Mi madre me tuvo con 16 y se cree mi amiga, pero no lo es
De niña no era consciente de que mi madre era tan joven. A mí mi familia me parecía de lo más normal. No había padre, pero había abuelos, y vivíamos todos en la misma casa. Mi madre estaba en el instituto cuando yo nací, así que no nos independizamos de ellos hasta que ella terminó de estudiar y tuvo cierta estabilidad financiera. Aunque yo siempre tuve claro el papel de cada uno de los miembros de mi familia, es cierto que los roles estaban un poco difusos.
Digamos que mi madre era algo así como el poli bueno, y mis abuelos los polis malos. Mi madre me daba mucho cariño, jugaba conmigo, me llevaba al parque y me consentía. Mis abuelos me cuidaban, me llevaban al médico, me llamaban al orden cuando era necesario y me ponían verdura en el plato.

Las cosas no cambiaron mucho cuando nos fuimos a vivir solas, a unos trescientos metros de la que hasta entonces había sido mi casa y a la que aún iba a comer todos los días. Por lo que, en cierta manera, mi madre siguió ejerciendo a medias su función. Con los años, pasó de ser una mamá despreocupada, permisiva y relajada, a una mamá coleguita. De hecho, fue ella la que empezó a llamarse de esta forma a sí misma, mamá coleguita. Decía que, dada nuestra escasa diferencia de edad, éramos una especie rara de colegas que viven juntas. Y es que mi madre me tuvo con 16 y se cree mi amiga, pero no lo es. Es mi madre y, por muy guay que nos podamos llevar, no deberíamos ser coleguitas. Quiero que sea solo mi madre, lo cual no es poco.

Una que puede ser genial, cuando no se sale del tiesto. Cuando no se le va la olla. Cuando no actúa como la adolescente que no pudo ser porque llegué yo para anular todos sus planes. Yo quiero una madre que me ayude a ver mis errores, no una que hace que los cometamos juntas. Quiero una madre que me ponga en mi sitio, no una que no sabe muy bien ni cuál es el suyo. Por supuesto que quiero que se preocupe por mí, por mis compañías y mis movidas. Lo que no quiero es que se ponga a la altura de mis amigos, que se nos una a la mínima y que actúe como si fuera una más. Porque no lo es.
Mi madre me tuvo con 16 y se cree mi amiga, pero no lo es
Adoro tener alguien en quien puedo confiar, con quien puedo hablar de cualquier cosa, pero no me siento bien cuando me habla de su vida y me pide ayuda como si estuviéramos al mismo nivel. No quiero saber la mitad de las cosas que me cuenta. Me hace daño ver que está aun más perdida que yo. Porque no nos separan muchos años, pero nuestros momentos vitales son diferentes. Y yo necesito vivir por mí misma esas experiencias para las que ella me pide consejo, antes de poder dárselo.
Quiero a mi madre con locura, pero a veces me gustaría que las cosas fuesen más normales con ella.
Anónimo
Envíanos tu historia a [email protected]