En mi casa se ha hablado siempre se ha hablado de todo con los niños con naturalidad. Ellos saben que su mamá cada mes menstrúa y está un poco más cansada y a veces dolorida, saben que nuestros amigos son pareja (y son dos chicos), que su amiga tiene dos mamás, que su otra amiga no tiene papá… Y, a través de cuentos y las charlas que vienen después, solemos hablar de las distintas realidades que existen en otras casas. Al igual que de las neurodivergencias (tanto las suyas como las del resto de personas), para que tengan recursos para explicarse y también para entender las vivencias de las otras personas. Os dejo aquí los cuentos que suelo usar para esto.
El caso es que, de siempre, mi hijo mayor nos ha hecho preguntas super complejas como quien pregunta la hora, se nos han puesto todos los pelos de punta, hemos contestado la realidad y, acto seguido, él ha dicho “Ah, vale” y ha seguido con su vida. Como así fue cuando, siendo muy pequeño vino corriendo a la cocina, como si tuviera mucha urgencia, y me gritó “Mamá, los bebés ¿cómo salen de la barriga?” y yo me quedé helada, miré a mi marido, él me hizo un gesto de que ese marrón era mío y yo me agaché, creyendo que vendría una conversación extensa y compleja que requeriría de muchos detalles adaptados y quién sabría cuanto más, le dije “Salen por la vagina, cariño” y entonces quedó en silencio unos segundos, mirando al techo, se ve que la información obtenida tenía sentido y pasó a la siguiente pregunta “O, y ¿el piano es de cuerda o de viento?”. La carcajada retenida de mi marido sonó como un estornudo y no ayudó a que yo no me riese.

Nuestras conversaciones casi siempre eran así, cuando yo creía que venía un momento trascendental en nuestro aprendizaje juntos y que podría llevarnos a algo que marcaría su infancia, él solamente procesaba la información y seguía con su vida.
Pero entonces llegó el día de leer “El granjero y el veterinario”, un cuento que una amiga nos regaló en agradecimiento por haberle prestado algunos de nuestros cuentos para un taller. Era un cuento sobre un granjero que creía que sus animales se enfermaban porque hacían locuras, pero en realidad buscaba excusas para ir a ver al veterinario, porque estaba enamorado.
Finalmente, ambos confiesan estar enamorados y son una pareja feliz. Mi hijo pequeño era muy pequeño por aquel entonces y simplemente aplaudió, pero a mi hijo mayor se le encendió la bombilla de las preguntas y las conversaciones extrañas. Nos dijo “Ese cuento está mal, un granjero y un veterinario no pueden ser pareja” dijo, frustrado por la licencia poética que el autor se había auto concedido sin permiso. Yo lo miré sorprendida, era algo que yo creía que ya tenía más que integrado porque son varias las parejas del mismo sexo las que tenemos en nuestro entorno. Pero es normal tener dudas a veces, además de que a estas edades las opiniones de sus compis del cole cobran cada vez más peso. Así que empecé con mi chapa sobre el amor sin barreras, sobre que todo el mundo es libre de amar a quien quiera…

Mi hijo puso los ojos en blanco con gesto de estar escuchando algo absurdo, por lo que me preocupé bastante, no entendía cómo, en tan poco tiempo desde la última vez que había surgido el tema, había retrocedido tanto, tendría que preguntar a su padre si había pasado algo en su casa, si había visto algo él que le llamase la atención. Mi marido me acarició una pierna para calmarme y entonces le dije “Pero a ver, cariño, si nuestros amigos M y P son pareja…” y entonces me dijo “¡Ya! Pero M y P tienen trabajos parecidos, pueden verse, pero el veterinario y el granjero trabajan a horas muy diferentes y no podrán verse mucho.” No os imagináis el ataque de risa que nos dio a ambos. A mi hijo le parecía bien que dos hombres fueran pareja, pero no que una pareja o tenga tiempo para disfrutar de calidad. Cosas de niños, que siempre consiguen hacerte reír.
Luna Purple.