Mi marido es lento. Muy lento. Muy, muy lento.

Me gustaría que este post fuera anónimo, pero incluso con el pseudónimo más ingenioso del mundo, si alguien cercano lo lee va a ponerle nombre, apellidos, cara y hasta DNI. Porque yo, con respeto siempre, pero necesito desahogarme sin tapujos con quien custodia mi confianza.

Mi marido tiene mil virtudes —mil y una podría encontrar—, pero el ritmo no está entre ellas. Siempre bromeo con que si un día nos llaman desde el Caribe porque su verdadera familia biológica ha decidido localizarle, dudaría incluso en sorprenderme.

Siempre ha sido así, no es algo que me pille de nuevas, pero la gran revelación llegó con la llegada del bebé: ahora la cosa cambia. Cuando vivíamos de solteros en nuestro piso de alquiler, su parsimonia no me sacaba de quicio. Pero ahora, en nuestra casa propia y con un niño de dos años, el tiempo se reduce mucho. Creo que la cuestión no es tanto su lentitud como mi necesidad de encontrar momentos para mí. Porque, como muchas madres, priorizo siempre al niño y a la casa antes que a mí misma. Ya sé que debería relajarme, salir a caminar media hora aunque la cocina esté patas arriba… pero leches, ¿por qué no puede él poner el turbo y recoger la vajilla mientras el niño juega?

Es lento. No sé si es cosa de genética o de costumbre. Camina lento, se entretiene por el camino, a veces hasta saca el móvil entre pasar el polvo de una habitación y otra. Y no es que se escaquee ni que no haga las cosas: él no protesta, nunca se queja. Pero tampoco acelera. ¿Por qué? Porque según él, da igual que tarde una hora o dos si al final lo deja todo hecho y bien hecho. Claro, pero si lo hiciera en una hora, tendría otra libre para seguir con algo más (porque siempre hay algo más), para cubrirme a mí y que yo descansara, o para hacer algo juntos en familia. Pero no. Es que es lento hasta cagando, y sé que muchas estáis pensando en vuestro marido también, ¿a que sí?

Tiene tareas pendientes desde hace meses. Es lento incluso tomando decisiones o procesando ciertas situaciones. Necesita su tiempo, el chico. Y aquí estamos, para querernos y respetarnos, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza… pero el cura no dijo nada de “en la velocidad y en la lentitud”. Eso yo no lo escuché.

En fin, que al final de eso va también el matrimonio, ¿no? De complementarse y ver hasta dónde llega uno y hasta dónde cubre el otro. Él pone la calma que yo no tengo. Aunque ojalá, solo a veces, la pusiera un poco más deprisa.