¿Alguna vez has dicho “de este agua no beberé”? Pues yo sí. Siempre había tenido clarísimo que lo mío eran las relaciones cerradas, que creía en el amor de cuento de hadas, en el compromiso y en la exclusividad. Pensaba que el poliamor era algo moderno que no iba conmigo en absoluto y que yo jamás aceptaría una relación abierta.

Spoiler: aquí estoy, contándoos cómo acabé haciendo exactamente lo contrario.

Supongo que a veces hacemos auténticas locuras para gustarle a otra persona o porque creemos que podemos encajar en su mundo aunque, en el fondo, no tenga nada que ver con el nuestro. En mi caso, además, tenía cerca dos modelos de relaciones abiertas que funcionaban… o eso parecía.

Uno era el de mi mejor amigo. Él siempre había sido como yo: monógamo convencido. Hasta que su novio le puso los cuernos. Y no os imagináis cómo le pilló, pero esa historia la dejamos para otro día. Después del drama, del llanto y de varias fiestas que nos pegamos juntos para que saliera un poco del agujero, decidió perdonarlo. Volvieron, pero con una condición: abrir la relación. ¿Resultado? Sorprendentemente, les funciona. Son felices así. Jamás lo habría imaginado.

El otro ejemplo era el de una amiga divorciada que conoció a un chico por Tinder. Al principio todo era maravilloso, pero con los años aquello se convirtió en un desastre: cero sexo, discusiones constantes y monotonía absoluta. Hasta que un día hablaron, decidieron abrir la relación y no contarse nada. Ella parecía más relajada, más libre… pero yo nunca llegué a verla realmente feliz. Y aun así, me influyó más de lo que me gustaría admitir.

Así que cuando un chico que conocí en Tinder me dijo que no podía estar en una relación cerrada, yo —en vez de responder con un “pues vete por ahí”— solté un sorprendente:
—Bueno… podemos intentarlo.

No sé cómo no me desmayé al escucharme decir eso. La mayor traición a mis principios desde que digo que solo voy a comer un par de patatas fritas y me acabo la bolsa entera.

Lo conocí una noche de aburrimiento extremo, de esas en las que te metes a Tinder pensando “solo voy a mirar”. Match, conversación divertida, fotos, llamadas, quedadas… y yo cada vez más ilusionada. Era atractivo, simpático y vivía cerca. Todo parecía fácil.

Hasta que me dejó claro que no sabía estar en una relación cerrada, que ya lo había pasado muy mal en relaciones anteriores y que no quería hacerme daño.

Y yo, que soy una enamoradiza nivel princesa Disney, pensé que si aceptaba su formato de relación, al final se daría cuenta de que yo era el amor de su vida.

En mi cabeza todo salía bien. En la realidad… no tanto.

Acepté una relación abierta en la que yo no tenía ninguna intención de estar con nadie más. Dejé claro que quería sinceridad total, que todo debía quedarse en sexo y que no habría sentimientos. Yo pensaba que él también sería así. Error.

Cuando no estaba de viaje con “una amiga”, se iba a cenar con otra. Cuando no, desaparecía porque trabajaba mucho y “estaba cansado”. Vale, la hostelería es dura, pero mi sentido común decidió tomarse vacaciones.

El colmo llegó un día en el que me dijo que trabajaba hasta tarde y que luego se quedaría en casa descansando. Yo salí con una amiga y, de manera totalmente casual —lo juro—, pasamos por una perfumería cerca de su trabajo. Y allí estaba él. Con otra chica. Agarrados de la mano. En modo pareja oficial.

Sentí cómo se me rompía algo por dentro. Me puse a llorar delante de medio centro comercial mientras mi amiga me miraba sin entender absolutamente nada. Él no me vio, por suerte, porque si lo llega a hacer, la vergüenza habría terminado de rematarme.

Después vinieron los días de rigor: llorar, comer helado como si no hubiera un mañana y hacer el duelo por algo que, en realidad, nunca llegó a ser. Hasta que me cansé. Reuní la poca dignidad que me quedaba y lo mandé a freír espárragos… y todo lo que quisiera freír en su cocina.

A veces solo necesitas un buen golpe de realidad para darte cuenta de que estabas viviendo una ilusión. Mi intento de relación abierta acabó exactamente como tenía que acabar: rápido, doloroso y necesario. Porque no puedes convertirte en alguien que no eres solo para que otra persona se quede.

PD: Mi amiga nunca supo qué me pasaba aquel día. Solo cree que se me fue la cabeza. Mejor así.

Sofía Estrella