Hace cosa de dos años, a mi marido le pusieron un compañero para ayudarlo en las temporadas de más trabajo. Era un chico algo más mayor que él que estaría a su lado 3 o 4 meses al año para que pudiesen sacar el trabajo adelante cuando la carga casi duplicaba lo habitual.

Los primeros días me dijo que era un chico majo muy extrovertido, de esa gente que casi te obliga a ser sociable, aunque no te apetezca. Pero el tercer día vino que no sabía si reír o llorar. Desde ese día se ve que su nuevo compañero ya se había cogido la confianza suficiente y había dejado salir su personalidad a chorro. Así que cada cosas que tenía que hablar con él lo llevaba al terreno sexual. Daba igual que dijese “Paquete” (que puede dar pie a hacer un chiste) que “caja”, él le acababa haciendo una broma/proposición.

Las cosas fueron en aumento los días siguientes hasta que llegó a incomodarse un poco, pues era de esas personas que invaden bastante tu espacio personal al hablar y eso es algo que a ninguno de los dos nos gusta mucho. Siempre le estaba diciendo cosas sobre sus fantasías con él hasta incomodarlo bastante. Yo solamente pude decirle “bienvenido a la vida de una tía”. Él se rio y me dijo que lo había pensado varias veces. Que en el fondo sabe que este chico lo hacía por hacer la broma y romper un poco la rutina de trabajo.

Entonces un día mi marido acudió a trabajar muy serio. Había ocurrido algo en casa que le afectaba bastante a nivel emocional y le hizo sustituir su sonrisa habitual por un gesto lánguido que no pasó desapercibido por su compañero.

Él le preguntó qué le pasaba y mi marido le dijo que no le apetecía hablar en ese momento. Pero él, con la mejor de las intenciones, le insistió mil veces más hasta que mi marido le contestó de forma brusca que le dejase en paz un poco.

Llegó a casa preocupado porque no le había gustado hablarle así, pero estaba trabajando, triste, agobiado y él no paraba de insistir e insistir. Luego se dio cuenta de que había creído que le pasaba algo con él y por eso se había puesto tan ansioso. Supongo que las inseguridades nos hacen convertirnos en otras personas.

Por eso decidió escribirle para pedirle disculpas. Le contó que había ocurrido algo en casa y que estaba muy mal, que agradecía su preocupación, pero que no le gustaba que le estuvieran encima de esa manera y que, sobre todo, sentía mucho haberle hablado así.

Él, para restarle importancia y hacerle reír, le dijo que le perdonaba si le mandaba una foto en la ducha. Él sonrió de medio lado aliviado sabiendo que todo volvería a la normalidad.

Pero entonces se le ocurrió algo para llevar la broma al extremo. Se metió en la ducha con el uniforme puesto, abrió el grifo y, con la cara más neutra posible, me pidió que le sacase una foto. Me reí muchísimo cuando le envié la foto a su compañero y más aun cuando escuché su audio, muerto de risa exigiendo una foto sin ropa. Entonces le mandó una foto de su rodilla, y ahí ya no pudo más de la risa y llamó, creyendo que mi marido era quien tenía el teléfono.

El silencio absoluto fue lo que escuché cuando se dio cuenta de que era yo quien contestaba la llamada. Entonces lo llamé por su nombre y le dije que mi marido aun estaba en la ducha y que no podía coger el teléfono, pero que era yo quien le estaba mandando las fotos (a petición de él). Las risas solamente fueron en aumento.

Me contó cuanto apreciaba a mi marido y que se divertía mucho con él. Que ese día lo había visto muy mal y se había preocupado, pero que solo por las risas que nos habíamos echado con las fotos, la mala contestación había merecido la pena.

Desde aquel día mi marido entendió de otro modo el humor de su compañero y yo empecé a charlar con él de vez en cuando. Hasta el punto de que mi último cachorro adoptado fue él quien me lo trajo desde la protectora.

A veces las amistades surgen de las formas más extrañas.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]