Salvo quizá por esos años convulsos de la adolescencia, siempre me he llevado a las mil maravillas con mi madre. Me tuvo muy jovencita y sin ayuda, ya que el tío que aportó su semen se desentendió de mí y desapareció antes de que su estado fuese evidente. Desde entonces hemos sido uña y carne. Aunque hemos tenido altibajos, el cariño que nos tenemos logra prevalecer siempre. Tanto es así, que tras muchos años haciendo vida una independiente de la otra, decidimos volver a convivir. No es que lo hubiéramos planeado, simplemente surgió.
A ella le habían subido una barbaridad el alquiler y tenía que buscarse otro piso. Yo acababa de separarme de mi pareja y se me hacía muy cuesta arriba mantener los gastos de mi casa sola. Una noche, hablando después de haber quedado para cenar y ver una peli, llegamos a la conclusión de que vivir juntas era la solución a nuestros problemas. Y así fue como a mis 35 y a sus 52, volvimos a convivir.

Al principio fue un poco raro, pero no tardamos en hacernos a la situación. Ya ha pasado tiempo y sigo pensando que fue lo mejor que pudimos hacer. Hemos alcanzado un equilibrio perfecto. Para lo que nos conviene somos madre e hija. Y, del mismo modo, para lo que nos conviene somos compañeras de piso. Tenemos una cuenta común para los gastos, nos repartimos las tareas, respetamos profundamente la privacidad e independencia de la otra y, en resumen, parecemos más un par de amigas de toda la vida que lo que somos en realidad. Porque lo mismo nos prestamos la ropa que nos partimos de la risa juntas cuando mi madre se trae a sus ligues de Tinder a casa y luego comentamos la jugada. Y es que esto último pasa con cierta frecuencia. Ella, que no tuvo una relación con un hombre desde que me concibió hasta que cumplí la mayoría de edad, ahora se la pasa quedando con unos y con otros y disfrutando por ahí. Cosa que no solo no me molesta, sino que me encanta. Bastante juventud desperdició, yo feliz de que haga lo que quiera, con quien quiera y cuando quiera.

Porque no solo soy feliz de verla libre y contenta, es que además me divierto de lo lindo conociendo a sus citas Tinder. A veces se los trae a tomar una copa después de cenar, otras un café después de comer; le gusta presentármelos para ver cómo reaccionan. Se los trae también cuando están cerca de casa y quiere deshacerse de ellos, pero le da cosa porque, aunque no ha habido feeling, le parecen majetes. Me avisa y yo hago la de fingir que estoy en el piso pese a que tenía que haber estado en el trabajo, me hago la enferma y se van para no molestar y que ella pueda cuidarme. Si alguno le gusta como para plantearse quedar con intenciones más serias, lo trae sin avisarle de que vive conmigo y yo le hago un minicuestionario/interrogatorio para ver si me mola su rollo y darle después mi opinión. Según mi madre, tengo un don para calar a la gente, y no lo quiere desperdiciar teniéndolo tan a mano.
Pues yo encantada de proporcionarle ese servicio y de participar en sus desvaríos tinderianos y lo que sea que me proponga.
Anónimo
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