Si digo que mi madre es la persona más buena del mundo, os prometo que me estoy quedando muy corta. No es una frase hecha, no me estoy tirando el pisto y tampoco lo digo porque sea mi madre: es simple y llanamente la pura verdad. No conozco a otra persona capaz de soportar una mínima parte de lo que ella ha soportado y, además, siempre con una sonrisa en la cara, sin dejar que los golpes de la vida le agriaran el carácter.

Mi madre recibió una educación que inevitablemente forjó en ella un carácter bastante sumiso, la típica mujer de antaño cuya razón de ser se basaba en cuidar de los demás y olvidarse de sí misma por el camino. Esposa fiel, madre abnegada, mujer entrenada para servir a los demás y borrar la palabra “no” de su vocabulario. Supongo que por ello siempre ha vivido —o, mejor dicho, se ha desvivido— por los demás; tiene esa necesidad insana de cuidar de todo el mundo, aunque todo ese mundo te pase por encima como una apisonadora. Su matrimonio con mi padre es un claro ejemplo de ello.

Desde que tengo memoria, recuerdo a mi padre sentado en el sofá sin mover un dedo mientras mi madre se volvía loca para tener la casa perfecta, preparar las comidas favoritas de su marido, cuidarle las veces que volvía a casa más bebido de la cuenta y criarnos a mi hermano y a mí completamente sola. Ella siempre le justificaba; vivía para hacer feliz a mi padre, aunque lo único que recibiera de él fuera indiferencia. Nunca hubo malos tratos ni malas palabras, pero a veces el silencio resulta igual de doloroso. Él nunca supo apreciar ni querer a mi madre ni la mitad de lo que ella le quiso a él y, aunque ella tuvo que ser consciente de ello, llevó todo ese sufrimiento por dentro como si fuera lo más normal del mundo.

Para añadir más leña al fuego, un día mi padre empezó a llegar a casa más tarde del trabajo, a ausentarse sin motivo aparente, a poner excusas para ir solo a pescar o al pueblo los fines de semana… Esas ausencias eran cada vez más repentinas y prolongadas. Era más que evidente que pasaba algo y que ese algo tenía nombre de mujer. Durante un tiempo, mi madre miró hacia otro lado, hasta que un día, cuando mi hermano y yo tuvimos edad suficiente para darnos cuenta de lo que sucedía, conseguimos que entrara en razón y hablara con mi padre.

Él se deshizo en disculpas cuando no pudo soportar la presión. Le confesó que llevaba un tiempo viéndose con una mujer que había conocido en uno de sus viajes de trabajo, pero que aquello se había terminado y que no quería perder a su familia. Nunca lo entendí, pero después de suplicar que no le abandonase, mi madre le perdonó y nuestras vidas continuaron como si nada.

Todo parecía ir mejor que antes, pero la tormenta ya se estaba gestando. Una tarde, mientras mi madre preparaba la cena, mi padre se presentó con un bebé de pocas semanas en brazos. Ella, ignorante de lo que se le venía encima, le preguntó enternecida quién era aquella criatura tan bonita. Mi padre, mirando al suelo, contestó que era hijo suyo.

Yo tenía apenas quince años, pero todavía puedo ver la cara de mi madre, escuchar cómo su corazón se rompía en mil pedazos y cómo el tiempo pareció detenerse. Mi padre había cumplido su promesa de dejar a su amante, pero ella se había quedado embarazada y, una vez dio a luz, dijo que no estaba preparada para hacerse cargo del bebé. Semanas después, como se suele decir, se fue a por tabaco y nunca volvió.

En ese momento, esperaba que mi madre arrancara a llorar, que insultara a mi padre, que le echara de casa… pero nada de eso ocurrió. Muy fríamente le dijo que, ya que había sido muy hombre para engendrar a ese niño, también debía serlo para hacerse responsable de él. En ningún momento propuso darlo en adopción ni nada parecido, ya que “el pobre niño no tenía la culpa de las malas decisiones de sus padres”.

Después de aquello, mis padres se separaron. Mi madre, aun con el corazón roto, crió a ese niño con todo el amor del mundo: le cambió los pañales, le llevó al colegio, le cuidó cuando estaba enfermo… La gente cuchicheaba sobre lo “tonta y cornuda” que había sido consintiendo aquello, pero ella nunca se desentendió. Repartía su tiempo y su amor de madre entre nuestra casa y la de mi padre.

Mi padre tendría que vivir mil vidas para agradecer lo que mi madre hizo por su hijo, porque de no ser por ella, quién sabe qué habría sido de nuestro hermano.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.

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