Mi ex quería follarse a otra por dinero
Necesito compartir con vosotras una duda que me martiriza desde hace tiempo: ¿Son los hombres más capaces de follar sin sentimiento que las mujeres? ¿Hay algún rasgo biológico que los haga menos permeables a los besos, las caricias y la intimidad que se genera en el acto sexual? Llevo unos años haciendo una especie de encuesta entre mis amigos y conocidos al respecto, tanto chicas como chicos, y, hasta ahora, he recibido bastantes más síes que noes.
La respuesta más brutal y reveladora fue la de mi ex, que expresaba sin ningún tipo de reparo que él sería capaz de follarse a cualquier chica por dinero. Cuando pasaba una mala racha económica, soñaba con que apareciese una mujer y le ofreciese unos cuantos miles de euros por follar. Yo, aunque supiera que esa era una posibilidad remotísima y que, llegado el momento, puede que no estuviera tan seguro, no podía evitar enfadarme un poco. Me irritaba la falta de respeto hipotética, los pocos escrúpulos de esa persona que yo tenía por amorosa y sentimental, y me ponía de morros.

“Pero, cariño, ¡nos sacaría de pobres!”, me intentaba convencer él. “Echaría un polvo sin ningún significado y al día siguiente seríamos más felices porque muchos de nuestros problemas se habrían esfumado”. Yo le respondía que jamás lo perdonaría, y que acabaría dejándole. “Prefiero ser pobre y respetada que faltar a mis valores para pagar deudas”, contestaba. Pero, mientras lo decía, me preguntaba si no sería mejor ser un poco más cínica, si eso de vivir debajo de un puente, pero enamorada, era en realidad posible. ¿Hasta qué punto son los problemas económicos asesinos del amor?
“Pero, ¿qué cantidad mínima pedirías por hacerlo?”, le preguntaba después. Ahí llegaba un punto aún más peliagudo, claro, porque para mí esa cantidad no era el precio de un polvo de mi novio, sino el precio que, para él, tenía una falta de respeto hacia mí. Admito que, una de las veces que salió la conversación, acepté a ser ultrajada por el módico precio de dos millones de euros.
“Si lo hicieras por menos, te dejaría. Serías millonario, pero te quedarías sin mí. ¿Aceptarías eso?”. Él, con esa valentía que impostan los hombres cuando una mujer les planta cara, decía que claro, que por supuesto. Yo flipaba. El amor de mi vida prefería perderme a estar hipotecado. Pero, después, él salía con algo que me hacía pensar. “No quieres que solucione mis problemas económicos simplemente porque te sentirías herida en tu orgullo, ¿qué hay más egoísta que eso?”, decía. Mierda. ¿Era yo una egoísta? Dios mío, ¿era cierto eso que estaba escuchando?
Lo que empezaba como una hipótesis divertida de la que hablar en las reuniones con amigos, siempre se acababa convirtiendo en una discusión frontal entre él y yo. De alguna manera, lo imposible se materializaba entre nosotros como si en realidad pudiese pasar, y él acababa la noche pensando que estaba saliendo con una egoísta, y yo que estaba saliendo con un robot.
En fin. Ya no estamos juntos. Ya no discutimos por mierdas. Pero los dos seguimos siendo igual de pobres.
Berta G.