Tengo una vecina divorciada que la tía está más fuerte que el vinagre. Es policía nacional y la pava está súper en forma, no para de hacer crossfit, ir al gimnasio y correr. Es una mujer que tiene un cuerpo precioso y fibrado, esa es la verdad. Además de eso, es guapa. No es la típica fortachona que pierde el tipo femenino. Vamos, que la tía, si nos ponemos sinceros, me podría gustar hasta a mí.

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Es muy agradable y coincidimos mucho con ella, siempre charlamos. Más de una vez, mi marido y yo hemos comentado el cuerpazo que tiene y lo mona que es, porque, además, también vemos entrar en su casa a diferentes tipos, todos ellos armarios empotrados, imaginamos que policías como ella, con los que entiendo que tendrá sus rollos y sus líos. Para eso está la muchacha libre y como un queso.

El otro día llegué del trabajo y vi a mi marido hablando con ella en la puerta, hasta ahí todo normal, si no fuera porque noté que se puso nervioso, aunque no le di mayor importancia en ese momento.

Esa misma noche me enteré, porque lo vi en su móvil de refilón, que se habían dado el Instagram, de manera que él estaba viendo su perfil, escrutando todas y cada una de sus fotos. Le hice algún comentario, en plan «vaya poco disimulo», y sonrió, sin más. En ningún momento lo negó. Yo es que flipo con su descaro, vaya. Me dijo abiertamente que la muchacha estaba de muy buen ver y que no pasaba nada por mirar sus fotos.

La cuestión es que se van sumando cosas que ya no me cuadran tanto. El otro día me hizo un comentario sobre la vida de la vecina que no sé cómo podía saber. En concreto, comentó algo sobre un bar que ella frecuenta. Le pregunté y me dijo que lo había visto en su perfil de Instagram y que también ella se lo había comentado en algún momento. No sé en qué momento, la verdad, porque delante mía no ha sido.

Mi marido es un hombre bastante normal y para nada del prototipo de mi vecina buenorra. No creo que ella tenga más intención con él que ser amable, pero en cambio, en él sí percibo cierto interés que me mosquea. Y oye, que ojos en la cara tenemos todos, y ya os digo que la muchacha llama la atención, pero tener la incómoda sensación de que a mi marido le gusta, es feo. Ya no me parece algo físico, sino que siento que ella le despierta interés real.

Por hache o por be, su nombre últimamente sale casi a diario en casa. El otro día, para colmo de los colmos, subí a la planta de arriba y lo pillé mirando detrás de la cortina, y seguro que adivináis a quién. Ella, aparcando. Se bajó con uno de sus maromos, y mi marido, cuando vio que lo había pillado in fraganti, se puso a criticarla: que si hay que ver, que es una ligera de cascos, que se trae a muchos tíos… En fin, todo muy raro y fuera de lugar.

Y yo no sé qué pensar, la verdad. Puedo entender que es una tía que llama la atención, pero hay un punto de exceso de interés en él que me hace daño. Lo he comentado con él y dice que se me va la olla, para variar. No sé, algo puede haber también de inseguridad mía, pero que se le salen los ojos de las órbitas con ella es un hecho objetivo que no hay que dejar de tener en cuenta.

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