Crees que estas cosas le pasan a los demás, no a ti. Es la típica circunstancia en la que le das una palmada en la espalda a tu colega e invitas a la ronda de birras. “¡Vaya marrón!”, piensas, mientras te alegras de que a ti no te haya pasado. Hasta que te pasa. Hasta que la lías y eres tú quien recibe la palmadita en la espalda y el invitado a la ronda de birras.

Dejé embarazada a una chica. Si te digo la verdad, el día que me dio la noticia, no recordaba su nombre. Me sonaba, sí, pero ¿cuánto había pasado? ¿Dos meses? ¿Tres? No nos habíamos intercambiado los teléfonos y ella tardó en tomar la decisión de buscarme en redes sociales. Además, no abrió un MD y me dijo: “Espero un hijo tuyo”, sino que tanteó el terreno con un par de conversaciones superfluas hasta pedirme un casto café una mañana libre. Tampoco tuvo valor a contármelo en esa ocasión. La chavala me caía bien. Por un par de charlas virtuales y un desayuno, no pensé en pedirle matrimonio, pero acepté volverla a ver cuando propuso otro plan. Ahí llegó el momento.

Voy a ser padre

Habíamos quedado para ver una galería de arte donde, según me contó, exponía su compañera de piso. Llevo más de una década viviendo en la gran ciudad y jamás había visitado una galería de arte; en cambio, discotecas, pubs, coctelerías y, por qué negarlo, clubs de alterne, los he visitado todos. Soy un jodido guía turístico, pero ¿arte? Soy un completo cateto y, por lo pronto, seguiré siéndolo ya que nunca llegamos a la galería.

De repente, la chica empezó a llorar. En mitad de la calle, sin razón aparente. “¿Qué coño dije?”, me pregunté. Al rebobinar mis palabras, no encontré ninguna ofensa. Fue entonces cuando analicé el entorno. No había nada ni nada que, en principio, hubiese desencadenado su congoja. Y lo dijo. Bueno, lo gritó: “¡Estoy embarazada!”.

En ningún momento valoré que fuese mío. No soy el tío más experto en biología y, no sé, ni recordaba cuando me la había tirado. Los números no me salían. La apoyé, le di un abrazo, intenté que se calmara y ella lo entendió como que yo aceptaba su condición. “Entonces, ¿lo tenemos?”, llegó a pronunciar y fue cuando mi mente colapsó.

Entré en negación. A ver, no me lo esperaba en absoluto. Sé que para ella no tuvo que ser nada fácil, pero para mí tampoco. Fue un lío de una noche, siempre uso condón. No entendía qué podía haber pasado e incluso llegué a dudar de que aquella chica estuviese diciendo la verdad, creyéndome que pretendía encalomarme sus problemas.

Necesité tiempo. Ella me escribía y yo le contestaba, pero le daba largas. Tardé unos días que a ella debieron parecerle semanas. Me supo fatal, pero cada uno necesita sus timings. Si ella tardó meses en contarme la verdad, ¿por qué yo no tenía derecho a unos días de reflexión?

Sí, voy a ser padre

La llamé y le informé que sí. Que si ella quería seguir adelante, yo la iba a apoyar. Yo quería responsabilizarme del bebé, darle mi apellido, compartir su custodia. No le prometí una convivencia ni tampoco la celebración de la boda de su vida, pero sí conocerla y estar a su lado en todo momento. Eso sí, por salud mental, le pedí una prueba de paternidad en cuanto fuese posible.

Mi mundo se redujo a ella

Tocó decírselo a mi familia y elegí la cena de Nochebuena para marcarme un 2×1: se las presenté y les conté que íbamos a tener un bebé. Vaya drama. Vaya puto drama. A mi madre casi la mato de un infarto, mi padre me echó un sermón moralista innecesario y mi hermano mayor se portó como un auténtico gilipollas, tachándome de oveja negra y asegurando que había traído la “vergüenza” a la familia.

Mi hermano mayor lleva casado 8 años, de los cuales él y su mujer llevan 5 en tratamientos de fertilidad intentando traer una criatura al mundo. Y yo, en una noche, con una desconocida y usando condón (insisto), aparezco con un bebé. No lo toleró y el drama fue épico. Su mujer llorando, la mía también y él verbalizando toda clase de improperios contra mi persona como si “mi pareja” no estuviese delante: “A saber quién es esta mujerzuela y qué quiere de ti”, “Seguro que te está mintiendo”, “Es una estafadora que pretende sacarte todo el dinero”, “Mamá no será abuela de un bastardo de a saber quién”.

Cogí a la chica y la saqué de allí, pidiendo disculpas por el comportamiento de mi familia. Desde entonces, no me he separado de ella.

La convertí en mi mundo y, poco a poco, está siendo “algo más” que la madre de mi hijo. Mi familia no lo acepta. Mi madre va llamando y se interesa un poco más, pero sin atreverse a dar el paso de involucrarse en nuestras vidas.

No me importó. Ni mamá ni papá ni ninguno de mis hermanos, empezando por el mayor. De no recordar su nombre, Lorena pasó a transformarse en mi único pensamiento.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.

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