Mi cuñada se queja mucho de sus padres últimamente. Cada vez que la vemos todo son resoplidos, negaciones con la cabeza y narración de situaciones que ilustran lo trabajosos que son los dos. Está cansada porque, además de a sus padres, ella soporta sus propias historias en la vida familiar y profesional. Como todo el mundo.
Sus padres son adultos funcionales y aún jóvenes sin problemas físicos destacables, más allá de los propios de sus edades. Pueden ocuparse de sus vidas perfectamente, aunque sus hijos estén como apoyo y soporte. Lo que le pasa a mi cuñada es que tiende a acaparar tareas y hacerse cargo de cosas que no le corresponden porque ella es así, le gusta ir por delante y supervisar las vidas de sus seres queridos más cercanos. Está cansada porque libra más batallas de las necesarias, desde mi punto de vista.
Hasta ahora, nosotros nos habíamos librado de esa actitud controladora porque vivimos lejos. Pero, en uno de nuestros últimos encuentros, ya deslizó la necesidad de que su hermano (mi pareja) pasara al frente y comenzara a ocuparse de algunas cosas. Es más, lo dijo sin rodeos: “Tú te vas a tener que ir planteando volver, hermano”.
Ella ya lo tiene todo pensado. Su hermano, que aún no tiene vivienda propia, podría adquirir una vieja propiedad de la familia, dándole la parte correspondiente a los herederos en liza. La tía ya ha diseñado cómo tiene que ser el nuevo hogar y las obras que hay que hacer. Ella tiene sus planes para todos, independientemente de lo que quiera cada uno. Los deseos personales no son relevantes para ella. Es más, en algún momento en el que le dije que no sé cuándo volveríamos, ella me dijo: “Bueno, tú te puedes quedar aquí, pero mi hermano se vendrá”.

Manual de huida de las personas controladoras
Cuando ella se pone a airear en voz alta las rumiaciones que tiene respecto a los miembros de su familia, incluyendo su hermano, yo me callo. Es una batalla que decido no librar, no tiene sentido hacerlo. Ella puede cantar misa en gregoriano, que luego nosotros haremos lo que nos dé la gana.
Hasta ahora mi pareja y yo hemos estado de acuerdo en las decisiones sobre nuestra vida en común, que nos afectan únicamente a nosotros. Así que puedo reírme tranquilamente de los atrevimientos y libertades que se toma su hermana a la hora de pensar y hablar sobre lo que quiere o cree que tenemos que hacer los demás.
Creo que muchas de las perturbaciones internas que sufre mi cuñada se solucionarían si soltara “lastre” y aprendiera a poner límites y a identificar las batallas que sí le pertenecen. Porque ya digo que sus padres son adultos funcionales, pero se han acomodado ante sus disposiciones. Les ha pasado como en los trabajos en grupo del instituto: uno tomaba la iniciativa y el resto se acomodaba por no tener que pensar o por no llevarle la contraria al tirano líder, con el carácter que gastaba.

Ella está acostumbrada a tirar del carro sin que nadie le haya dicho que no tiene que hacerlo, porque cada cual lleva el suyo propio y va a su ritmo. No es mala persona, simplemente siente ese impulso continuo que yo no sé si podría corregir con terapia, hipnosis o naciendo de nuevo. Creo que la primera que descansaría sería ella.
Seguro que todos tenemos en nuestra vida una persona así. ¿Cómo lo hacéis vosotros para escapar de su control? En mi caso, la distancia es una aliada. Vivimos donde vivimos porque somos felices aquí, pero una de las grandes ventajas es que estamos lejos de figuras como la suya.
No pienso enfadarme ni entrar en su juego, pero muchísimo menos convertir esto en una guerra por el “control” sobre su hermano. Él decidirá y yo solo esperaré a que muestre dónde están sus prioridades, de las que hasta ahora no me han cabido dudas. Lo que haga con su dinero y su tiempo el día de mañana es cosa suya, siempre que yo no me vea arrastrada a una vida que no quiero.