La relación con mi familia materna siempre ha sido muy fluida y cercana. Siempre he  tenido la tranquilidad de saber que cuento con ese colchoncito de amor y respaldo cuando las cosas se ponen difíciles. Sin embargo, ese vínculo afectivo tan estrecho y cariñoso  propio de la rama materna, nunca ha estado presente, ni de lejos, en la familia de mi  padre. La verdad es que siempre han sido muy despegados y nunca han querido saber  nada de nadie, así que crecí sin sentir afecto por ninguno de ellos excepto por mi abuelo,  al que adoraba. 

Mi abuelo y mi tía, que sufre una discapacidad psíquica, siempre han vivido juntos, pero  en el fondo se sentían tremendamente solos, ya que mi abuela había fallecido años atrás  y el único que se preocupaba por ellos era mi padre. Desde que tengo uso de razón  recuerdo a mi padre discutir con sus cuatro hermanos, que siempre se desentendieron del cuidado de mi abuelo y de mi tía, alegando que mi abuelo nunca había sido un buen  padre y no se merecía ningún tipo de atención por su parte. Más allá de la razón que  pudieran tener o no, en mi casa nunca entendimos qué culpa tenía mi pobre tía del  comportamiento de su padre ni por qué tenía que pagar ella también por esa supuesta  afrenta. 

Durante casi veinte años y sin esperar nada a cambio, fue mi padre quien se hizo cargo  de ellos cuando mi abuelo se hizo mayor y comenzó a dar señales de no poder cuidar de  sí mismo ni de mi tía. No era de extrañar que mi abuelo tuviera a mi padre un altar;  siempre se emocionaba cuando hablaba de él y decía que no sabía que hubiese sido de  ellos si mi padre no hubiese estado ahí. Y era triste, pero era cierto.

A pesar de todo, tenía ceguera con mi tía Cloti, su hija menor, para la que siempre guardaba una palabra  cariñosa aunque ella no le hiciera el menor caso más allá de alguna visita rápida en  Navidad. Mi padre, lejos de sacarle de su error, callaba. Le daba mucha pena hacerle ver  que ese amor tan grande e incondicional que sentía hacia su hija en realidad no le era  correspondido. 

Este abandono se hizo mucho más evidente cuando el 14 de Marzo de 2020 nos  confinaron a todos. Aparte de mi padre, absolutamente nadie más llamó por teléfono ni se presentó en casa de mi abuelo durante el tiempo que duró el encierro para llevarles  víveres o interesarse por su estado de salud, ya que era diabético y, en ocasiones, se le  olvidaba inyectarse la insulina. Fue entonces cuando mi abuelo abrió los ojos y pudo  darse cuenta, muy a su pesar, de cómo eran sus hijos en realidad, incluida su adorada  hija pequeña. Cuando falleció, en mi casa se nos vino el mundo encima. Sin embargo,  parecía que a nadie más le dolía aquella pérdida; tras una breve visita al tanatorio, mi  familia paterna se marchó sin más, sin derramar una sola lágrima. Eso sí, antes de irse,  mis tías no dejaron pasar la oportunidad de preguntar por la herencia de mi abuelo y los  pasos a seguir para reclamarla. 

Cuando se enteraron de que, meses antes, mi abuelo había declarado heredero universal  a mi padre y había designado el mayor porcentaje de propiedad de la casa a mi tía, ardió  Troya. Llamaron a mi padre acusándole de haberse aprovechado de mi abuelo y de  haberle manipulado para quedarse con el dinero. Y es que, por supuesto, mi tía Cloti  esperaba que gran parte de ese dinero fuera a parar a sus manos y a las de sus hijos. Por eso no me extrañó cuando, el día que acompañé a mi padre a la lectura del testamento  para no dejarle solo ante los leones, nos diera la enhorabuena. Como si haber cuidado de mi abuelo hubiese sido una especie de trabajo forzoso y su herencia, una recompensa. 

No contenta con aquella frase tan mezquina y fuera de lugar, se dirigió a mi y, después de años y años sin hablar con ella, me preguntó en tono irónico qué tal con mi «pisito nuevo».  Hacía meses que me había comprado una casa con mi chico y mi tía enseguida ató cabos en su cabeza, dando a entender que había pagado el piso robándole dinero a mi abuelo. 

Le contesté con toda la serenidad que fui capaz de reunir que le agradecía mucho su repentino interés por mi vida y que estaba muy feliz con mi pisito nuevo. Casi dos años  después, siguen pensando que tanto yo como mi padre nos aprovechamos de la soledad  de mi abuelo para beneficiarnos económicamente de él. Supongo que, como bien dice el  famoso refrán, piensa el ladrón que todos son de su condición. Después de aquello, no  hemos vuelto a saber nada de mi familia paterna, ni ganas, aunque si algo hemos  aprendido de todo esto es que el término «familia» le viene grande a mucha gente. 

Mar Martín.