Inmaduros, con fobia al compromiso, narcisistas, con complejo de Edipo, misóginos, clasistas, idiotas en general… todas y cada una de estas joyas visigodas han pasado por mi vida y, ciertamente, pensaba que mi colección de conquistas masculinas tremendamente defectuosa ya estaba completa. Hasta que conocí a Esteban y descubrí en él a un nuevo espécimen. Un tipo de hombre —por llamarle de alguna manera— que personificaba todo lo que está mal en este mundo; una especie de popurrí de todos los defectos de cada uno de mis ex concentrados en un solo ser.

Y sí, soy consciente de que con semejante historial amoroso ya debería estar más que prevenida. Sin embargo, una que es tonta y no pierde la fe en la humanidad ni en encontrar un amor que merezca la pena ni a golpe de dolorosos desengaños, decidió confiar una vez más. Y así pasó… Cuando quise darme cuenta estaba enamorada de un meme andante, cuya forma de ser y de actuar parecían una broma pero, tristemente, no lo eran.

En mi defensa, he de decir que cuando conocí a Esteban era un chico de lo más normal y nada hacía presagiar que, tiempo después, acabaría por convertirse en una versión menos popular de Rafa Mora.

Tengo que reconocer que lo primero que me llamó la atención de él fue su físico. Era un tío grande, con un cuerpo esculpido a base de muchas horas en el gimnasio, culminado por una cara y una sonrisa que quitaban el sentido. Sin embargo, lo mejor fue descubrir que detrás de aquel espectáculo para la vista se escondía una persona maravillosa con un gran corazón. Tan noble, que algunas veces pecaba de tonto y muchas personas de su entorno, conscientes de ello, se aprovechaban de esa bondad.

No sabría decir con exactitud cuál fue el momento en el que todo empezó a cambiar, pero sospecho que ese fue precisamente uno de los motivos que llevaron a Esteban a escuchar cantos de sirena. Si bien es cierto que siempre le había gustado mucho trabajar su cuerpo en el gimnasio, empezó a invertir demasiadas horas en él e incluso llegó a obsesionarse en exceso con lo que comía, hasta el punto de que me preocupé.

Fue entonces cuando, al decirle a las claras que me angustiaba pensar que tuviera un problema de alimentación, me confesó que había empezado a seguir a un coach de internet.

Este tipo —al cual yo no conocía por aquel entonces— no era nutricionista ni nada similar, pero según Esteban les aleccionaba para llevar un estilo de vida sano basado en la “disciplina”. No solo para tener la imagen que él consideraba ideal, sino para convertirse en un hombre de “éxito”, ya que una cosa no podía existir sin la otra.

En cuanto escuché aquellas palabras salir de su boca, todo me pareció una soberana gilipollez, pero no le di más importancia. Sin embargo, con el paso del tiempo todo empezó a ir a peor. Aquella dieta y el ejercicio desmesurado dieron paso a un comportamiento altanero y arrogante, a una forma de ser que nunca creí posible ver en él. De la noche a la mañana, el dinero se convirtió en su razón de ser.

Salir con él empezó a darme vergüenza ajena. Se miraba en todos los espejos, diciendo en voz alta lo bueno que estaba. Le daba lecciones a los camareros o a cualquier profesional con el que se cruzara, mirándoles por encima del hombro. Siempre necesitaba comprarse el mejor teléfono móvil, las mejores zapatillas, la televisión más cara. Y, por supuesto, no paraba de presumir de ello en cuanto podía.

Dejé de reconocer al chico del que me había enamorado cuando esa fijación por alcanzar lo que él consideraba “ser alguien en la vida” me salpicó a mí también.

Un día, Esteban me pidió tres mil euros. Cuando le pregunté a santo de qué necesitaba tanto dinero, me confesó que había dejado su trabajo porque no podía desaprovechar su potencial trabajando para otro. Su intención era crear su propia empresa, cosa totalmente lícita… si no fuera porque no tenía un duro ni la más mínima idea de qué hacer con su vida.

Los tres mil euros eran para pagar un curso con el coach de turno. Y así fue como me enteré de que no solo le había llenado la cabeza de pajaritos a mi chico, sino que además le estaba sacando todo el dinero posible. A cambio, Esteban se había transformado en un chulo, en un tío insoportable que caminaba por ahí creyéndose superior a los demás por tener un físico tremendo y un coche que no se podía permitir.

Investigando un poco, descubrí que muchos de sus “alumnos” habían perdido todo lo que tenían por seguir sus consejos e incluso que algunos estaban viviendo en la calle.

Le dije que, para empezar, no tenía ese dinero, y que aunque lo tuviera, no se lo iba a prestar para que aquel impresentable fuera un poquito más rico y él, un poquito más idiota.

Como era de esperar, no le gustó mi respuesta. Me dijo que le cortaba las alas, que frenaba su crecimiento y que no podía estar con alguien como yo. Que yo nunca había sido suficiente, que era un lastre, que tenía mente de perdedora y que nunca llegaría a nada en la vida con aquella visión conformista.

A pesar del daño que me causaron sus palabras, lo pasé francamente mal durante meses. Sin embargo, aquella ruptura fue más una liberación que una tortura. Esteban se dedicó a subir contenido a redes mostrando sus “logros”, entre ellos haberse liberado de gente que “frenaba su liderazgo”, como yo.

A día de hoy puedo decir que lo tengo completamente superado. Y aunque ya veo con claridad la clase de persona por la que lloré durante meses, lo que más siento es que el verdadero Esteban se haya perdido por el camino. Ojalá algún día vuelva a ser aquel chico bueno, generoso y noble que una vez conocí.