Hay cosas en esta vida para las que una no está preparada, y perder a un padre con  dieciséis años, es una de ellas. La palabra cáncer llegó a mi familia como un huracán,  arrasando con todo de forma salvaje, derrumbando los cimientos de lo que había sido  nuestra existencia en un abrir y cerrar de ojos. Los médicos nos habían advertido que  poco podían hacer salvo esperar lo inevitable. A los pocos meses, mi padre falleció y nada volvió a ser igual. 

Mi madre cayó en una depresión muy profunda, no es que no entendiera la vida sin  el que había sido su marido, sino que directamente, no le interesaba vivirla sin él. No salía de la cama, se negaba a comer, dejó de hablar,… Mi hermana y yo no sabíamos qué  hacer y lo cierto es que la situación nos superó bastante teniendo en cuenta que éramos  dos crías de dieciséis y dieciocho años; ambas habíamos perdido a un padre y nos  veíamos tratando de lidiar con una madre que no era más que una sombra.  

Mi hermana siempre ha sido bastante independiente y ha vivido a lo suyo, así que fui yo  quien, aun siendo dos años más pequeña, se encargó de nuestra madre y se desvivió por conseguir que volvier a sonreír. Al año de fallecer mi padre mi hermana y en medio de  aquel panorama familiar, mi hermana decidió que tenía que salir de aquella casa y se fue  a vivir con su novio y unas amigas. No la culpo, pero fue una época muy difícil de mi vida  en la que tuve que crecer y madurar a fuerza de hacerme cargo no sólo de mi dolor sino  también de la depresión de mi madre, velando por ella constantemente. Poco a poco logré que saliera de su habitación, que se animara a hacer planes conmigo como ir al cine, salir a pasear, apuntarnos a clases de pintura o de yoga…  

Tuvieron que pasar años para que mi madre se recuperara y mientras tanto, yo tuve que  llevar una vida que no se correspondía con mi edad ni con lo que verdaderamente me  apetecía hacer. Mientras mis amigas salían de fiesta, conocían chicos o hacían sus  primeros viajes juntas sin supervisión paterna, yo tenía que quedarme en casa. Para mí  nunca fue una obligación, sino simple sentido común. Digamos que mi vida giraba en  torno a mi madre ya que dejarla sola me era totalmente imposible, algo que ni se me  pasaba por la cabeza. 

Pasados algunos años, mi madre llevaba una vida completamente normal e incluso tenía  mucha más agenda social que yo, de hecho, era yo quien se acoplaba a los viajes o a los  planes que hacía con sus amigas. Era consciente de que me había quedado estancada,  que incluso ella tenía una vida, así que un día decidí retomar el contacto con mis amigas  a las que tenía un tanto abandonadas y salir una noche a celebrar “mi regreso”. Ella se  alegró mucho cuando se lo conté y me animó a repetir siempre que pudiera, ya que  “recuperar el tiempo que había estado a la sombra me haría bien”. Y así lo hice. La  verdad es que aun teniendo el beneplácito de mi madre, me sentía culpable por dejarla  sola en casa, pero poco a poco, le fui cogiendo el gusto a eso de salir y disfrutar con mis  amigas. 

En una de aquellas salidas, conocí a un chico que me encantó y aunque pensaba que no  tenía nada que hacer con él, porque mis habilidades en el mundo del ligoteo estaban  requeteoxidadas, me propuso quedar para ir al cine otro fin de semana. Me sentía tan  feliz, que parecía una quinceañera. Cuando llegó el día y ya vestida y maquillada después de dos horas, me disponía a salir por la puerta de casa, mi madre se echó a llorar. Me dijo que se sentía muy sola y echaba de menos a mi padre, que era ley de vida que mi  hermana y yo nos fuéramos de casa pero que se le hacía muy duro. Como os podéis  imaginar, no tuve el cuajo de dejar a mi madre allí sola llorando, así que llamé a mi cita y  lo cancelé todo para quedarme en casa con ella viendo una peli. Otro día será, pensé.

Lo que no sabía es que aquello se convertiría en algo habitual en mi madre cada vez  queyo me disponía a quedar con algún amigo. Meses después, hice match con un chico a través de una app de ligoteo y a los pocos días decidimos quedar para vernos en persona mientras nos tomábamos unas cañas. Cuando le dije a mi madre horas antes que había  quedado para tomar algo con un amigo y que probablemente terminaría cenando fuera,  ella se disgustó mucho y me echó en cara que no la hubiera avisado con tiempo, que  había pasado horas en la cocina como para que ahora se quedase fría en la  nevera sólo porque yo había quedado con un tío. ¿En serio mi madre me estaba intentado hacer sentir mal con la excusa de que ella ya tenía la cena preparada? ¿En serio fui tan  tonta como para volver a anular una cita? Sí y sí. 

 

Fueron mis amigas quienes me abrieron los ojos cuando, después de años cancelando  planes con chicos que verdaderamente me gustaban, por no darle un disgusto a mi  madre, me sacaron casi a rastras de mi casa lejos de la influencia de mi progenitora y me  hicieron la pregunta. ¿Piensas pasarte la vida casada con tu madre, viendo como pasan  los años por delante de tus narices sin aprovechar todo lo que te ofrece sintiéndote  culpable simplemente por vivir una vida que, por otra parte, tu madre ya tuvo y sigue  teniendo oportunidad de disfrutar? Y es que si me paraba a pensarlo, la cosa era muy  heavy: casi había llegado a la treintena y no había tenía ni una relación y las pocas veces  que había pillado cacho lo había hecho a escondidas de mi madre. Qué seria de nosotras  sin esas amigas… 

Decidí seguir el consejo de mis amigas, porque yo también me merecía pasar página.  Aquella vez, cuando quedé con un chico que había conocido a través de la famosa app,  no dejé que la cara de pena de mi madre hiciera mella en mí; me puse mi abrigo, me  retoqué el brillo de labios y le dije que me iba a cenar. Ignoré sus quejas y sus pullitas  descaradas sobre lo mala hija que era y lo sola que se iba a quedar. Reconozco que a  pesar de todo, sus palabras me hicieron daño y no pude disfrutar de la cita todo lo que me hubiera gustado. Pero un día todo cambió cuando aprendí a no escuchar a mi madre y sí  a escucharme a mí misma, y es que al ver que la culpabilidad se había esfumado, vio que no tenía ningún poder sobre mí. Tuvieron que pasar varios chicos y varios años hasta que mi madre logró normalizar que su hija tuviera una vida ajena a la suya.  

Por suerte, hoy en día vivo con mi pareja muy felizmente independizada y curiosamente,  creo que este distanciamiento, en el fondo, también ha servido para sanarla a ella. 

 

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.