Desde el instante en que Isaac entró en mi vida, supe que no era una persona como otra cualquiera, que era alguien fuera de lo común y que yo estaba irremediablemente abocada a enamorarme perdidamente de él. Y así fue.
Nunca antes había conocido a nadie como él y a día de hoy sigo sin hacerlo. Siempre me desarmó su forma de querer, su forma de entender el amor y demostrarlo minuto a minuto. En resumidas cuentas, Isaac era un tío muy intenso en el mejor de los sentidos, un romántico de los que ya no quedan, un tío súper pasional que se entrega a muerte con sus parejas. Estar con él era como vivir dentro de una película. Pasamos aquel verano queriéndonos como si tuviéramos prisa, sin querer dejarnos nada para después, como si supiéramos que más pronto que tarde lo nuestro iba a terminar. Por desgracia, ese presentimiento se hizo realidad y unos pocos meses después, me dejó. Y razones no le faltaban.
No es que trate de justificarme, ni mucho menos, pero yo era una cría de dieciocho años que no sabía ni por dónde le venía el aire. No supe apreciar lo que tenía y una noche de fiesta, le puse los cuernos con un tío que ni siquiera le llegaba a la suela del zapato. Por supuesto, en cuanto se enteró, me mandó a freír espárragos y no pude conseguir hacerle
cambiar de opinión. Yo era muy consciente de que Isaac era de ideas fijas y que sería imposible que volviera a confiar en mí, pero aún así lo intenté durante un año. Traté de contactar con él pero no respondía a mis llamadas ni a mis emails. No me abría la puerta de casa y me bloqueó de todas sus redes sociales. Con el paso del tiempo, me di por vencida y no volví a saber nada de él hasta casi una década después.
Pasé mucho tiempo yendo y viniendo con unos y con otros, tratando de sustituir a Isaac, de llenar ese vacío que sentía desde que no estábamos juntos. Yo siempre tendía a comparar a todos con él y, por supuesto, ninguno estaba a la altura. Dos años más tarde, aún no había sido capaz de olvidarle. En cada chico le buscaba a él y saber que nunca iba a volver a tenerle junto a mí, me destrozaba. Y cuando pensaba que no volvería a enamorarme de aquella forma, que estaba hecha a prueba de balas y que ya nadie era capaz de hacerme sentir viva, el destino quiso poner en mi camino a Fran. Y sin esperarlo, despertó algo en mí.
Por primera vez en mucho tiempo, sentía algo en el estómago. Sonreía como una idiota cuando veía un mensaje suyo, me ponía nerviosa, me moría de ganas por verle, sentía que flotaba cada vez que me miraba y que me iba a desmayar cuando me besaba. Volví a llorar de risa, a sentirme viva. Él me enseñó a querer sin prisas, a demostrar amor de una forma más serena y menos melodramática. Y juro que intenté ir despacio en la relación, ir con pies de plomo y no precipitarme por temor a sufrir de nuevo, pero no lo pude evitar y al año de estar saliendo, nos fuimos a vivir juntos. Era tan fácil estar con Fran, todo era tan sencillo y tan natural, nunca hubo que forzar nada, era como si hubiésemos salido del mismo molde.
Nos iba genial, éramos súper felices con nuestro nidito de amor, haciendo planes de futuro, pensando en la posibilidad de ser papás… cuando de repente, un día scrolleando por mis redes sociales, vi una cara y un nombre que me resultaban muy familiares. Había intentado encontrar a Isaac durante años y aquella mañana, sin ton ni son, apareció de la nada. Le envié una solicitud de amistad que aceptó al instante. Cuando me saludó, noté que me temblaba todo el cuerpo. Estuvimos hablando durante horas, poniéndonos al día, pero finalmente, decidimos abordar el tema. Ese gran elefante en medio de la habitación. Me disculpé con él por lo que había hecho y él me dijo que no le diera más vueltas a lo que había pasado entre los dos, que él ya me había perdonado hacía mucho.
Nunca le oculté a Fran que había retomado el contacto con mi ex. Él se alegró por mí y no puso ningún impedimento en que quedase con él para charlar o tomar algo. Creí que volver a ver a Isaac sería estupendo, que por fin podríamos cerrar viejas heridas y ser amigos. Y de hecho, la tarde que pasamos juntos recordando tiempos pasados fue genial, pero cuando llegué a casa y leí su mensaje tuve que sentarme. Me decía que al verme de nuevo, algo se había removido dentro de él, que sentía una especie de vértigo que no había sabido identificar pero que finalmente se había dado cuenta de que seguía enamorado de mí. Me confesaba que era la mujer de su vida, que él también había pasado años tratando de olvidarme y que, aunque se alegraba de corazón que alguien me hiciera feliz, no podía quedarse con la duda. Fue entonces cuando me preguntó si quería casarme con él.
Es curioso cómo nos pasamos años y años persiguiendo ciertas cosas o ciertos amores y cuando por fin los tenemos, ya es tarde. Ya no somos esa persona, nuestra vida ha cambiado y lo que hace un tiempo nos hubiera hecho explotar de felicidad, ahora ya no significada nada. Si Isaac me hubiera hecho esa pregunta hace cinco años, es muy probable que ahora mismo fuésemos marido y mujer. Quién sabe. Si alguien me hubiese dicho entonces que mi respuesta a esa pregunta iba a ser un no, me hubiera llevado las manos a la cabeza. Le dije que estaba enamorada de mi novio, que lo sentía enormemente, pero que no podía hacerlo.
Por suerte, después de pasar un tiempo alejados, Isaac superó el «rechazo» y pudimos seguir siendo muy buenos amigos. Hoy, está felizmente casado con una chica estupenda y yo sigo con Fran, aunque estoy segura de que al igual que yo, de vez en cuando se pregunta qué habría pasado si mi respuesta a su pregunta hubiese sido sí.
Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.