Nunca me había pasado. Lo típico de pelis de románticas empedernidas: ligar en un tren. Pero pasó.
Me tocó al lado un chico guapísimo. Ojos bonitos, voz suave, conversación fácil. Hablamos casi todo el trayecto. Risas, confidencias y ese tonteo sutil que os juro en mi vida había experimentado.
El viaje encima, se alargó por retrasos. Dos horas más de lo previsto. Para cuando llegamos teníamos el cuerpo como de cartón.
Nos levantamos, yo me estiré como si saliera de una cápsula del tiempo y él también. En eso lo veo caminar por el pasillo… arrastrando una pierna.
Y yo, en modo graciosa (error), le suelto con sonrisa cómplice:
—Mira que yo me he quedado mal de tanto rato sentada… ¡pero tú estás fatal eh!
😬😬😬
Silencio. Cara blanca. Y él, muy tranquilo, responde:
—Bueno, es que yo soy cojo.
TIERRA, TRÁGAME.
Me entró la risa nerviosa, de esas que no sabes si llorar o tirarte del tren en marcha.
Por suerte él se lo tomó con humor. Me explicó que de pequeño tuvo cáncer y lleva una pierna ortopédica desde entonces.
¿Lo mejor? Que ese fue el primer paso torpe de una historia que a día de hoy sigue.
Y sí: me enamoré de su risa, de su historia, y de la pierna que nunca se queja cuando bailamos hasta las tantas.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]

