Hay gente que cree que los niños ven cosas que los adultos no podemos ver. Que cuando somos niños tenemos una sensibilidad especial, un don que perdemos al crecer. Yo siempre he sido muy agnóstica en estos temas. Ni creo, ni dejo de creer. Pero cuando vives cosas extrañas en tus propias carnes, empiezas a pensar que igual sí que hay algo más allá de la muerte.

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Mi hija Jimena no conoció a su abuelo. Mi suegro murió unos años antes de que ella naciera. No hay fotos suyas por casa, no hablamos de él de forma habitual, no hay historias repetidas en bucle ni anécdotas contadas delante de ella.

Y no es porque mi marido no quisiera a su padre, todo lo contrario. Lo adoraba. Pero su pérdida fue tan traumática para él que prefiere no hablar del tema. Para él, es muy doloroso recordar la figura de su padre, y prefiere no nombrarlo. A mí me parece una pena, porque mi suegro era una bellísima persona. Pero es la decisión de mi marido, y lo respeto.

Por eso, cuando mi hija empezó a hablar de él, me pareció raro.

Jimena tenía apenas dos años y medio cuando lo nombró por primera vez y tengo que reconoceros que me acojoné. Estábamos solas en casa y ella se quedó fija mirando una esquina del salón. Señaló a la nada, con su dedito índice y me dijo “mira, belo Pepe”.

Os juro que casi me da un infarto. Cuando se lo conté a mi marido, le restó importancia. Me decía que habría entendido mal a la niña, que casi ni se la entiende aun cuando habla. Pero yo estaba segura de haber entendido a mi hija. Perfectamente.

El caso es que ella seguía nombrando a “Pepe”. Pepe por aquí, Pepe por allí. Cuando se lo contaba a alguien se cachondeaban de mí y me decían: “A ver si es que en la guardería le han leído el cuento de El pollo Pepe y te estás emparanoiando”.

No. No era paranoia. La niña nombraba a su abuelo Pepe.

Buscándole una explicación lógica, empecé a pensar que quizás mi suegra le había hablado a Jimena de su abuelo. Que había visto alguna foto en casa de la abuela y ella le había contado cosas. Pero le pregunté a ella y me dijo que no. A mi suegra también le costaba mucho hablar de su difunto marido. Era una herida que aún dolía.

Pero lo que ocurrió aquel verano dejaría helado al más escéptico.

Mis suegros tenían una casa pequeñita en un pueblo pesquero del norte de España. Ambos eran originarios de ese pueblo, pero se mudaron a la ciudad a trabajar. En cuando empezaron a progresar económicamente, se compraron aquella casita como segunda residencia. Mi marido veraneaba allí desde niño y todos le tenían un cariño especial a aquella localidad y a la casa.

La casa de la playa era el lugar favorito de mi suegro. Allí pasó los últimos veranos de su vida. Allí, según mi suegra, “se quedó un poco de él”.

Aquel verano, como muchos otros, fuimos a pasar las vacaciones de agosto allí con mi suegra. Ella continuaba viviendo en la ciudad, pero cuando se jubiló, empezó a irse a temporadas. Era el plan que tenían mis suegros, tras jubilarse, marcharse al pueblo a vivir. Pero mi suegro no llegó a disfrutar de su jubilación.

Aquel agosto, mi hija tenía casi los tres años, le faltaban apenas dos meses para cumplirlos. Llevábamos quizás un par de días allí, y de repente mi hija comenzó a hablar, con su media lengua, mirando al sofá de la sala. Se acercó, apoyó su manita en un cojín y empezó a balbucear como si alguien le estuviera respondiendo. Reía. Asentía. Contestaba. Parecía mantener una conversación entera con alguien. Pero allí no había nadie.

Entonces le pregunté que con quien hablaba. Y ella, se giró, me miró y llena de razón me contestó:

Belo Pepe.

 

Yo me quedé congelada. Mi marido también. Pero mi suegra… a mi suegra se le llenaron los ojos de lágrimas y sus labios esbozaron una sonrisa.

—Lo sabía —dijo emocionada—. Si mi marido está en algún sitio, es aquí. Yo también lo siento. Yo sé que él está conmigo en nuestra casita, como tantas veces habíamos hablado.

Esa noche no dormí. No porque creyera de repente en fantasmas, sino porque no sabía en qué creer. Y cuando no sabes en qué creer, todo da miedo. Mi marido tampoco durmió. Intenté hablar con él, pero se cerró en banda. Pero por sus ojos abiertos de par en par en plena madrugada, creo que él también empezó a creer que el espíritu de su padre estaba con nosotros.

Los días siguientes fueron iguales. Mi hija seguía hablando con Pepe. Le dejaba sitio en el sofá. Le ofrecía agua. Le decía que no se fuera. Que se quedara un ratito más.

 

Mi suegra cada vez estaba más feliz, más risueña. Creo que pensar que su marido estaba allí con ella aliviaba un poco el dolor que sentís por su pérdida. Y mi marido, aunque siempre fue un libro cerrado, creo también sintió un poco reconfortado con aquello.

Los meses pasaron y mi hija dejó de hablar de su abuelo. Hoy tiene cinco años y no recuerda nada. Si le pregunto, me mira raro. Como si le estuviera loca. A día de hoy, le hemos hablado de su abuelo, le hemos contado anécdotas y ella sabe que su abuelo se fue al cielo cuando ella no había nacido. Mi marido perdió un poco ese recelo que tenía a hablar de su padre. Y creo que fue gracias a pensar que él no se había ido del todo.

Ahora bien, ¿creo que mi hija veía a su abuelo muerto?
Pues no lo sé.

¿Creo que los niños perciben cosas que nosotros ya no?
Sí. De eso estoy bastante segura.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en el testimonio de una seguidora.