ictus. ¿¡Pero qué era ese cuerpo de dios griego, por favor?! Entré en un bucle insano viendo sus fotos y perdí la cuenta de las veces que pude llegar a resoplar como una yegua en celo mientras tanto. Siempre había estado bueno, pero es que se había convertido en un hombre. En EL HOMBRE, en el mayor pibón que estos dos ojitos han tenido la suerte de ver.

Por eso, cuando salió el tema de aquella espinita que teníamos clavada y me dijo a las claras que lo que quería, de una vez por todas, era clavarme otra cosa y quitarnos las dudas de cómo sería, terminé presentándome en su casa una noche deseando que me diera como a un mando sin pilas.

Llegué toda digna, con esa actitud de «aquí estoy yo porque he llegao’», como si ignorara el hecho de que aquello se iba a convertir en una bacanal romana, como si no fuera más que evidente que íbamos a darnos amor de empujar como dos energúmenos que llevaban esperando quince años.

Empezamos a beber vino y, como era de esperar, el ambiente se fue caldeando. De un momento a otro, pasamos de estar charlando sobre nuestras anécdotas de instituto a darnos el piscolabis en el sofá y tener las bragas colgando de la lámpara.

He de admitir que acudí a aquella cita con cierto temor a que después de tanto tiempo de espera el polvo fuera un desastre. Spoiler: no. Llevaba años idealizando aquel momento y fue tal y como me imaginé, sino mejor. Tener encima de mí a semejante tío fue un espectáculo que permanecerá en mi retina y en mi memoria hasta que me muera, porque no sólo estaba que se comía solo, es que además había encontrado un hombre que conocía las teclas que había que pulsar.

Para que me entendáis, sólo diré que mis hormonas estaban tan on fire en el fornicio que se me durmieron hasta las manos y durante un rato me quedé ahí tirada como un nenuco sin entender lo que me estaba pasando.

No quiero decirlo en voz muy alta por si, debido a casualidades de la vida, el empotrador de ojos verdes lee este post y se le sube el ego a las nubes con esa chulería de llegar a un concesionario de Lamborghini y pedir «lo de siempre», pero las cosas como son.

Cuando pensaba que ya lo había visto todo, el universo decidió enviarme a mi crush del insti para gratinarme la cococha como dios manda. Sin prisa, sin cambiar de posturitas cada cinco minutos, sin terminar antes de empezar, pensando en mi placer más que en el suyo, buceando entre mis piernas más de un minuto.

Hasta aquel día yo también creía que ese tipo de hombres no eran más que una leyenda urbana, como el hombre del saco, pero doy fe de que existen, de que están entre nosotras y que, querida amiga, algún día tú también tendrás la suerte de encontrarte con un empotrador que te coma todo lo fregao’ y te dé tu buena dosis de orgasmos.

Me fui de allí hecha un fruiti, pensando en lo increíblemente imbéciles que habíamos sido por no haber dado rienda suelta a nuestros instintos más bajos mucho antes, pero sobre todo, pensando en lo orgullosa que se hubiera sentido aquella chavala de dieciséis años que no levantaba la vista de su libro.