Sé que es un tema delicado. Yo misma tuve depresión postparto con mi segundo hijo, aunque en ese entonces no se le llamaba así y ni yo ni nadie supimos identificarlo. 

Viendo crecer a mi hija, muchas veces me he sentido fuera de lugar. Hay tantísimas cosas que no se sabían y tantísimas cosas que hemos hecho mal, que cuando echo la vista atrás me invade la culpa. No sé si todas las madres se sentirán así, pero llegó un momento en el que sentí que nada de lo que yo sabía o había aprendido, servía para la sociedad a la que se estaba enfrentando mi hija. 

Han cambiado los valores, la crianza, los trabajos, la economía… todo. Y en muchas ocasiones, mi hija se distanció de mi porque yo me “quedé atrás”. Teníamos discusiones en las que ella me intentaba hacer ver que muchas cosas ya no funcionaban como las hacíamos nosotros, me echaba en cara que no sabía comunicarme asertivamente y usaba palabras que yo ni conocía. Hubo una vez que discutimos mucho porque me dijo que ella iba a ser la que rompería la cadena de los gritos en la familia, que mi bisabuela gritaba a mi abuela, que mi abuela gritaba a mi madre, que mi madre me gritó a mí y que yo le gritaba a ella, pero que ella iba a hacer las cosas diferente y que quería que sus hijos no le tuvieran miedo, que al parecer es lo que sentía ella hacia mí, y, aunque me duela admitirlo, yo lo sentía hacia mi madre. 

En general siempre me ha dicho que conmigo no se podía razonar, y a toro pasado, puedo decir que quizás fuera cierto. Pero es que es tan difícil. No sé en qué momento se convirtió en alguien más consciente que yo y dejó de necesitarme, pero darte cuenta de eso es muy doloroso, y entonces te enfadas. 

A young woman with a headache holding head. Headache, Women, Emotional Stress.

Empezamos a tener discusiones cada vez más frecuentes y eso terminó distanciándonos mucho. Quizás hablábamos por Whatsapp una vez a la semana, nos hablábamos para pedirnos favores, nos enviábamos alguna foto y ya. No teníamos conversaciones largas y tampoco sabía exactamente lo que pasaba en su vida, hasta que nos dijo que estaba embarazada. 

La noticia me hizo muchísima ilusión y a la vez me puso triste, porque en parte sentí que la relación con mi hija, que se había enfriado tantísimo, iba a hacer que no tuviera a penas relación con mi nieto. Así que intenté acercarme, pero sin agobiar. 

Mi hija me iba contando cosas que estaba leyendo, métodos de crianza, todas esas cosas que hacíamos antes y que ahora se ve que está fatal… En algunos puntos nos creó conflicto, pero yo quería acercarnos más y me esforcé mucho en entender cómo se sentía y lo que me iba explicando. 

Me hizo pensar mucho en mi madre, en cómo nos crio siendo esclava de su casa y en lo poco que la vi feliz. A raíz de estas cosas, empecé a sentirme triste y me recomendó ir a terapia y sanar todas esas heridas que ni sabía que tenía. 

El embarazo de mi hija fue un momento bonito porque marcó un antes y un después, pero nuestra relación tampoco había mejorado mucho. Ella tenía su vida y nosotras llevábamos años teniendo poco contacto, sí que hablamos más y aprendí mucho, pero seguía triste por no estar más presente en su vida. 

Entonces llegó mi nieto. Nuestra bendición. Un niño precioso y sanísimo al que yo le veía toda la cara de mi marido. Mi hija estaba agotada, algo agobiada con los llantos, pero enseguida reconocí en sus ojos ese punto de tristeza que se camufla con cansancio. Y lo reconocí porque me recordó a mí.  

Me dije que no iba a darle importancia, pero que iba a estar alerta. 

Fui los días siguientes a visitarla y la encontré hundida. Creo que no se había duchado, el bebé lloraba y ella discutía a gritos con su pareja. Iba de un lado a otro recogiendo lo que podía y quejándose de todo, cogía al niño por cogerle, sin estar presente, no sé si me explico. Y después de varios minutos viendo la escena, la senté, le pregunté si estaba bien, y rompió a llorar. 

Estuvo llorando sin decir nada un buen rato, mientras yo la abrazaba y le sujetaba al bebé cuando necesitaba espacio. Su pareja se sentó con nosotras y le cogió la mano, entonces ella nos lo contó. 

Dijo que no estaba bien, que se sentía muy mala madre porque esta vida no le gustaba y que el bebé no paraba de llorar, que le dolía todo y que no se reconocía en el espejo. Que no tenía ganas de comer y que necesitaba dormir, pero el bebé no le dejaba, y que no quería ayuda porque eso significaba que no valía para ser madre. 

Verla tan triste me rompió en mil pedazos. Su pareja le sugirió (igual que ella a mí en su día) que fuese a terapia, pero ella insistía en que solo quería dormir. 

Yo le desmentí todos esos pensamientos intrusivos de que era mala madre, le recordé todo lo que ella había estado leyendo del postparto y le dije que quizás estaba atravesando una depresión. Le pedí permiso para venir unas horas todos los días y ayudarla con el bebé, aunque fuera solo para que ella se duchase. 

Empecé a venir 4 horas todas las mañanas. Su pareja se quedaba con el bebé y ella aprovechaba para darse una ducha y dormir un poco, después se despertaba mucho más relajada y yo aprovechaba para ayudarla con las tareas de la casa que se quedaban pendientes. Ella me lo agradecía muchísimo y empecé a notar que algo cambiaba entre nosotras. 

Un día me dijo que había decidido ir al médico. No se veía capaz de volver al trabajo y a la vez le daba pánico pedir la baja. La acompañé y allí la derivaron al psiquiatra y le dieron unas pautas. 

Cogimos de rutina pasear con el bebé en el carro, y en uno de esos paseos, me dijo que quería agradecerme haber sido su madre. Que entendía que antes las cosas eran mucho más difíciles, que no había interés por la salud mental de las madres y que nos teníamos que apañar con lo que había. Que además teníamos menos libertades y que, aun así, yo había decidido cambiar mi vida entera, renunciar a todo, y tenerla. 

Cada vez que recuerdo esto, e incluso ahora mientras lo escribo, me pongo a llorar. 

Desde entonces mi hija y yo pudimos acercarnos más. Empezamos a darnos abrazos y a decirnos “te quiero”. 

Ella, con esfuerzo y ayuda, empezó a recuperarse y a volver a su día a día. Dejó la medicación y le dieron el alta. La relación con su pareja y su hijo es maravillosa, y esa primera etapa de confusión y dolor, ya solo es una anécdota de la que ha sacado mucho aprendizaje. 

Ojalá hubiera podido librarla de todo ese dolor, pero gracias a eso, pude conectar de nuevo con mi hija.