Mi ex siempre fue de esa clase de personas que viven por y para el postureo, que hacen de las redes sociales y las relaciones personales su carta de presentación para mostrar al mundo lo maravillosas que son sus vidas. En su caso, no era una necesidad constante de aprobación, sino un intento descarado de demostrar que él y todo lo que tenía eran mucho mejores que los demás.
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Por desgracia, aquella obsesión enfermiza por alardear de su estilo de vida y sus posesiones también me incluía a mí.
Durante el tiempo que estuvimos juntos, me sentí como una mujer objeto, una parte más del decorado perfecto que componía su vida. Al principio me encantaba saberme tan deseada, ser consciente de que le parecía sexy y atractiva; incluso me subía el ego saber que alardeaba de mí con sus amigos, como si yo fuera un coche deportivo de lujo. Sin embargo, aquello pronto se convirtió en un arma de doble filo: empezó a exigirme que vistiera de cierta manera o que cuidara mi físico quisiera o no.
Es muy heavy reconocerlo, pero para mi ex yo era un trofeo que le gustaba exhibir. En una ocasión me dijo que le ponía muchísimo ver cómo otros hombres, incluidos sus amigos, se ponían como motos al verme. A él le encantaba porque sabía que todos querían estar conmigo, pero yo sólo era para él. En lugar de salir corriendo, comencé a obsesionarme con mi aspecto, preguntándome si la ropa le gustaría o si el maquillaje sería suficiente. Claro que nunca lo era: el top no tenía bastante escote, la falda no era lo suficientemente sexy o los tacones no eran lo bastante altos.
Todavía no entiendo cómo pude tolerar que, antes de entrar a un lugar, él me “revisara”: me subía la falda, me abría más el escote, me hacía retocar el eyeliner o el brillo de labios… En vacaciones en la playa se pasaba el día sacándome fotos en bikini, haciéndome posar como una imbécil para subirlas a redes sociales.
Fue precisamente en uno de esos viajes cuando me percaté de una manchita rosada cerca del ombligo. Pensamos que era del sol o una picadura, pero empezaron a multiplicarse: brazos, espalda, piernas, abdomen… Además, picaban horrores. Fui al dermatólogo alentada por mi ex, que estaba más preocupado por mi aspecto que por mi salud.
Tras pasar por varios médicos sin diagnóstico claro, aquello se extendió por todo mi cuerpo, salvo la cara y el cuero cabelludo. Me desesperaba verme así, pero más me dolía ver cómo él me miraba con rechazo y evitaba tener relaciones conmigo.
Finalmente un especialista supo ponerle nombre: liquen plano, una enfermedad crónica parecida a la psoriasis. Con pomadas y pastillas, el brote se detuvo enseguida, pero las pastillas me hicieron engordar. Entre el aumento de peso y las manchas, mi ex decidió que ya no era suficiente para él ni encajaba en su “vida perfecta”. Me dejó sin ponerse ni colorado y admitiendo que yo le daba asco.
Tardé casi un año en eliminar las marcas, pero el trato humillante que recibí quedó grabado en mí más allá de la piel. Aunque recuperé mi aspecto y el liquen sólo volvió en forma de pequeñas manchitas, me costó muchísimo recuperar la confianza en mí misma.
