He tenido tres matrimonios y mi familia prefiere que siga siendo miserable antes que volver a firmar un divorcio.
Así, sin rodeos. Eso es lo que me han dejado claro en los últimos meses, aunque nadie lo haya dicho literalmente con esas palabras.
Tengo treinta y ocho años, llevo cuatro años con este matrimonio y desde hace más de uno sé que no funciona. No hay grandes dramas ni discusiones, pero hay algo peor: indiferencia, silencios y una convivencia que se parece más a compartir piso que a una relación. La mayor intimidad que tenemos ahora, es sentarnos uno al lado del otro mirando el teléfono por la noche. Aun así, cuando he dicho en voz alta que quiero divorciarme, la reacción de mi familia no ha sido preguntarme si estoy bien, ha sido decir “¿otra vez?”
Me he casado tres veces y no tengo hijos. La primera vez fue con veintitrés años, enamorada y con más ilusión que cabeza. Duró dos años. El segundo fue más racional, más calmado, más aprobado por todos. El favorito. Duró seis. Este tercero llegó después de prometerme que ya había aprendido, que ahora sí sabía elegir. En general no gustó mucho la idea de que me volviera a casar, todos me decían que no hacía falta. Por eso, ahora que digo que quiero separarme, todo son malas caras y gestos de que sabían que acabaría pasando.
La frase que más he oído es que no sé estar sola. Dicha con preocupación, pero con desprecio. Como si divorciarme fuera otra prueba de que no sé hacer las cosas bien y el problema fuera yo.
Mi madre me dice que todos los matrimonios tienen rachas malas. Mi padre directamente cambia de tema. Mi hermana me pregunta si no estaré exagerando, si no será el estrés, si no debería aguantar un poco más. Aguantar es la palabra estrella. Aguantar como si fuera lo obligatorio y yo me lo estuviera saltando. Como si les molestase que yo no esté dispuesta a seguir en un matrimonio en el que ya no soy feliz, porque es lo que se debe hacer.
Cuando intento explicarlo, siempre sale lo mismo: Es que otro divorcio…
Nunca terminan la frase, siempre se queda en el aire. Pero no hace falta que la terminen. Otro divorcio significa vergüenza, fracaso, ser la comidilla de la gente. Nadie me pregunta nada, tampoco me dicen: Es que si te quedas en esa relación infeliz…
Lo más que más me dolió fue una conversación con mi madre hace dos meses. Le dije que me sentía sola, que había días en los que lloraba en el coche antes de entrar en casa. Me miró y me dijo: Bueno, pero al menos tienes marido.
Sé que el divorcio no es un camino de rosas, he tenido dos ya. Conozco el papeleo, el dinero, las explicaciones y como cambia la persona que creías que conocías. Pero también sé que quedarme en un sitio donde no estoy bien, me va a apagar rápido. Y no quiero llegar a los cincuenta pensando que tengo una vida en la que estoy aguantando para no decepcionar a nadie.
Lo que más rabia me da es que en mi primer divorcio, aunque fuera poca, había gente que me apoyaba. Pero ahora ni eso. Como es el tercero, parece que he acabado el cupo de errores permitidos y ya no tengo derecho. Como si yo quisiera un matrimonio fallido. Yo no quiero divorciarme por tercera vez, quiero una vida que no me pese y el camino para eso, por desgracia, es el divorcio.
Mi familia básicamente me está pidiendo que no dé problemas. Que mantenga la apariencia y no de motivos para que la gente hable o manche más mi imagen. Pero eso a mí me da completamente igual y me está costando mucho que no me duela que se porten así.
Lo que me salva es que tengo claro que no me voy a sentir mal por mi decisión, aunque ellos me lo pongan difícil.